Sobre el «verdadero» islam
RÉMI BRAGUE
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En las últimas décadas, hemos oído hablar mucho
del islam, y no todo bueno: algunos criminales siembran el terror en su
nombre. Se les llama «islamistas». A cada uno de estos crímenes, la
respuesta es siempre: «¡No confundamos las dos cosas!» Lo que es
indiscutible es que estos criminales son solo una minoría, la mayoría
de las personas que viven en países islámicos y de los musulmanes que
han llegado por inmigración a países que no lo son, es pacífica.
Seguimos diciendo: «Nada de esto tiene que ver con el verdadero islam». Esto es más difícil de defender.
El 26 de noviembre de 2013, el Papa Francisco
escribió: «Frente a episodios de fundamentalismo violento que nos
inquietan, el afecto hacia los verdaderos creyentes del islam debe llevarnos a evitar odiosas generalizaciones, porque el verdadero islam y una adecuada interpretación del Corán se oponen a toda violencia»
(1). La intención es excelente y el texto ha sido bien acogido por
todas las partes. Sin embargo, encierra una cuestión importante.
Distingamos entre una cuestión de hecho y una cuestión de derecho. En
cuanto al hecho, todo el mundo afirma representar el «verdadero» islam.
Lo mismo hacen los terroristas; afirman representar un islam
intransigente y acusan de tibieza, o incluso de traición a su religión,
a quienes no les siguen. La cuestión jurídica es más amplia: ¿cómo
distinguir entre el verdadero islam y el islam que no lo es? Es
necesario que exista un criterio para distinguir entre lo que es
verdadero y lo que es falso. ¿Quién tiene la competencia y, por tanto,
el derecho de hacer tal distinción? Desde luego, no el Papa. ¿Qué
diríamos si el Dalai Lama se tomara la libertad de distinguir el
«verdadero cristianismo» de sus falsificaciones?
Soy totalmente incapaz de proporcionar tal criterio, y más aún de
designar a uno o varios jueces competentes. Quisiera simplemente hacer
tomar conciencia del amplio abanico semántico que abarca la expresión
«verdadero islam» y poner en guardia contra su ambigüedad.
Los significados de la palabra
Debemos empezar por distinguir los significados de la palabra «islam».
Propongo dividirlos en tres significaciones principales: el islam como
religión, el islam como civilización (historia, geografía) y el islam
como poblaciones.
«Islam» significa ante todo una religión. Se caracteriza por su actitud
espiritual fundamental: el abandono completo de toda la persona en
manos de Dios. La palabra árabe islâm significa exactamente
eso. Para los occidentales, el islam es la religión predicada por
Mahoma en la Arabia del siglo VII. Para los musulmanes, veremos que es
mucho más antigua.
En un segundo sentido, «islam» designa una civilización como hecho
histórico con un comienzo en el tiempo y circunscrito en el espacio. Lo
que los historiadores y geógrafos observan desde el exterior
corresponde, además, a un sentimiento experimentado desde el interior.
Esta civilización se entiende a sí misma como distinta de lo que no es
ella: en el tiempo, es distinta de la época que la precedió, lo que
llamaríamos paganismo, con su politeísmo, y que el islam prefiere
llamar «ignorancia» (jâhiliyya). Tiene su propio calendario, que
comienza en 622, fecha de la hégira, tradicionalmente interpretada como
la salida de Mahoma de La Meca hacia la ciudad que más tarde se
llamaría Medina.
En el espacio, esta civilización constituye el «dominio pacificado» (dâr as-salâm), que se distingue del «dominio de la guerra» (dâr al-harb)
que la rodea. Este último término, que tradicionalmente se refiere a
los países no dominados por el islam, ya no se utiliza con tanta
facilidad hoy en día, salvo por los islamistas declarados. Los
moderados prefieren otras expresiones más discretas, como «mundo de
misión» (o «llamada», da'wa) o «mundo de testimonio».
La civilización islámica engloba a personas que no todas se adhirieron
a la religión musulmana. Por ejemplo, el gran médico Razi (m. 925) era
un librepensador muy crítico con la idea de profecía (2). El gran
astrónomo Thabit ibn Qurra (m. 900) procedía de una pequeña comunidad
tolerada, los sabeos. Por no hablar de los traductores que, en el
Bagdad del siglo IX, tradujeron la herencia griega al árabe, casi todos
ellos cristianos.
En un tercer sentido, «islam» designa hoy a todos los pueblos que han
sido marcados por el islam como religión y que han heredado la
civilización islámica. Hablamos del «despertar del islam» y con ello
nos referimos a las luchas de liberación contra las potencias
coloniales. También en este caso, los musulmanes no estaban solos. Por
ejemplo, los líderes de los movimientos nacionalistas árabes eran a
menudo cristianos que esperaban que el principio de nacionalidad les
permitiera obtener un estatuto jurídico en igualdad con el de los musulmanes.
