La creencia cristiana puede convertirte ahora en delincuente

RAYMOND IBRAHIM





Cómo la enseñanza bíblica sobre la (homo)sexualidad fue progresivamente transformada en «discurso de odio».


Vivimos en tiempos de acelerado deterioro, como lo evidencian dos casos recientes acaecidos en Europa.

 

En primer lugar, el 20 de marzo en Islandia, se abrió una investigación penal contra un sacerdote católico. ¿Cuál era su delito? Días antes, monseñor Jakob Rolland había explicado la doctrina cristiana sobre la homosexualidad en una entrevista radiofónica. Poco después, la policía «examinó» el asunto y abrió un procedimiento legal contra el sacerdote.

 

Una semana más tarde, otro caso concluyó de una manera que no augura nada bueno para monseñor Jakob. El 26 de marzo, el Tribunal Supremo de Finlandia halló culpable de «discurso de odio» a una abuela cristiana. Päivi Räsänen fue condenada por haber publicado un folleto eclesiástico hace más de 22 años, en el que se describía la homosexualidad como un «trastorno del desarrollo».

 

Abundan los ejemplos de esta naturaleza: tan solo en Reino Unido, numerosos cristianos han sido detenidos por manifestarse en contra de la homosexualidad.

 

Para quienes conocen la historia, resulta sin duda desconcertante comprobar cuán lejos hemos llegado en tan poco tiempo: apenas hace unas décadas, todos —incluidas las propias autoridades públicas— condenaban abierta y categóricamente la homosexualidad.

 

Y sin embargo, hoy día ni siquiera los cristianos pueden alinearse públicamente con la doctrina cristiana sobre la homosexualidad sin temor a ser castigados.

 

¿Cómo hemos llegado a este punto?

 

La versión oficial sostiene que la sociedad se ha vuelto más «ilustrada».

 

¿Es eso cierto, o acaso ha ocurrido otra cosa, algo más subrepticio, gradual y deliberadamente planificado?

 

Para responder a estas preguntas, remontémonos en el tiempo, a una época en que la homosexualidad era abiertamente condenada y considerada un peligro en todo Occidente.

 

No hace falta retroceder demasiado: pensemos en la América de los años cincuenta y sesenta. En 1955, el Distrito Escolar Unificado de Inglewood —en California, nada menos— colaboró con el departamento de policía local para producir un vídeo educativo en el que se advertía sobre «los peligros de la homosexualidad». En él se afirmaba que los hombres homosexuales padecían una «enfermedad que no es visible como la viruela, pero no por ello menos peligrosa ni menos contagiosa: una enfermedad de la mente». El vídeo concluía con la siguiente advertencia a los jóvenes:

 

«Por tanto, independientemente del lugar en que os encontréis con un desconocido, sed cautelosos si se muestra demasiado amistoso, si trata de ganarse vuestra confianza con excesiva rapidez, o si se vuelve inapropiadamente personal: nunca se sabe cuándo puede estar cerca un homosexual. Puede aparentar normalidad, y quizá sea demasiado tarde cuando descubráis que está mentalmente enfermo.»

 

Más de una década después, en 1966, un detective de policía aprovechó un gran auditorio repleto de escolares para dar una conferencia contra la homosexualidad. Con el propósito de disuadir a cualquier joven impresionable, declaró que, si alguno de los presentes estaba experimentando con ella:

 

«Mejor que lo dejéis, y cuanto antes. Porque uno de cada tres de vosotros acabará siendo marica. Y si os pillamos en relación con un homosexual, vuestros padres serán los primeros en saberlo. Os van a pillar; no creáis que no. Porque esto es algo de lo que no podéis escapar. Esto es algo que, si nosotros no os pillamos, os pillaréis vosotros mismos, y el resto de vuestra vida será un infierno.»

 

Una vez más, la pregunta se impone por sí misma: ¿cómo hemos pasado de una época en que las autoridades públicas advertían activamente a los escolares de que la homosexualidad era una «enfermedad de la mente» que conducía a un «infierno en vida», a una época en que tanto las autoridades como los propios padres permiten que los niños sean abiertamente seducidos exactamente por los mismos individuos «mentalmente enfermos» contra los que advertían los vídeos de los años cincuenta y sesenta —hombres vestidos de mujer (la «hora de los cuentacuentos vestidos de máscara») que adoctrinan y confunden a niños pequeños sobre su identidad sexual?

 

En efecto, ¿cómo hemos llegado al punto en que formas de libertinaje sexual que habrían hecho sonrojar al homosexual de los años sesenta se pregonan ahora a los cuatro vientos, de modo que debemos soportarlas durante un mes entero (junio, el «mes del orgullo»)?

 

La última afirmación en boga sostiene que hombres y mujeres pueden simplemente «transformarse» los unos en los otros a voluntad, y que uno está obligado a participar en esas ficciones, so pena de malas consecuencias.

 

Quizás la mejor manera de responder a estas preguntas sea explicar cómo no llegamos aquí. Quienes impulsan la confusión sexual no comenzaron por promover el «transgenerismo». Eso habría fracasado de inmediato; habría equivalido a arrojar la proverbial rana en un agua ya hirviendo, de la que habría saltado instintivamente de inmediato.

