‘Las mujeres blancas están ahí únicamente para el sexo’
La fantasía islámica que asola Europa
RAYMOND IBRAHIM
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Las pruebas
son abrumadoras: los violadores musulmanes eligen a sus víctimas en función de
la raza y la religión, pues conciben a las mujeres blancas y cristianas como
infieles de ínfima condición que existen únicamente —y de buen grado— para ser
objeto de abuso sexual.
Esto quedó
de manifiesto una vez más durante una reciente investigación sobre las
tristemente célebres bandas de captación sexual de menores en Inglaterra
—integradas en su mayoría por hombres paquistaníes que esclavizaron
sexualmente, torturaron y violaron en grupo a «incontables» miles de niñas
británicas a lo largo de décadas, mientras las autoridades hacían la vista
gorda o eran cómplices de los hechos.
«Las víctimas que han
comparecido ante la comisión de investigación han testificado asimismo sobre el
componente racial y religioso del abuso sexual, en el que hombres paquistaníes
musulmanes, en su gran mayoría, escogían específicamente a chicas blancas de
clase trabajadora, a quienes consideraban inferiores respecto de sus homólogas
musulmanas [énfasis añadido].»
En palabras
de una superviviente:
«Solían contarme cosas sobre
el ángel bueno y el ángel malo, que yo estaba como poseída. Y que tenían que
castigarme para sacarme la maldad. Por eso tenían que violarme y hacerme todas
esas cosas, para expulsar la maldad de mí. Tenía que ser castigada. Sí. Y era
simplemente todo ese tipo de cosas. Las palabras que te decían: “gora”, que
significa basura blanca, y piel blanca.»
Las
experiencias de esta mujer son representativas y se remontan a décadas atrás.
En 2020, una mujer británica reveló cómo solían llamarla «puta blanca, zorra
blanca y perra blanca» durante las más de cien violaciones que sufrió en su
juventud a manos de una banda de composición mayoritariamente paquistaní a
finales de los años noventa: «Debemos comprender la delincuencia agravada por
motivos raciales y religiosos si queremos prevenirla, proteger a las personas
de ella y conseguir que sea debidamente perseguida penalmente», declaró en una
entrevista:
«La prevención, la protección y
la persecución penal están siendo obstaculizadas porque nos negamos a abordar
adecuadamente los aspectos religiosos y racistas de los delitos cometidos por
las bandas de captación sexual de menores… Es como decirles que está bien odiar
a las personas blancas.»
Que el abuso
sádico de mujeres blancas por parte de musulmanes tenga una dimensión racial y
religiosa no es una coincidencia, sino algo inherente al fenómeno. Expresado de
otro modo: los varones de una determinada religión son adoctrinados para creer
que las mujeres de una determinada raza son ninfómanas masoquistas que anhelan
ser degradadas y vejadas. Considérense algunos ejemplos adicionales:
•
Otra mujer británica fue traficada
a Marruecos, donde fue prostituida y violada repetidamente por decenas de
hombres musulmanes. «Me hicieron creer que no era más que una prostituta, una
furcia blanca», recuerda. «Me trataban como a un leproso, salvo cuando querían
sexo. Era menos que humana a sus ojos, era basura.»
•
Otra joven británica fue «pasada
de mano en mano como un trozo de carne» entre hombres musulmanes que la
abusaron y violaron entre los 12 y los 14 años. En su declaración ante el
tribunal, ya en la edad adulta, se describió cómo «fue violada sobre un colchón
mugriento encima de un local de comida para llevar y obligada a realizar actos
sexuales en un cementerio», y cómo uno de sus agresores «le orinó encima en un
acto de humillación» a continuación.
•
Un hombre musulmán llamó a una
virgen de 13 años «pequeña fulana blanca» —argot británico para referirse a una
mujer promiscua y fácil— antes de violarla.