En lo que respecta al cristianismo, las lenguas europeas distinguen,
por un lado, la religión y, por otro lado, la civilización como
perteneciente a la historia y
la geografía. Las lenguas romances emplean los términos christianisme y chrétienté, cristianismo y cristiandad, cristianesimo y cristianità, en inglés Christianity y Christendom, en alemán Christentum y Christenheit, etcétera. En el caso del islam, es vergonzoso que solo dispongamos de una palabra para ambas realidades.
El francés y el español pueden recurrir a un medio cómodo, al menos en la
escritura: en buena gramática, los nombres comunes van en minúscula y los nombres propios en mayúscula.
Por ello, algunos eruditos escriben «islam» con minúscula cuando la
palabra designa una religión, y «Islam» con mayúscula cuando se refiere
a la civilización y a las personas que participan en ella. Pero la
ortografía árabe no tiene mayúscula. Y el árabe no separó los dos
significados del hecho islámico, como lo hicieron las lenguas europeas
cuando se trató de lo cristiano. Esta falta de distinción no es solo
una cuestión de lingüística, sino que quizá refleja una dificultad
de fondo.
Una vez distinguidos los significados principales del sustantivo
«islam», sería conveniente realizar la misma operación con los
adjetivos que se le atribuyen. Ahora bien, «verdadero» no es el menos
ambiguo de ellos. Así pues, si combinamos el sustantivo «islam», ya de
por
sí ambiguo, con el adjetivo «verdadero», que lo es aún más, nos
encontramos ante una proliferación de significados que escapa a todo
control.
Propongo poner un poco de orden en este caos, aunque sea de manera provisional.
Por lo tanto, yo clasificaría las principales acepciones de
«verdadero» en tres grupos principales: integridad, comienzo, realidad.
Cada uno de ellos conllevará a su vez tres categorías. De esta manera
obtendremos nueve significados, no siempre compatibles.
La integridad
El islam auténtico es el islam tal como se ve a sí mismo, en la
autointerpretación que desarrolla a través de los intelectuales que
dicen ser parte de él. Hay que aplicar pues el adjetivo a un grupo de
personas, las que forman la «nación» musulmana (umma), y que pueden expresarse tanto sobre su religión como sobre otros temas, políticos por ejemplo, que conciernen a su comunidad.
Esta perspectiva se distingue y se opone a las teorías de los
estudiosos de los países occidentales que proponen estudiar el islam
aplicando métodos históricos y filológicos desarrollados inicialmente
para otras materias, principalmente a partir de su propia herencia, a
saber, la literatura clásica, el latín y el griego, y la Biblia. A
estos eruditos se les llama comúnmente «orientalistas». La palabra ha
tenido mala prensa desde un libro de Edward Said, cuya tesis, que me
parece radicalmente falsa, ha sido ampliamente difundida por los medios
de comunicación (3). Denunciar los «prejuicios» evidentemente
desfavorables de los no musulmanes hacia el islam se ha convertido en
un ejercicio obligatorio. Esta desconfianza no es exclusiva del islam:
las culturas a menudo pretenden que solo pueden ser comprendidas desde
dentro.
Por el contrario, la autointerpretación no siempre es garantía de
objetividad, y menos aún de verdad. No juzgas a una persona por la
opinión que tiene de sí misma. Por ejemplo, los historiadores saben muy
bien que las memorias de grandes figuras políticas nunca deben
utilizarse sino con la mayor desconfianza. La cuestión no es si son
sinceros, porque uno se puede equivocar con toda buena fe. La
dificultad es más bien la falta de esta distancia tan necesaria para
una visión global de las cosas.
El adjetivo «autorizado»
designa un caso
particular dentro de lo auténtico. Es auténtica la opinión profesada
por los
musulmanes, sean quienes sean, sobre su propia religión o cultura. Por
el contrario, la opinión autorizada no es la profesada por
todas las personas que se declaran musulmanas, o por algunas de ellas,
sino la que definen las instancias representativas.
Además, aquí hay un problema difícil. En el islam no hay papado, ni sínodo, etc. El consenso, el «acuerdo unánime» (ijmâ’)
de la comunidad, se evoca como el fundamento último de la legitimidad.
Pero no está organizado como una institución. Nadie sabe exactamente
quién tiene el derecho a formular dicha «unanimidad». El sentido
de esta palabra también ha evolucionado: si inicialmente designaba el
acuerdo de la comunidad, ha pasado a designar más bien el de los
«sabios», es decir los doctores de la Ley.
Se han hecho varias propuestas para organizar el consenso, como la de
restablecer el califato, que se había vuelto puramente nominal y que
acababa de ser abolido por Atatürk (4). Ninguna ha logrado
imponerse. Hoy día, la autoridad es puramente fáctica. El
autoproclamado califato del Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS) la
funda en el terror. En otros lugares, consiste en que ciertas
instituciones educativas son, de hecho, respetadas y gozan de gran
prestigio; este es el caso de la Universidad Al-Azhar de El Cairo.
Además, en cierto sentido, el único documento que merece el adjetivo de
«autorizado», desde un punto de vista musulmán, no es otro que el
propio Corán. Y en el sentido más plano y etimológico de la palabra
«autor». De hecho, se supone que el Corán representa la obra no de
Mahoma, sino de Dios mismo. Se dice que el Profeta habría recibido el dictado
y lo a su vez lo habría restituido sin modificar nada en absoluto.
