Dios de los
cristianos, Dios de los musulmanes: claves para entender
2. Las
«perplejidades» del cristiano sobre errores frecuentes
RÉMI BRAGUE
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Alegrémonos de que, en los
encuentros islamo-cristianos, cada uno se preocupe por abrirse al otro y dé
muestras de buena voluntad. El cristiano habrá advertido pronto el interés de
los musulmanes por las cosas religiosas, y él también se interesa por ellas.
Sin embargo, la experiencia muestra que, si se abordan las cuestiones
religiosas no solo en un plano exterior, cultural o sociohistórico, sino en el
de la doctrina, muy pronto hay que desengañarse: surge la incomprensión. Y no
basta con darse por vencido y decir que en adelante se renunciará a abordar
estos temas, porque de todos modos se abordan de manera irreprimible,
como los temas clásicos que vamos a considerar ahora. Pero se suelen abordar de manera
subrepticia y tramposa, sin que quepa discernir con claridad dónde reside el
malestar. De ahí la «perplejidad» que sobreviene.
Tomemos, pues, en primer lugar
los temas doctrinales que conciernen específicamente a los cristianos, y
aportemos algunos elementos de reflexión y respuesta.
1. «¡Hablemos solo de lo que
nos acerca!», oímos a menudo. En efecto, resulta muy simpático. En una
primera aproximación, y si no nos conocemos, puede contemplarse y facilitar la
relación. Muy pronto, sin embargo, cada uno va a sentir (¡sin atreverse a
decirlo, por supuesto!) que nos ocultamos confusamente cosas esenciales. Pero
uno se resigna. Quizá cierto miedo inconfesado nos lleve a preferir quedarnos
ahí: ¡sobre todo no abordemos lo que nos separa, porque son las cuestiones
espinosas! Sin duda también sentimos que no estamos preparados, en la
comprensión del otro e incluso de nosotros mismos, para ir más lejos.
Considerar únicamente lo que nos acerca conduce a crear una situación cálida,
pero falsa. De ahí que sobrevenga una primera «perplejidad».
2. «Tenemos en común el
noventa por ciento de las cosas», se dice. Es una impresión frecuente y
llena de buena voluntad. ¿No somos, cristianos y musulmanes, monoteístas? Basta
con abrir un Corán: ¿no tenemos en común a Adán, Noé, Abrahán, Moisés, David,
Salomón, Jesús y María? Y además, unos y otros rezamos para entrar en relación
con Dios. Hay elementos espirituales en cada una de nuestras tradiciones. «Es verdad,
vosotros, los musulmanes, tenéis a Mahoma, el Corán y La Meca… pero ¿no es lo
esencial caminar hacia Dios?». Bajo una apariencia conciliadora, este discurso
es falsamente consensual. Porque muchas otras religiones tienen también su
espiritualidad y sus oraciones. Bruno Étienne expresa bien un pensamiento
corriente: «Los fundamentos de los tres monoteísmos son idénticos en muchos
puntos».
En
el islam, Ibrâhim (Abrahán)
dio un libro venido del cielo y fue a La Meca. Este don del Corán es
fundacional y justifica la orientación hacia La Meca de las cinco
oraciones
diarias prescritas en el plano individual (2º pilar del islam) y la
gran peregrinación (5º pilar); ello no corresponde al Abrahán bíblico,
que es objeto
de una promesa capital sobre Isaac (Génesis 17,21), desde el comienzo
de la alianza (Génesis 17) y hasta el Mesías, cosas todas ellas
desconocidas por el
Corán. Y 'Îsâ, el Jesús coránico, dio también un libro, el Injîl,
que los cristianos falsificarían convirtiéndolo en el Nuevo Testamento, según
la creencia islámica; en cambio, no es Dios, ni murió ni resucitó, lo que
afecta al centro mismo de la fe cristiana. La alianza que Jesús vino a cumplir
resulta de un designio de Dios desconocido como tal en el islam; el profetismo coránico
no es el profetismo bíblico. Nos explicaremos sobre estos temas. No es, pues, cierto que tengamos tantas
cosas en común. Entonces, o bien es la ignorancia la que habla, o bien,
amablemente pero a sabiendas y deliberadamente, se enmascara la verdad de las
posiciones doctrinales. No se quería abordar la doctrina y, al final, se la
aborda sin cesar, pero enmascarada. Segunda perplejidad.