•
Un hombre musulmán explicó a otra
mujer británica la razón por la que la estaba violando: «las mujeres blancas
son buenas en esto».
Para que
este perverso fenómeno no parezca circunscrito al Reino Unido, véanse los
ejemplos siguientes, que ponen de manifiesto que es la raza de las mujeres —y
no su nacionalidad— lo que los musulmanes perciben:
•
En Alemania, un grupo de
«refugiados» musulmanes acechó a una mujer de 25 años, le lanzó insultos
obscenos y la importunó sexualmente. Ellos también explicaron su lógica —«las
chicas alemanas están ahí únicamente para el sexo»— antes de introducir la mano
en su blusa y manosearla.
•
Otro hombre musulmán que casi mató
a su víctima alemana de 25 años mientras la violaba —gritando «¡Alá!»— le
preguntó a continuación si le había gustado.
•
En Austria, un hombre «de aspecto
árabe» se acercó a una mujer de 27 años en una parada de autobús, se bajó los
pantalones y «todo lo que sabía decir era sexo, sexo, sexo», lo que llevó a la
mujer a gritar y huir.
La identidad
racial de la mujer no es el único factor que justifica la violación a ojos de
estos agresores: también lo es su religión. Basta con volver la mirada hacia el
propio Pakistán —cuyos ciudadanos afluyen masivamente al Reino Unido— para
observar el mismo patrón exacto, aunque esta vez el objetivo no son mujeres
blancas, sino cristianas.
Así, cuando
tres chicas paquistaníes de fe cristiana regresaban a pie a casa tras una dura
jornada de trabajo, fueron abordadas por cuatro musulmanes en un automóvil que
les lanzaron «comentarios sugestivos e indecentes» e intentaron persuadirlas
para que subieran al coche «a dar una vuelta y divertirse». Al rechazar las
jóvenes tal «invitación» y manifestar que eran «devotas cristianas y no
practicaban el sexo fuera del matrimonio», los hombres se enfurecieron y las
persiguieron gritando: «¿Cómo osáis huir de nosotros? Las chicas cristianas
solo sirven para una cosa: el placer de los hombres musulmanes.» Acto seguido,
dirigieron el vehículo contra las tres jóvenes, matando a una y dejando
gravemente heridas a las otras dos.
O
considérense las palabras de activistas de derechos humanos en relación con la
violación de una niña cristiana de 9 años por parte de un hombre musulmán:
«Tales incidentes se producen
con frecuencia. Las niñas cristianas son consideradas mercancía que puede ser
dañada a discreción. El abuso contra ellas es un derecho. Según la mentalidad
de esa comunidad, ni siquiera constituye un delito. Los musulmanes las
consideran botín de guerra [énfasis añadido].»
Con todo,
existe una razón por la que las mujeres blancas son objeto de una persecución
especialmente intensa. En palabras del doctor Taj Hargey, imán británico, no
solo se enseña a los hombres musulmanes que las mujeres son «ciudadanas de
segunda clase, poco más que sirvientas o posesiones sobre las que ellos tienen
autoridad absoluta», sino que muchos imanes en el Reino Unido predican una
doctrina «que denigra a todas las mujeres, pero que trata a las blancas con un
desprecio particularmente acusado».
Para quienes
están familiarizados con la historia, tal comportamiento musulmán hacia las
mujeres europeas no debería resultar sorprendente, pues se remonta al propio
fundador del islam: a fin de incitar a sus hombres a invadir territorio
bizantino —donde residían los vecinos europeos más próximos a los árabes—, el
profeta Mahoma los alentó con la perspectiva de esclavizar sexualmente a las
mujeres «amarillas» (referencia aparente a su cabello rubio).
«Es
imposible desligar el islam del comercio de esclavos vikingo», escribe M.A.
Khan, un exmusulmán, en relación con los siglos siguientes, «porque el
suministro estaba orientado en exclusiva a satisfacer la incesante demanda del
mundo islámico de esclavos blancos de alto valor» y de «esclavas blancas para
el placer sexual».