El verdadero islam puede ser el islam puro, antes del contacto
con influencias externas. Esto solo vale para la civilización y no
puede valer para la religión, que se supone que está preservada
por Dios y, por lo tanto, no puede corromperse. Esto es lo que
asegura la superioridad del islam sobre las dos religiones, judía y
cristiana, que admite en su genealogía. Estas, de hecho, habrían
permitido que se perdiera el mensaje original que llevaban y habrían
alterado los escritos que los registraban (5).
Significativamente, la historia tradicional reproduce un escenario de
purificaciones sucesivas, situadas en diferentes niveles. Así, el
propio profeta habría sido «purificado» por Dios –este es el
significado del participio mustafâ,
que se ha convertido en un
nombre corriente– de modo que su vida constituye el «bello ejemplo»
(Corán 33, 21). La tierra original del islam, Arabia, habría sido
«purificada» por el califa Omar (m. 644), quien expulsó a los
judíos y los cristianos de la península. El islam habría sido
purificado de
una vez por todas de las leyendas judías (Isra’iliyyât). Los relatos que circulaban sobre los hechos y gestas de Mahoma habrían sido
cribados por la crítica y recopilados en colecciones llamadas «auténticas» (sahîh),
que se supone que contienen solo aquellos cuyos garantes eran dignos de
fe. En el chiismo, la noción de pureza adquiere una dimensión casi
metafísica: los siete o doce imanes que han transmitido la luz
profética y, según ciertas sectas desviantes, los iniciados constituyen
una élite designada con el término de «pureza» (safwa). En la
vida cotidiana, la búsqueda de la pureza adquiere a veces aspectos
obsesivos, que han sido objeto de burla desde el siglo IX (6).
El esquema de la purificación sigue siendo dominante. Ha cobrado
incluso más
fuerza desde que el contacto con elementos culturales extranjeros ya no
ha sido solo el resultado de las conquistas del Imperio musulmán, sino
que, con la
colonización, se impuso por fuerza a los países islámicos.
El comienzo
Original. Podemos entender la palabra en
sentido positivo, como el primer chorro que brota directamente de la
fuente, como lo que precede a las sedimentaciones posteriores, que
pueden ser deformaciones.
Pero, examinándolo más de cerca, lo original no es necesariamente lo
más verdadero. Puede ser que un fenómeno cultural requiera tiempo para
desarrollar plenamente las virtualidades que contenía en potencia.
A veces una personalidad importante no se comprende verdaderamente hasta
después de su muerte. Lo originario y lo original están entonces a menudo
en proporción inversa entre sí: el tiempo de recepción puede ser
inversamente proporcional a la originalidad de lo que aportan estos
personajes. Esto se aplica a todos los ámbitos, no solo a la religión,
sino también a la literatura, el arte y la filosofía. El Sócrates
«verdadero» no es más que el de su contemporáneo Aristófanes que el de
Platón, una generación más joven. El Jesús «verdadero» no es necesariamente
el del Evangelio de Marcos más que el del Evangelio de Juan, si aceptamos
la cronología relativa comúnmente aceptada, que coloca en último lugar al cuarto
Evangelio. Algunas personas son conscientes de este
carácter prematuro y han formulado frases como: «Me entenderán dentro de
cincuenta años». Se hacen afirmaciones similares a propósito de Stendhal,
Nietzsche, Heidegger, Wittgenstein.
Primitivo.
Lo primitivo puede ser una materia
en bruto, aún no desarrollada. En cuyo caso el adjetivo suele adquirir
una
connotación peyorativa. Ponerse a buscarlo exige algo así como
abnegación, porque lo que se descubre es necesariamente decepcionante.
Las leyendas que han llegado a aglomerarse con el núcleo primitivo de
los hechos son a menudo más interesantes que este.
Por ejemplo, la dogmática musulmana no se elaboró hasta varios siglos
después de la hégira. Los orígenes reales del libro sagrado del islam
son oscuros. La historia del Corán fue abordada por Theodor Nöldeke en
el siglo XIX y sus discípulos continuaron en su dirección (7). Pero la
edición crítica que estas obras pretendían preparar nunca se publicó.
Durante los últimos treinta años, una serie de obras un tanto
revolucionarias han relanzado la investigación. En 2000, el semitista
alemán Christoph Luxenberg fue noticia con una hipótesis arriesgada,
pero seductora, según la cual una parte del Corán se basaba en una
paráfrasis de textos bíblicos escritos en una lengua compuesta por el
dialecto del Hiyaz y el siríaco, la forma del arameo que entonces
servía de lengua de cultura a los cristianos (8).
Inicial. Solo los no musulmanes pueden aplicar
este adjetivo al islam, ya que, según el dogma tradicional, esta
religión no comienza estrictamente con los inicios de la predicación de
Mahoma, hacia el año 610, sino con Abrahán, que se supone no era ni
judío ni cristiano, sino musulmán (Corán 3,67 y 2,135), o incluso
con Adán.