3. «Lo que nos acerca es más
importante que lo que nos separa», se dice, como para tranquilizar ante un
miedo no expresado a lo que nos separa. Es cierto que el monoteísmo es
formalmente una base de acercamiento. Pero no se trata del mismo monoteísmo: en
los musulmanes es unitario, y en los cristianos es trinitario; los musulmanes
ponen en duda la realidad de la fe monoteísta de los cristianos. Para los
cristianos, la Trinidad no menoscaba la fe en un solo Dios; para los
musulmanes, en cambio, sí, y ello constituye una grave diferencia ligada a la
divinidad de Jesús, que rechazan con fuerza. A la inversa, los musulmanes creen
en el origen divino del Corán, cuyo único autor es Dios; los cristianos, al
igual que las demás religiones, no lo creen. Sin embargo, el estatuto del libro
es esencial. ¡Cada uno habla de «palabra de Dios», pero no en el mismo sentido!
El gran islamólogo cristiano
Roger Arnaldez lo reconocía: «Cuando se ha dicho que no hay más que un solo
Dios, todavía no se ha dicho gran cosa». Para el cristiano, considerarse monoteísta
sigue siendo insuficiente respecto de la revelación que Dios hace de sí mismo y
del don de sí mismo. Para el musulmán, por el contrario, es lo esencial. Lo
esencial no es lo mismo para unos y otros; lo que nos separa puede ser más
importante que lo que nos acerca. Tercera perplejidad.
4. Un imán decía: «Dejemos
las doctrinas a los especialistas». Es cierto que, siendo delicadas las
cuestiones doctrinales, parecería razonable reservarlas a las personas
competentes. En realidad, estas cuestiones son inevitables y se abordan de
todos modos, espontáneamente, en la mayoría de los encuentros islamo-cristianos.
Es comprensible: ¿cómo encontrarse evacuando sistemáticamente el contenido de
las coherencias que constituyen nuestra identidad profunda y justifican
nuestros encuentros? Y además, ¿quién es especialista?
No existe una
«cristianología» en el islam; no conocemos a ningún musulmán especialista
en el cristianismo que trabaje la Biblia y el Nuevo Testamento. Tal o cual
musulmán podrá hacer una cita bíblica en una conferencia sin que ello
corresponda a un trabajo asiduo a largo plazo. Sí existe una «islamología» en
el cristianismo y un patrimonio cultural occidental cuyos trabajos han dado
lugar, desde hace al menos dos siglos, a publicaciones técnicas profundas como
la Encyclopédie de l'islam, o a revistas especializadas como Islamochristiana
(del Pontificio Instituto de Estudios Árabes e Islámicos de los Padres
Blancos en Roma), Mideo (Mélanges de l'Institut dominicain d'études
orientales du Caire) o los trabajos de los jesuitas de la Universidad San José
de Beirut, y muchos otros, con cátedras de enseñanza en facultades libres o
estatales. Una de las primeras cátedras, en el Collège de France, fue
instituida por el rey Francisco I en 1530 en París, con el orientalista Guillaume
Postel. Pero la mayoría de los islamólogos no son teólogos (a veces incluso se
oponen fuertemente a la teología), y los teólogos no son islamólogos. Ahora
bien, el estudio de las doctrinas requeriría ambas competencias. Hay ahí un
terreno movedizo. No se ve cómo atender la petición de reservar las doctrinas a
los especialistas. Cuarta perplejidad.
5. «Tenemos el mismo Dios»,
se oye a menudo por parte de los cristianos, y sobre todo de los musulmanes.
Por supuesto, según las religiones estrictamente monoteístas que somos, es
forzosamente el mismo, algebraicamente, puesto que creemos que no hay más que
Uno.
Sin embargo, la palabra «mismo»
quiere decir «idéntico». ¿Tienen cristianos y musulmanes una visión idéntica
del Dios único? Tal es la pregunta subyacente a la expresión trampa de el «mismo
Dios». Ahí ya no coincidimos. Ya no basta con declararse monoteístas. El
cardenal Robert Coffy precisaba: «No digamos el mismo Dios, porque ello
significaría que los miembros de las otras religiones se unirían a otro Dios.