 

La analogía de la rana hervida resulta, en efecto, fundamental para comprender cómo hemos llegado hasta aquí. He aquí una narración corriente de la fábula:

 

«La rana hervida es una fábula que describe cómo una rana es cocida viva lentamente. El supuesto es que si una rana se arroja de repente en agua hirviendo, saltará fuera, pero si la rana se introduce en agua tibia que se va calentando poco a poco, no percibirá el peligro y morirá cocida. La historia se emplea frecuentemente como metáfora de la incapacidad o la renuencia de las personas a reaccionar ante amenazas siniestras que surgen de manera gradual en lugar de súbita... La historia de la rana hervida se ofrece generalmente como metáfora que advierte a las personas de que estén atentas incluso a los cambios graduales, so pena de sufrir consecuencias indeseables. Puede invocarse en apoyo de un argumento de pendiente resbaladiza como advertencia contra la normalidad imperceptible... La expresión «síndrome de la rana hervida» es una metáfora que describe el fracaso a la hora de actuar frente a una situación problemática que irá agravándose hasta alcanzar proporciones catastróficas.»

 

En otras palabras, en lugar de arrojar la rana (en este caso, los Estados Unidos de los años cincuenta y sesenta) en aguas hirviendo de locura transgénero, lo cual la habría hecho saltar fuera de inmediato, el calor fue subiendo de manera muy gradual e imperceptible.

 

Los siempre venerados científicos, predecesores de quienes nos trajeron la histeria del COVID y los mandatos de vacunación, comenzaron diciéndonos que la homosexualidad no era, en realidad, una «enfermedad de la mente» (tal como la describía y clasificaba la Asociación Americana de Psiquiatría hasta tan recientemente como 1973). La homosexualidad era, según aprendimos todos ahora, perfectamente normal. Solo la gente «integrista» e inculta pensaba lo contrario.

 

Así, la homosexualidad fue legitimada y presentada bajo un conjunto enteramente nuevo de eufemismos: el de ser denominada «gay» (esto es, alegre), el de estar representada por un arco iris hermoso e inocente (otrora patrimonio exclusivo de los niños), y así sucesivamente.

 

Los medios de comunicación prestaron naturalmente su concurso: a lo largo de los años setenta, ochenta y noventa, los personajes homosexuales, presentados siempre bajo una luz favorable, comenzaron a aparecer con creciente frecuencia en películas, series de televisión y en la cultura popular.

 

Una vez que la homosexualidad quedó normalizada y asentada en la sociedad norteamericana, el calor subió un grado más, decenio tras decenio, hasta llevarnos a donde nos encontramos hoy.

 

Notemos también el poder y la eficacia de la normalidad progresiva aplicada en este modelo. Para cuando se introduce un segundo hito y empieza a generar controversia, el primero, visto ahora como una forma más leve y «aceptable» en comparación con el segundo, se ha convertido en un hecho establecido e incuestionable de la sociedad.

 

El transgenerismo, por ejemplo, sigue siendo controvertido e inaceptable para muchos. Pero dado que el listón de las expectativas ha estado tan bajo durante tanto tiempo, cosas como la homosexualidad «corriente» se dan ya por sentadas y se consideran absolutamente normales. Esto se debe a que, al alcanzar un nuevo hervor en las aguas del transgenerismo, la Rana estadounidense mira con nostalgia hacia los «viejos buenos tiempos», cuando el calor era mucho más tolerable en las menos abrasadoras aguas de la homosexualidad «corriente».

 

Y así llegamos a la situación actual, en la que «conservadores», republicanos e incluso cristianos se atropellan mutuamente por avalar la homosexualidad «normal» —un hombre «casándose» con otro hombre, ambos ocupándose de sus propios asuntos (salvo quizás por «adoptar» niños). En realidad, también eso habría sido considerado, hasta hace bien poco, al menos desde los años setenta, y retrocediendo hasta los orígenes del país, como una abominación.

 

Pero para una rana hervida a fuego lento, 50 grados menos de calor solo puede registrarse como una gran «mejora».

 

Por ello, cuando, en su primer día en el cargo, el presidente Donald Trump firmó una orden ejecutiva que establecía como política federal el reconocimiento de únicamente dos géneros, ¿no resultó aquello más un motivo de vergüenza que de victoria? ¿Qué otra nación necesita que su Comandante en Jefe malgaste su tiempo y energía creando y aplicando «leyes» que cualquier niño pequeño ya conoce?

 

Sin embargo, dado que durante los últimos años llevábamos el agua a un hervor intenso, promulgar una orden ejecutiva para reconocer el hecho biológico más elemental resultó y fue tratado como una gran victoria, precisamente porque suponía una disminución del infernal calor.

 

Y así estamos agradecidos por ello.

 

En realidad, deberíamos estar esperando —y exigiendo— mucho, mucho más que eso.

 

Tal es, en cualquier caso, el modo en que el cristianismo, que rechaza la homosexualidad sin ambages, pasó de ser el corazón de la civilización occidental a ser considerado «discurso de odio».

 

A tenor de la trayectoria actual, a medida que el calor hirviente continúe aumentando, no tardará mucho en que la desensibilización sea tan completa, y la rana esté tan cocida, que el cristianismo quede prohibido por completo y los cristianos sean abiertamente perseguidos, tal como ya sucede fuera del mundo occidental.



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