Se supone incluso que el islam tiene sus raíces en la escena relatada
en el Corán, que tuvo lugar antes de la historia, y hasta antes de la
creación del mundo: «Cuando tu Señor tomó descendencia de los lomos de
los hijos de Adán, les hizo testificar contra sí mismos: '¿Acaso no soy
yo vuestro Señor?' Dijeron: 'Sí, lo atestiguamos'. Y esto para que no
digáis en el Día de la Resurrección: 'Fuimos tomados por sorpresa'; o
que no digáis: 'Nuestros padres fueron politeístas; nosotros somos sus
descendientes. ¿Nos harás perecer por las acciones de los impostores?'»
(Corán 7,172-173) (9). De este modo, todo no musulmán es apóstata,
traidor respecto a esta profesión de fe, la única verdaderamente
inicial.
Por eso el islam no quiere tener un comienzo en la historia. La única
función de Mahoma es «recordar» un mensaje anterior, que antes de él
había sido olvidado, incluso deformado por aquellos que eran sus
depositarios. Este mensaje se vuelve definitivo con el islam porque ya
no
corre el riesgo de ser manipulado. Por lo tanto, el islam no puede ser
seguido por ninguna otra religión.
La realidad
El islam real es aquel cuya imagen nos da la historia. La del
mundo musulmán presenta, como la de todas las demás civilizaciones,
páginas brillantes y episodios oscuros. Allí, como en todas partes,
encontramos soberanos sabios y tolerantes y fanáticos sanguinarios,
genios e imbéciles, etc. También encontramos grupos humanos y fenómenos
culturales que no son de origen islámico.
Extraer «lo que realmente ocurrió» (Ranke) de relatos un tanto
fabulosos no siempre es fácil, ni mucho menos. La autohistoria escrita
por los musulmanes constituye un bloque en el que los historiadores
occidentales se ven obligados a basarse con frecuencia. Los inicios del
islam, en particular la vida de Mahoma, se conocen gracias a una fuente
casi única, la Vida del Profeta de Ibn Ishâq, editada por Ibn
Hisham (10). Las numerosas biografías de Mahoma disponibles hoy en el
mercado no hacen más que repetir esta, bordándola en diversos estilos,
desde el edificante hasta el marxista (M. Rodinson). Sin embargo, su
uso plantea problemas metodológicos muy delicados. La obra data de un
siglo y medio después de los acontecimientos que relata, y sobre todo
fue escrita en Irak, en un entorno que nada tenía que ver con el Hiyaz
del siglo VII (11). Los historiadores modernos se enfrentan a
dificultades muy concretas; por ejemplo, no pueden realizar
excavaciones arqueológicas en La Meca, ni en Medina.
Por
consiguiente, los orígenes reales del islam son oscuros y lo más seguro
es que lo sigan siéndolo durante mucho tiempo aún. Igual que ocurre
con el Corán, los trabajos recientes conducen a hipótesis a veces
espectaculares, pero que aún están por demostrar (12). Recientemente,
podemos orientarnos entre la maleza y hacer un balance de lo que
hay de sólido en la investigación de vanguardia gracias a la cautelosa
síntesis de Françoise Micheau (13).
El islam efectivo es aquel que conserva la huella del efecto producido
sobre él por mil instancias exteriores con las que ha tenido
que lidiar a lo largo de su historia. El islam ha demostrado un
verdadero talento para tomar prestado y disimular el origen de lo que
toma prestado. De este modo, se atribuyó a sí mismo las prácticas
jurídicas del Oriente Medio antiguo, vinculándolas directamente a
Mahoma como fuente última de legitimación de las prácticas. Los
relatos sobre los hechos y gestas de Muhammad (hadith) han cumplido exactamente esta función (14).
El resultado de estas interacciones es lo que llamamos civilización
islámica. Esta no siempre se conformó a lo que hubieran deseado los
doctores de la Ley. La tensión entre el islam como religión y el islam
como civilización puede llegar a ser extrema y conducir a una especie
de esquizofrenia. Durante mucho tiempo, y en realidad desde siempre,
los sistemas legislativos efectivamente aplicados no provienen
del Corán y de la Tradición (Sunna), sino que representan compromisos. Los gobernantes y la gente de religión acabaron por establecer un modus vivendi:
los primeros honran a los segundos y fingen consultarlos, y los
segundos hacen la vista gorda ante los bandazos legislativos o morales
de los primeros.
Los fundamentalistas de hoy tienen como lema que hay que aplicar la sharia.
Ello supone una visión ternaria de la historia: la ley islámica habría
reglamentado la vida de la comunidad, asegurando el poder militar y
cultural. Luego habría sido abandonada, no se sabe a consecuencia de
qué oscura conspiración, lo que llevó a la decadencia del islam.
Su restablecimiento debería asegurar su renacimiento. Este esquema no
corresponde a la realidad.