[…] No se puede decir que haya identificación entre Alá y el Dios que se ha
revelado en Jesucristo y que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. He oído a
cristianos aceptar mal esta respuesta […] porque confundían la actitud de fe de
cada creyente y la propuesta de fe de cada religión. Ahora bien, el diálogo
versa sobre el contenido de la fe que profesa cada uno, no sobre la sinceridad
de los creyentes ni sobre su salvación». Como eco, recordemos la pregunta que
Louis Massignon planteó a Jacques Jomier durante la defensa de su tesis en la
Sorbona en 1953: «Sí o no: ¿es el “Alá” del Corán el Dios de Abrahán?». Jacques
Jomier guardó silencio. Más tarde citará a su maestro Massignon a propósito de
la fe de los cristianos y de los musulmanes: «Su concepción de este Dios único
es tan diferente que es difícil decir que hablan verdaderamente del mismo
Dios».
Jacques Ellul lo hacía notar en otro tiempo: «Creer que Dios es un solo
Dios (y no varios dioses) no es falso, pero permanece exterior, ajeno a su
persona». Y el papa Juan Pablo II reaccionaba ante «un Dios que es solamente
Majestad y nunca Emmanuel, Dios-con-nosotros. El islam no es una religión de
redención. […] Por eso no solo la teología, sino también la antropología del
islam están muy alejadas de las del cristianismo». Roger Arnaldez lo dice sin
rodeos: «El Dios del Corán no es en absoluto el mismo que el del cristianismo».
El padre François Varillon afirmaba: «Ni siquiera es posible identificar al
Dios creador de Mahoma con el Dios creador de Jesucristo. […] El Dios del islam
no es el Dios del cristianismo. […] El musulmán está ante Dios; el cristiano
está en Dios». Mons. Pierre Claverie distinguía las dos actitudes típicas del
islam y del cristianismo: «Adórame, yo soy el Único» y «No temas, te amo».
Jesús dice: «Ya no os llamo siervos, sino amigos, porque todo lo que he
aprendido de mi Padre os lo he dado a conocer» (Juan 15,15). Excepcionalmente,
algunos sufíes aspirarán de manera oculta a semejante perspectiva, ajena al
islam.
Así pues, la visión cristiana de
Dios no es la misma que la del islam. Habrá que precisarlo: la
Trinidad, en los cristianos, está ligada a una coherencia en la que Dios es
salvador, amor, y hace alianza con los hombres; tiene un designio de salvación
para todos; por él podemos entrar en su corazón, abierto a todos los hombres.
Esta concepción resulta chocante para el islam, pues en él Dios es de una
trascendencia recelosa, como un tutor que se alza por encima de todo lo que no
es él, radicalmente separado de toda criatura y que espera del hombre que se
rinda a él: es el sentido de la palabra árabe muslim, traducida por
«musulmán» o «sometido».
Por tanto, cuando decimos que
tenemos el mismo Dios, «mismo» es válido solo para una parte del campo
semántico de la palabra, en el sentido de «único»: la unicidad divina. Pero no
es válido para la otra parte del campo semántico, en el sentido de «idéntico»:
en este sentido, no tenemos el «mismo» Dios. La palabra «mismo» es ambigua; hay
que desterrarla de nuestro uso en el diálogo interreligioso. Es el mismo Dios, pero
no es el mismo Dios. Quinta perplejidad.
6. «Dios está cerca de los
hombres», protesta el musulmán ante su hermano cristiano, que percibe
confusamente una gran diferencia. Y es cierto que el Corán lo afirma: «Nosotros
estamos más cerca de él que su vena yugular» (Corán 50,16, versículo citado a
menudo, incluso por cristianos). Y más hermoso aún: «Dios se interpone entre el
hombre y su corazón» (Corán 8,24). O también: «Estoy cerca, Cuando
mis siervos te pregunten por mí, diles que estoy cerca y escucho la oración del que ora,
cuando me invoca» (Corán 2,186). Pero estas formulaciones obligan a plantear la
pregunta: ¿de qué proximidad hablamos? De una proximidad de conocimiento y de
vigilancia, por la cual nada escapa a Dios, que lo conoce todo (gran tema
coránico). «Nadie es igual a él» (Corán 112,4); «¡Nada es semejante a él! ¡Él
es quien oye y ve perfectamente!» (Corán 42,11). La distancia inconmensurable
permanece. No se trata, pues, de una proximidad relacional en la alianza en la
que Dios se da, según las palabras de Jesús: «Yo les he dado la gloria que tú
me diste […] para que el amor con que tú me has amado esté en ellos, y yo en
ellos» (Juan 17,22 y 26). La cruz y la resurrección de Cristo, ignoradas o
rechazadas por el musulmán, dan la medida de la diferencia y la
incomprensión. En materia de proximidad de Dios, no hablamos de lo mismo. Sexta perplejidad.
