El veredicto del tiempo: Viktor Orbán ‘tenía razón desde el principio’
RAYMOND IBRAHIM
|
Como investigador y escritor interesado en
cuestiones perdurables más que transitorias —cuestiones relacionadas
con la historia, la religión, la filosofía, la cultura y las
continuidades y conflictos de las civilizaciones—, rara vez me
interesan las declaraciones de los políticos occidentales. De
naturaleza efímera, suelen ser clichés vacíos de contenido.
De ahí el fenómeno Donald Trump. A diferencia de
la mayoría de los políticos estadounidenses, él hablaba con franqueza
sobre cuestiones sustantivas que importaban a los estadounidenses de a
pie, y por eso era querido (y odiado).
Pero hay otro político que llamó mi atención por
la misma razón incluso antes que Trump: Viktor Orbán no hablaba con
tópicos, sino en términos civilizatorios, y expresaba más preocupación
por el bienestar de su nación que por decir «lo correcto» y seguir sin
pensar las directrices de la Unión Europea.
Como es bien sabido, por ejemplo, cuanto más
crecía el islam en Occidente a lo largo de la década de 2010 —trayendo
consigo cada vez más problemas sociales—, más se reafirmaban los
políticos occidentales en su compromiso con el «multiculturalismo»,
repitiendo sin cesar mantras sin sentido como «la diversidad es nuestra
fuerza» o «el islam significa paz».
Orbán no.
Oí hablar de él por primera vez en 2015, cuando
los «medios de comunicación convencionales» lo presentaron al pueblo
estadounidense como el «próximo Hitler». Se le describió como
«xenófobo», «lleno de discurso de odio» y el «dictador rampante» de Europa. The Guardian simplemente lo descartó como un «problema» que había que «resolver».
¿Qué cosas monstruosas decía o hacía Orbán?
Mientras el resto de Europa acogía a millones de
(más) inmigrantes musulmanes, él se negó. Peor aún fue el motivo por el
que se negó: por razones significativas de importancia histórica,
cultural y religiosa; en una palabra, por razones civilizatorias (por
eso yo, alguien con poco interés en las declaraciones de los políticos,
tomé nota y empecé a escribir sobre él hace una década). He aquí una
cita típica y reveladora de Orbán:
«Los que llegan [a Europa] han sido educados en
otra religión y representan una cultura radicalmente diferente. La
mayoría de ellos no son cristianos, sino musulmanes. Esta es una
cuestión importante, porque Europa y la identidad europea tienen sus
raíces en el cristianismo... No queremos criticar a Francia, Bélgica ni
a ningún otro país, pero creemos que todos los países tienen derecho a
decidir si quieren tener un gran número de musulmanes en su territorio.
Si quieren convivir con ellos, pueden hacerlo. Nosotros no queremos y
creo que tenemos derecho a decidir que no queremos un gran número de
musulmanes en nuestro país. No nos gustan las consecuencias de tener un
gran número de comunidades musulmanas, como vemos en otros países, y no
veo ninguna razón para que nadie nos obligue a crear en Hungría formas
de convivencia que no queremos ver.»
Orbán fue más allá, basando su postura no en razones administrativas o económicas, sino en la historia:
«Debo decir que, en lo que respecta a la
convivencia con comunidades musulmanas, somos los únicos que tenemos
experiencia, ya que tuvimos la oportunidad de vivir esa experiencia
durante 150 años [en referencia al dominio otomano sobre Hungría entre
1541 y 1699].»
Ha pasado más de una década desde que los medios
de comunicación occidentales comenzaron (y continúan) demonizando a
Orbán por su postura inflexible contra la inmigración. El paso del
tiempo es útil, ya que nos permite mirar atrás y evaluar la lógica de
Orbán para rechazar la inmigración a la luz de lo que realmente ha
sucedido en los últimos diez años.
Y lo que ha sucedido con aquellas naciones
europeas que acogieron a un gran número de inmigrantes es ciertamente
revelador, por decirlo suavemente. La delincuencia, la inestabilidad y
la discordia social se han disparado en todas las ciudades europeas que
acogen a una gran presencia musulmana. Por ejemplo, desde que abrió sus
puertas al «multiculturalismo» y la «diversidad», Suecia es considerada
a menudo como la «capital de las violaciones de Occidente».
Allí, las violaciones han experimentado «un aumento del 1.472 %» y «los
delitos violentos han aumentado un 300 %». Y estas estadísticas se
recopilaron y publicaron en 2015, antes de la nueva oleada de
inmigrantes que ha llegado a Suecia en la última década.
Reino Unido, Alemania y Francia muestran una
dinámica similar: la delincuencia, la violencia, las agresiones
sexuales, el miedo y la inestabilidad general han aumentado
proporcionalmente en todas las ciudades europeas que han experimentado
un crecimiento de su población musulmana.
Precisamente por todas estas razones, como señaló
recientemente Orbán, la Navidad en Budapest ha mantenido su encanto
tradicional, mientras que la Navidad en naciones más «diversas» —Reino
Unido, Alemania, Francia, Bélgica, los Países Bajos, Austria e Italia—
se ha visto empañada por medidas de seguridad extremas y molestas, como
barreras y puestos de control, ansiedad generalizada, cancelaciones de
mercados navideños y la ausencia de símbolos claramente cristianos que
pudieran «ofender» o, peor aún, provocar una reacción violenta (como se
ha visto en los numerosos belenes profanados y estatuas decapitadas del
Niño Jesús en toda Europa occidental).
La situación se ha deteriorado tanto que Donald
Trump advirtió recientemente contra la «desaparición de la
civilización» que se está produciendo en Europa, ya que su identidad
original, basada en el cristianismo y orientada hacia Occidente, sigue
cediendo terreno ante el islam, entre otras cosas a través de
«políticas migratorias que están transformando el continente y creando
conflictos, la censura de la libertad de expresión y la represión de la
oposición política, la caída de la natalidad y la pérdida de las
identidades nacionales y la confianza en sí mismas. Si las tendencias
actuales continúan, el continente será irreconocible en 20 años o
menos», según la Estrategia de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, publicada en noviembre pasado.
Por otro lado, el 7 de noviembre, durante una
rueda de prensa con el primer ministro húngaro, Trump elogió a Orbán,
refiriéndose a él como «un gran hombre y un líder fuerte»,
especialmente por su postura en nombre del pueblo húngaro contra las
ruinosas políticas migratorias de la Unión Europea, que habían dejado a
muchos países europeos «irreconocibles», mientras que Hungría sigue
siendo «muy reconocible». En resumen, el tiempo ha demostrado que Orbán
«tenía razón desde el principio», afirmó el presidente estadounidense.
Queda una cosa por ver. En 2016, tras varios
atentados terroristas en Europa, Orbán argumentó que «otras naciones
europeas acabarían adoptando la forma de pensar sensata de Hungría a
medida que se vaya imponiendo la realidad de los atentados terroristas
habituales». Ciertamente, parece que gran parte de los ciudadanos
medios de Europa han «cambiado de opinión» al respecto. Lo que queda
por ver es cuándo lo harán sus dirigentes —si es que lo hacen—.
|
|
|