El islam profundo es espiritual, en oposición a material. La oposición entre lo exterior manifiesto (zâhir) y lo interior oculto (bâtin)
existe de manera clásica dentro del propio islam, en particular cuando se
trata de interpretar el Corán. Estaba muy arraigada en el chiismo, al
que sus adversarios tachaban de batinitas, «esoteristas». Los chiíes
dedujeron de esta distinción la necesidad de un imán a quien Dios
preserva del error, el único que tiene la explicación correcta. Es
interesante que la misma oposición sea adoptada fuera del chiismo, e
incluso por no musulmanes, pero evidentemente sin la idea de un guía
infalible. Algunos querrían reorientar el islam de hoy hacia sus
dimensiones espirituales, como ha dicho un especialista en sufismo, él
mismo converso, en un libro de título programático (15).
¿Hacer que el islam sea más «verdadero»?
Distinguir un islam «verdadero» de otro que no lo es o lo es menos no busca satisfacer el gusto de los intelectuales por las
clasificaciones. Se trata aún menos de pretender aislar la «esencia»
químicamente pura del islam, empresa siempre arriesgada cuando se
aplica a realidades datadas en el tiempo de la historia y en el espacio
de la geografía. La búsqueda del islam «verdadero» es también, y ante
todo, la de los musulmanes que reflexionan sobre su religión y que
tratan de reconducirla más allá de posibles deformaciones, esclerosis,
etc., hacia algo más capaz de afrontar los desafíos de la civilización
moderna.
A este respecto se pueden distinguir tres tipos principales de
intentos. El primero, «horizontal», busca volver a lo que había antes;
el segundo, «vertical», busca la verdad hacia lo superior o, lo que
paradójicamente viene a ser lo mismo, hacia lo profundo; el tercero retrocede de la sociedad al individuo.
Me gustaría advertir contra una manera ingenua de representar estos
tres movimientos. De hecho, los no musulmanes en Europa tienen la mayor
dificultad para abandonar las «gafas» judías y/o cristianas a través de
las cuales su cultura se ha acostumbrado a ver la realidad.
¿Regreso a los orígenes?
¿No haría falta una «reforma» del islam? Los que usan esta palabra
tienen sin duda las mejores intenciones del mundo. El hecho es que
la palabra fomenta en la mente de los europeos una representación
determinada. No designa solo los acontecimientos de principios
del siglo XVI, que denominamos la «Reforma». La historia de
la Iglesia latina no ha dejado de estar atravesada por reformas, ya en
su unidad anterior a Lutero, con la Reforma Gregoriana del siglo XI,
o con el surgimiento de las órdenes mendicantes en el XII, por no
hablar de los retornos a la regla estricta en el seno de las órdenes
monásticas. Lo mismo puede decirse de la Reforma católica vinculada al
Concilio de Trento, que se reduce abusivamente a una pura reacción, una
Contrarreforma. E incluso dentro de las
iglesias protestantes, más de un movimiento puede interpretarse como
una reforma: el metodismo, por ejemplo. La conciencia occidental
entiende, por tanto, espontáneamente la reforma como un retorno a las
fuentes no adulteradas: el origen puro ha sido corrompido por las
traiciones, el fervor se ha enfriado en un aburguesamiento, etc.
Sin embargo, en el caso del islam, son las fuentes las que contienen
los elementos más preocupantes. La conquista árabe de Oriente Medio en
el siglo VII fue militar. No parece haber sido más ni menos sangrienta
que la conquista de estas mismas regiones por Alejandro o por los
romanos. Pero no fue la «guerra de liberación» con la que sueñan
algunos propagandistas. Los historiadores contemporáneos lo presentan
sobriamente como una empresa de colonización impulsada por la búsqueda
de botín (16). Por otra parte, una vez establecida la dominación árabe,
se pudo construir una civilización y dotarse de instituciones estables.
Para desarrollarse, tuvo que afrontar las necesidades de dominación y
gestionar a sus súbditos. Los resultados así obtenidos no son
ciertamente del todo satisfactorios. Nadie consigue jamás una situación
que sea enteramente satisfactoria. Pero la civilización resultante era
al menos, por definición, viable. Y a menudo fue muy honorable, a
veces incluso brillante.
Los terroristas de hoy se inspiran en los aspectos más oscuros del
islam primitivo. La historia de este, tal como la cuentan los
musulmanes, relata las peores violencias, ordenadas o acaudilladas por
Mahoma: este hizo asesinar a algunos de sus adversarios de todas las edades
y de ambos sexos, especialmente poetas, que eran como los periodistas de la época. Mandó
decapitar a cientos de prisioneros. Hizo torturar al tesorero de una
tribu derrotada para hacerle confesar dónde estaba el dinero, etc. (17).
Estos elementos, por supuesto, no son los únicos: Mahoma también supo
mostrar clemencia hacia los vencidos que se sometían a él. Pero las
escenas de violencia efectivamente están presentes. Y los biógrafos
oficiales las cuentan sin pestañear, con intención hagiográfica.