7. «El islam está en
continuidad con las dos religiones monoteístas precedentes, la judía y la
cristiana», afirman nuestros amigos musulmanes. Así, el tunecino A. Charfi
declara: «El Corán se inscribe, con fuerza y con mucha insistencia, en la
continuidad de la revelación bíblica». De hecho, el islam llega
cronológicamente después del judaísmo y del cristianismo y, exteriormente, se
les parece. Se observa en el Corán la presencia de algunos personajes célebres
de la Biblia que ya hemos mencionado, en particular Abrahán, Moisés y Jesús. Y
Odon Vallet abunda en ello: «Los musulmanes creen en los ángeles y en los
profetas de la Biblia. […] Judíos, cristianos y musulmanes dan interpretaciones
diferentes de una misma historia sagrada». En realidad, la continuidad no es
más que aparente.
Albin Michel ha publicado, en la
colección de Rachid Benzine «L'islam des lumières», dos libros titulados
Un musulman nommé Jésus (Tarif Khalidi, 2003) y Marie la musulmane
(Michel Dousse, 2005). Para los musulmanes, Jesús y María eran de los suyos. Se
comprende entonces por qué les resulta fácil considerar que el islam está en
continuidad: para ellos, el verdadero judaísmo y el verdadero cristianismo eran
islam avant la lettre, antes de que Mahoma fundara el islam histórica y
fehacientemente. Ya no se sabe de qué judaísmo y de qué cristianismo se habla:
¿se trata del judaísmo y del cristianismo coránicos e islámicos avant la
lettre, o bien del judaísmo y del cristianismo reales, atestiguados en la
historia verificable? Del mismo modo, ¿hablamos del Jesús y la María
musulmanes o del Jesús y la María cristianos? Si no se precisa, reina la
confusión. El mismo A. Charfi declara que «en ningún momento habla el Corán de
la abrogación de Moisés y de Jesús», pero en la página siguiente reconoce que
«las Escrituras anteriores al Corán fueron tenidas bajo sospecha por estar
falsificadas, corrompidas, manipuladas» (concepto coránico de tahrîf). No ve en ello contradicción alguna, cuando la «falsificación» deja
caducos al Moisés y al Jesús de los judíos, de los cristianos y de la historia.
Todo ser humano sometido a Dios,
en todas las religiones, sería así de entrada musulmán y, por tanto, al
permitir a todo hombre estar sometido, ¡toda religión sería islámica! La
palabra islam en sentido amplio permite entonces recuperar ampliamente lo que
la precede históricamente.
En realidad, en cuanto al fondo
doctrinal de referencia (y ya no en cuanto a las apariencias o a la sucesión
cronológica), el islam no está en la continuación del judaísmo y del
cristianismo atestiguados por la historia. La visión bíblica (judía y cristiana)
de Dios no es la visión coránica, sobre todo en el Nuevo Testamento. Del mismo
modo, la concepción de Ibrâhim no es la de Abrahán, y la de 'Îsâ
no es la de Jesús. Para el teólogo François Varillon, «el Corán no es la
continuación de la Biblia». Ni la confusión ni la ocultación de una parte
importante de los personajes son beneficiosas si queremos respetarnos y
comprendernos. Nueva perplejidad.
8. «Reconocemos todas las
revelaciones anteriores», dice el musulmán al cristiano o al judío, que se
pregunta entonces por qué el musulmán no es cristiano o judío. El célebre
conferenciante Tariq Ramadan lo expresa a propósito de Moisés y de Jesús: «El
islam reconoce, pues, a estos profetas con una gran intensidad espiritual,
puesto que son mencionados en el texto mucho más que el propio profeta Mahoma».
¿Basta la mención? ¿Y por qué, entonces, el Corán no cita nunca a los grandes
profetas bíblicos, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel y tantos otros que los
musulmanes pretenden reconocer sin saber nada de ellos? La revista TEG
titula un artículo «Dos libros, las mismas figuras» para hablar del Antiguo
Testamento y del Corán. Mucha gente se deja engañar: «Judaísmo, cristianismo e
islam tienen en común el Dios y los profetas del Antiguo Testamento». Y Soheib
Bencheikh, entonces gran muftí de Marsella, se hacía eco de muchos musulmanes
al explicar: «Si el Corán critica ciertos dogmas cristianos o refuta ciertas
prácticas judías, en ningún caso pone en duda la autenticidad misma de sus
mensajes. Para él, esta denuncia afecta a lo que llama interpretaciones
erróneas y no a los fundamentos mismos de sus religiones. Al contrario,
confirma la veracidad de una y otra. El musulmán es, en cierto modo, un
monoteísta ecuménico».