Además, así
como los violadores musulmanes actuales ven a las mujeres occidentales como
«trozos de carne», «no más que prostitutas» y «zorras blancas», también los más
destacados intelectuales del islam temprano describían en tales términos a las
mujeres europeas —comenzando por las más cercanas a ellos, las del Imperio
Romano de Oriente (Bizancio)—. Así, para Abu Uthman al-Yahiz (n. 776),
prolífico erudito de la corte abasí, las mujeres de Constantinopla eran «las
mujeres más desvergonzadas del mundo entero… que encuentran el sexo más
placentero» y «son proclives al adulterio».
Abd
al-Yabbar (n. 935), otro destacado erudito, afirmaba que «el adulterio es
moneda corriente en las ciudades y mercados de Bizancio», hasta el extremo de
que incluso «las monjas salían de los conventos a los fortines para ofrecerse a
los monjes».
Varios siglos
más tarde, en un fragmento escrito que se extiende prolijamente —y con notable
crudeza pornográfica—, Muhammad bin Hamed al-Isfahani (n. 1125), célebre
erudito y poeta persa de la corte, describía cómo contempló en cierta ocasión
la llegada por mar de un navío que transportaba «trescientas hermosas mujeres
francas, rebosantes de juventud y belleza». La adulación se detiene ahí, y da
paso a la fantasía:
«Ardían de ardor por la cópula
carnal. Eran todas meretrices libidinosas, orgullosas y desdeñosas, que tomaban
y daban, de carnes impuras y pecaminosas… amando y vendiéndose a cambio de oro…
con voces nasales y muslos carnosos, ojos azules y ojos grises… Consagraban
como ofrenda sagrada lo que guardaban entre los muslos… Consideraban que no
podían hacerse más gratas a Dios mediante ningún sacrificio mejor que este… Se
ofrecían como blanco a los dardos de los hombres.»
Tras la
conquista de Jerusalén por Saladino en 1187, este mismo Muhammad bin Hamed —que
se hallaba presente y contaba 62 años— irrumpió en un nuevo «poema»
sadomasoquista que exaltaba la degradación sexual de mujeres y niños europeos
—aproximadamente 8.000 de los cuales fueron esclavizados—:
«¡Cuántas mujeres custodiadas
fueron profanadas, cuántas reinas sometidas, cuántas doncellas casadas, cuántas
mujeres nobles entregadas, cuántas mujeres ahorradoras forzadas a rendirse, y
cuántas mujeres que habían estado recluías [monjas] despojadas de su pudor… y
cuántas mujeres libres poseídas [en el sentido de «penetradas»], y cuántas
preciadas sometidas a trabajos penosos, y cuántas hermosas puestas a prueba, y
cuántas vírgenes deshonradas y cuántas mujeres orgullosas desfloradas… ¡y
cuántas dichosas fueron hechas llorar! ¡Cuántos nobles [señores musulmanes] las
tomaron como concubinas, cuántos hombres ardorosos ardieron por alguna de
ellas, y cuántos célibes se saciaron con ellas, y cuántos sedientos se apagaron
en ellas, y cuántos hombres turbulentos pudieron dar rienda suelta a su pasión!
¡Cuántas hermosas mujeres fueron propiedad exclusiva de un solo hombre, cuántas
grandes damas vendidas a bajo precio… y cuántas encumbradas fueron humilladas…
y cuántas acostumbradas a tronos arrastradas hasta el fango!»
En
definitiva, en el pasado como en el presente, los hombres musulmanes no solo
han depredado a las mujeres europeas, sino que siempre han justificado
esta lujuria retratando a sus víctimas como ninfómanas licenciosas, ávidas de
ser degradadas sexualmente.
En cuanto a
los varones del Reino Unido… confían de veras, de veras, en que la
próxima ronda de «elecciones» enderece las cosas.
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