Quienes dicen inspirarse en esas escenas se basan en un
principio que todos los musulmanes aceptan y que, como he mencionado
más arriba, figura en el Corán: Mahoma es para los creyentes un «buen
ejemplo». Por consiguiente, se pueden invocar los hechos y gestas del
profeta, un hombre elegido por Dios y hecho perfecto, para legitimar
comportamientos. Ciertamente, citar un ejemplo en lugar de otro es elegir
según principios que pueden ser discutidos; pero eso no es traicionar.
Ibn Taymiyya, jurista del siglo XIV puesto de nuevo de moda por el
movimiento wahabí, cita, por ejemplo, la escena de tortura que acabo de
mencionar para mostrar que es lícito aplicar ese método a los
sospechosos (18). ¿Quién podría culparlo? En cuanto a los terroristas
suicidas, pueden señalar una pequeña historia que la Vida del Profeta
relata con aprobación: un joven llamado Umayr ibn Humâm estaba comiendo
dátiles cuando escuchó a Mahoma prometer el paraíso a aquellos que
murieran en la batalla. Exclamó: «¡Fantástico!» ¡fantástico! Así que solo hay
una condición entre mi entrada al paraíso y yo: ¡ser asesinado! ». Se
arrojó él solo sobre las líneas enemigas y pronto sucumbió (19).
Es enteramente posible que lo que llamamos «fundamentalismo» o
«integrismo» sea una enfermedad del islam, y por tanto que no
constituya
en relación a él más que un fenómeno accidental, que no afecta a su
núcleo. Es lo que sugiere, por ejemplo, el título de un libro del
recientemente fallecido poeta y académico tunecino Abdelwahhab Meddeb
(20). Pero está claro que está presente desde el principio. Si el
fundamentalismo es una enfermedad, es una enfermedad infantil. En 2004,
un imán, Abdelkader Bouziane, fue expulsado de Francia por explicar en
qué casos y cómo se puede golpear a la propia mujer. ¿Cómo podemos
culparlo por comentar el pasaje del Corán (4,34) donde este consejo
figura literalmente?
¿Espiritualización?
¿No haría falta distinguir niveles en el islam y dar la bienvenida
a la presencia de una dimensión superior, más interior y más profunda?
Sin lugar a dudas existe un misticismo musulmán, inicialmente diverso, que acabó
por concentrarse en el sufismo. Su historia es larga y variada, desde el
simple ascetismo hasta una especie de teosofía nutrida por el
neoplatonismo, desde prácticas excéntricas hasta la constitución de
hermandades influyentes, incluso en el origen de dinastías. Su influencia
es profunda en la literatura de todas las lenguas del islam (21).
Se pueden hacer juicios psicológicos o teológicos sobre su valor, pero no
nos conciernen aquí.
La cuestión no es la existencia de un islam espiritual, que es
evidente. La cuestión es saber si este puede representar algo más verdaderamente
islámico que otras dimensiones del islam que, entonces, serían
menos «verdaderas», o como se quiera decir. Los occidentales se han
acostumbrado a oponer a este islam espiritual un islam que
califican de «jurídico», palabra tomada, no sabemos por qué, con un
matiz
peyorativo. Los musulmanes, por su parte, están lejos de aceptar la
pretensión de que la mística representa el islam «verdadero». Por el
contrario, existe una tradición de desconfianza extrema hacia el
sufismo. La ejecución del célebre Al-Hallâj (922) es uno de los
primeros
ejemplos de este antagonismo, pero no es el único.
La situación en la que la obediencia a la Ley y las prácticas místicas
se oponían tal vez nunca existió excepto en la imaginación de los
adversarios del sufismo. Si alguna vez correspondió a la realidad,
desapareció hace siglos de la corriente principal del islam,
sobreviviendo solo en grupos marginales. Los escritores musulmanes que
recogen las opiniones de sectas heterodoxas denuncian repetidamente el
laxismo (ibâha) de ciertos grupos hacia los mandamientos de la
Ley (22). En esto podemos ver un lugar común de la heresiografía, que
encontramos casi en todas partes: acusar a los adversarios de prácticas
licenciosas, como la promiscuidad sexual, o incluso criminales, como el
sacrificio de niños, todo ello para desacreditarlos. Este proceder se
utilizó contra los judíos en la Edad Media; y ya había servido contra los
cristianos en la Antigüedad, como señalaba un judío del siglo XV, Elia
del Medigo (23).
En cualquier caso, el sufismo adoptó una forma más moderada a partir
del siglo XI, particularmente en el famoso tratado de Qushayrî
(m. 1073) (24). Y fue un profesional de la Ley, Al-Ghazalî
(m. 1111), quien hizo sitio a la mística en el edificio del
saber islámico. Demostró cómo este podía, según el título de su
obra principal, «volver a dar vida a las ciencias de la religión», cuya
esclerosis ya temía. La espiritualidad debía animar desde dentro la práctica de los
mandamientos: los «deberes del corazón» debían
complementar y profundizar los «deberes de los miembros». Pero nunca se
trata de sustituir la obediencia a los mandamientos por el
misticismo. Y, si distinguimos lo esotérico de lo exotérico, diremos
que la práctica del esoterismo presupone un cumplimiento previo y muy estricto del exoterismo.