Una vez más, no hablamos de lo mismo, y no nos lo
decimos: se prefiere la confusión, afectivamente cómoda pero paralizante. Lo
cierto es que nuestras concepciones de la
«revelación» no son las mismas y no nos reconocemos mutuamente nuestras
respectivas «revelaciones». Cuando el musulmán habla de revelaciones
anteriores, se refiere al judaísmo y al cristianismo islámicos avant la
lettre, e incluso a veces a todas las religiones que preconizan cierta sumisión
(islam) de los hombres a Dios; estas religiones son interpretadas por ellos
como islámicas en su origen, pero ese origen es inverificable. Esta lógica
sorprendente querría que todo hombre reconociera su islamidad fundamental (fitrat)
y sacara de ello las conclusiones para reconocerse musulmán. En realidad, el
propio islam está obligado a no reconocer, y por tanto a rechazar como
falsificadas (tahrîf), todas las revelaciones anteriores atestiguadas
por la historia, porque no corresponden al islam. ¿Qué hacer entonces con la
afirmación de partida? Otra perplejidad.
9. «Reconocemos a Jesús»,
dicen los musulmanes a los cristianos con una gran voluntad de acercamiento. En
las relaciones islamo-cristianas, la persona de Jesús es decisiva. Formalmente,
y a ojos tanto del islam como del cristianismo, Jesús nació milagrosamente de
María, virgen y madre (Corán 21,91). El islam atestigua este milagro sin
reconocerle un sentido. El cristianismo sabe que está íntimamente ligado a la
identidad de Jesús, plenamente hombre y plenamente Dios, a su divinidad, que el
islam rechaza con todas sus fuerzas; así, el islam no ve razón alguna para este
milagro. Además, Jesús no se llama así en el Corán, sino 'Îsâ, mientras
que entre los cristianos de cultura árabe se llama Yasû', derivado
lingüístico directo del hebreo Yéshû', Jesús, a su vez diminutivo de Yéhôshua',
Josué, que quiere decir «Dios salva». Ahora bien, en el islam Dios no es
Salvador, y el Jesús musulmán, 'Îsâ, ha perdido su nombre de Salvador. En
las traducciones del Corán se debería respetar el nombre coránico de «'Îsâ»
y no traducirlo al español por «Jesús», lo que constituye una «biblización» y
una cristianización del Corán.
Así pues, en el Corán el
nacimiento de Jesús plantea un problema, y no tiene el mismo nombre que en la
Biblia. Su muerte y su resurrección son negadas por la fe islámica, así como su
papel, inconcebible, de salvador que cumple la alianza bíblica, desconocida por
el Corán. Se encuentran algunas alusiones coránicas imprecisas a milagros (Corán
3,49; 5,110) y algunos títulos vagos que evocan en el cristiano un eco lejano:
«una palabra procedente de Dios» (Corán 3,39 y 45), «un espíritu procedente de
Dios» (Corán 4,171), «Mesías» (Corán 5,75) sin contenido mesiánico, «anuncio de
la Hora [del Juicio Final]» (Corán 43,61). 'Îsâ dio un libro (Corán 5,46)
descendido por dictado celestial, el Ingil
(transcripción fonética de
«evangelio»); y realiza milagros que pertenecen al ámbito de lo
maravilloso:
hablar desde su nacimiento (Corán 5,110), hacer brotar un manantial de
las
raíces de la palmera bajo la cual nació (Corán 19,24), hacer volar
pájaros de
arcilla (Corán 5,110). Los cristianos reconocen en ello las sabrosas y
adornadas novelas populares de la literatura apócrifa, en particular el
protoevangelio de Santiago y el pseudo-Mateo. ¿De qué Jesús hablamos?
¡Es él, pero no es
él! ¿De qué reconocimiento de Jesús hablamos? Otra perplejidad.