En cuanto a la «tolerancia» a menudo atribuida a los sufíes, hay
que matizarla. Los místicos pudieron cantar poéticamente a
un amor universal que trascendía las barreras de las diversas
religiones, cuyas prácticas entonces se volverían indiferentes (25).
Pero estas mismas personas podían, al mismo tiempo,
pronunciarse a favor de la aplicación más escrupulosa de las normas
destinadas a mantener en la humillación a las comunidades heterodoxas.
Es el caso del sufí «monista» Ibn Arabî (26).
De este modo, el sufismo no se opone en absoluto al legalismo, sino que, por el
contrario, lo hace aceptable. Si supusiéramos que este último es un veneno,
no constituye en ningún caso el antídoto. Sería más bien la miel puesta en el borde de la copa de absenta.
¿Privatización?
Los partidarios de la «laicidad» a la francesa defienden una visión de
las cosas según la cual las religiones deberían ser excluidas de la
esfera pública y relegadas al dominio privado de la conciencia. La
distinción entre religión y política, que en Europa es una realidad tan
antigua como el propio cristianismo, se interpreta entonces como una
separación de los dos términos, o incluso como una ignorancia mutua. Las
iglesias cristianas, que aceptan la idea de una distinción entre
política y religión, han aceptado en términos generales un compromiso
con el Estado, que es neutral en materia de religión, mientras negocian
en cada país cómo articular la cooperación entre ambas instancias. Los laicistas proponen ahora a los musulmanes una especie de
privatización de la religión. Los más extremistas desearían incluso
impnérsela por ley.
Observamos que el islam, tal como se practica en Europa, pero también
en el mundo tradicionalmente islámico, muestra una fuerte tendencia
hacia una individualización de la religión que tiende a acercarla a la
evolución paralela de las religiones europeas (27). De esta manera
podría surgir una convergencia.
La dificultad radica en el hecho de que el islam, tal como se ha vivido
y entendido desde hace mucho tiempo, no se presenta únicamente como una
religión. No me refiero aquí al reciente lema según el cual sería
«religión y régimen político» (dîn wa-dawla). Estoy pensando más
profundamente en el modo como el contenido de la revelación –el «objeto
revelado», si se quiere– contiene disposiciones legales que hacen
del islam también una legislación. De este modo, cuando el
islam, como religión, entra en Europa, no lo hace solo como religión,
a la manera del budismo. Entra como una civilización que forma un todo orgánico.
Algunas de esas reglas legales se encuentran en el Corán. Están allí en
pequeño número. Pero se refieren a
problemas que nosotros consideramos importantes: normas para el
matrimonio,
reparto de herencias, castigo a los malhechores, etc. Menciona también
puntos que para nosotros parecen muy secundarios, pero que el Corán,
que no tiene nuestros criterios de juicio, considera suficientemente
importantes como para tratarlos. Es el caso del uso del velo, tan
debatido. No faltan entre los musulmanes mentes abiertas, dispuestas a
acomodarse
a las costumbres de las sociedades occidentales, e incluso, también en
países de tradición islámica, a tomar prestado lo mejor de estas
costumbres, aunque deseen permanecer fieles a su religión. Pero podemos
temer que durante mucho tiempo encontrarán en su camino «hombres
barbudos» que les dirán que no cabe desobedecer los claros
mandatos de Dios y que las decisiones de los legisladores, que
no son más que hombres, no podrán prevalecer contra la Ley de Dios,
que es eterno y omnisciente.
Notas
(1) «Frente a episodios de fundamentalismo violento que nos inquietan, el afecto hacia los verdaderos creyentes del islam debe llevarnos a evitar odiosas generalizaciones, porque el verdadero islam y una adecuada interpretación del Corán se oponen a toda violencia» (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, § 253).
(2) Ver mi traducción: Razi, La Médecine spirituelle, GF Flammarion, 2003, Introduction, p. 34-37.
(3) E. W. Said, Orientalism, New York, Vintage, 1979.
(4) Ver H. Laoust, Le Califat dans la doctrine de Rashîd Ridâ. Traduction annotée d’al-Hilâfa au al-Imâma al-‘uzmâ (Le Califat ou l’imamat suprême), Beyrouth, Institut français de Damas, 1938.
(5) Ver H. Lazarus-Yafeh, Intertwined Worlds. Medieval Islam and Bible Criticism, Princeton University Press, 1992.
(6) Razi, La Médecine spirituelle, cap. 16, Garnier-Flammarion, 2003, p. 158-159.
(7) Th. Nöldeke, F. Schwally, G. Bergsträsser, O. Pretzl, Geschichte des Qorans, 3 vol., Leipzig, 1919 et 1938.
(8) C. Luxenberg, Die syro-aramäische Lesart des Koran. Ein Beitrag zur Entschlüsselung der Koransprache, Berlin, Schiler, 2004 (2ª ed. revisada y aumentada); ver mi recensión de la primera edición, Critique, 671, 2003, p. 232-251.
(9) Cito la traducción de Denise Masson, Essai d’interprétation du Coran inimitable, revisada por S. al-Saleh, Beyrouth, Dâr al-Kitâb al-Lubnânî, 1977.
(10) Ibn Hisham/Ibn Ishaq, al-Sira al-Nabawiyya, ed. M. al-Saqâ et al., Beyrouth, Dâr Ihyâ al-Turath al-‘Arabî, s.d., 4 vol. ; trad. inglesa, The Life of Muhammad. A translation of Ibn Ishâq’s Sîrat Rasûl Allâh, con introducción y notas de A. Guillaume, Oxford University Press, 1955 ; trad. francesa Ibn Ishâq, La Vie du prophète Muhammad, l’envoyé d’Allah.
[…] Traducción francesa con introducción y notas de ‘Abdurrahmân
Badawî, Beyrouth, Albouraq, 2001, 2 vol. La traduction de Badawi está
en un francés duro, pero vale más que las adaptaciones edulcoradas.
(11) Ver las reflexiones de método muy desilusionadas de P. Crone, Slaves on Horses: the evolution of the islamic polity, Cambridge University Press, 1980, p. 3-15.
(12) Ver por ejemplo, en inglés, Jehuda D. Nevo et Judith Koren, Crossroads to islam. The Origins of the Arab Religion and the Arab State,
Amherst, Prometheus Books, 2003. En alemán, un grupo con base en
Sarrebruck y reunido en torno al profesor Karl-Heinz Ohlig ha publicado
desde 2006 en la editorial Schiler (Berlin) siete gruesos volúmenes
colectivos.
(13) F. Micheau, Les Débuts de l’islam. Jalons pour une nouvelle histoire, Téraèdre, 2012.
(14) El primero aquí fue I. Goldziher, Muhammedanische Studien, t. 2, Halle, 1889, p. 3-274 ; seguido por J. Schacht, The Origins of Muhammadan Jurisprudence, Oxford, Clarendon Press, 1950.
(15) E. Geoffroy, L’islam sera spirituel ou ne sera plus, Seuil, 2009.
(16) Ver por ejemplo H. Djaït, La Grande Discorde. Religion et politique dans l’islam des origines, Gallimard, 1989, p. 39, 41, 43, 47, 59, 65-66, 68, 80, 377 ; Ali Abderraziq hablaba ya de colonización y de explotación, ver L’islam et les fondements du pouvoir, trad. A. Filali-Ansary, La Découverte, 1994, III, 8, 3, p. 145.
(17) Ibn Hisham/Ibn Ishaq, al-Sira al-Nabawiyya, loc. cit.
:asesinatos: t. 2, pág. 255 [458], trad. A. Guillaume [=G.], pág. 308;
yo. 3, pág. 61 [548-552], G., pág. 364-368; yo. 3, pág. 300-302
[714s.], G., pág. 482s. ; yo. 4, pág. 292-294 [995-996], G., pág. 675s.
; ejecuciones masivas: t. 3, pág. 265 [689s.], G., pág. 464; tortura,
t. 3, pág. 366 [763s.], G., pág. 515. Estas escenas se pueden encontrar
en el librito de A.-M. Delcambre, L'islam des interdits, Desclée De Brouwer, 2004. Se puede lamentar el tono «seco» de la obra, pero los hechos relatados son exactos.
(18) H. Laoust, Le Traité de droit public d’Ibn Taymiyya. Traduction annotée de la Siyâsa sar’îya, Beyrouth, Institut français de Damas, 1948, p. 40.
(19) Ibn Hisham/Ibn Ishaq, al-Sira al-Nabawiyya, t. 2, pág. 239 [300], G., pág. 445.
(20) A. Meddeb, La Maladie de l'islam, Seuil, 2002.
(21) La síntesis más extensa en el tiempo y en el espacio me parece la de A. Schimmel, Mystische Dimensionen des Islam. Die Geschichte des Sufismus, Colonia, Diederichs, 1985.
(22) Al-Ghazali, Le Critère de distinction entre l’islam et l’incroyance. Interprétation et divergence en islam,
texto editado, traducido, presentado y anotado por M. Hogga, Vrin,
2010, cap. IX, pág. 80-81 y nota adicional XVIII, pág. 125-126.
(23) Elia del Medigo, Behinat ha-Dat, II, 3; J. Ross (ed.), Universidad de Tel Aviv, 1984, pág. 98 y s.
(24) R. Gramlich, Das Sendschreiben al-Qushayris über das Sufitum, Wiesbaden, Steiner, 1969.
(25) Ejemplos de I. Goldziher, Le Dogme et la loi de l’islam, cap. IV, § 13, trad. fr. F. Arin, Geuthner, 1920, pág. 140-145.
(26) Ver M. Asín Palacios, L’Islam christianisé. Étude sur le soufisme à travers les oeuvres d’Ibn Arabî de Murcie, trad. fr. B. Dubaut, Trédaniel, 1982, pág. 73.
(27) Ver O. Roy, L’Islam mondialisé, Seuil, 2002.
FUENTECommentaire, n° 149, Printemps 2015, pág. 5-14.
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