10. Los cristianos ven a Jesús
como «Hijo de Dios» y están tan habituados a esta expresión que no ven
la dificultad que provoca en los musulmanes (y también en los Testigos de
Jehová y otros). Esta expresión se encuentra desde los comienzos del
cristianismo: «Buena Noticia de Jesucristo, Hijo de Dios» (Marcos 1,1), y san
Pablo habla de «servir al Dios vivo y verdadero, en espera de su Hijo que
vendrá de los cielos, al que resucitó de entre los muertos, Jesús» (1 Tesalonicenses
1,9-10). Con una lógica perfecta, los Testigos de Jehová dicen: «Si no es más
que el hijo de Dios y no hay más que un solo Dios, es que no es Dios». Los
musulmanes toman al Hijo de Dios por un segundo dios nacido del primer Dios por
generación carnal, lo que nada tiene que ver con la fe cristiana. Se refuta una
caricatura de la Trinidad: «Dios dijo: “¡Oh 'Îsâ,
hijo de María!, ¿eres
tú quien ha dicho a los hombres: ‘Tomadnos, a mí y a mi madre, por dos
divinidades por debajo de Dios’?”» (Corán 5,116), lo que recordaría los
matrimonios y los alumbramientos de las divinidades antiguas y daría
tres
divinidades (Corán 4,171). Con razón, el Corán se alza contra ello, lo
cual no
afecta en nada a la fe de los cristianos. En cambio, los cristianos
nunca han
dicho: «Dios es el Mesías, hijo de María» (Corán 5,17 y 72), sino que
dicen, lo
cual no es lo mismo: «El Mesías es Hijo de Dios». El Corán fustiga esta
última
expresión: «¡Que Dios los aniquile! ¡Cómo pueden ser tan
desviados!» (Corán 9,30), «es impropio de Dios darse un hijo» (Corán
19,35; 10,68; 6,2). Dios no se da un
hijo: los cristianos están de acuerdo con los musulmanes…
Cuando los cristianos, y el
propio Jesús, hablan de «Hijo de Dios», ¡no quieren decir, ni han querido decir
nunca, que Dios daría a luz o incluso engendraría un pequeño dios a su lado!
Tampoco en el sentido en que los faraones eran reconocidos hijos de una
divinidad, ni en el sentido en que el pueblo judío es hijo de Dios (Éxodo
4,22), ni en el sentido amplio en que todos los hombres son hijos o vástagos
del Dios Creador. «Dios», la mayoría de las veces en el Nuevo Testamento,
designa al Padre: «Sí, tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para
que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios
no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se
salve por él» (Juan 3,16-17). Dicho de otro modo, «Hijo de Dios», aplicado a la
persona de Jesús, quiere decir «Hijo del Padre», por ejemplo: «Padre, glorifica
a tu Hijo» (Juan 17,1); y podría precisarse: Hijo del Padre, en el corazón del
Dios único, filiación interna a la vida de Dios. En la intimidad de la única
divinidad, Dios, Jesús es el Hijo del Padre desde toda la eternidad. Por eso
Jesús afirma: «El Padre y yo somos uno» (Juan 10,30), lo que suscita una
amenaza de muerte por lapidación: «Te apedreamos por una blasfemia: porque tú,
que no eres más que un hombre, te haces Dios» (Juan 10,33). ¿No deberían los
cristianos adaptar su lenguaje para ser más comprensibles y expresar mejor la
Trinidad, para sí mismos y para los demás? Otra perplejidad.
11. Un libro se titulaba no hace
mucho «Todos hijos de Abrahán», refiriéndose a judíos, cristianos y
musulmanes. Del mismo modo, se habla a menudo de «religiones abrahánicas». Es
agradable sentirse de una «misma» familia. Abrahán es conocido por las tres
religiones: es padre de Ismael y de Isaac. Es el «padre de los creyentes» en la
Biblia (Génesis 15,5-6; Romanos 4,11-12; Gálatas 3,6-9) y el «padre de los
musulmanes» en el Corán (22,78), y cada uno lo acepta como un ejemplo de
fidelidad a Dios.
Muchos cristianos abundan en el
sentido de esta afirmación. El difunto padre Youakim Moubarac designaba el
islam como un «abrahanismo auténtico, puesto que participa de la fe
abrahánica». El mismo reconocimiento impreciso, recientemente, en Michel
Dousse, cuando habla del «monoteísmo abrahánico». Michel Camdessus, entonces
director del Fondo Monetario Internacional, declaraba: «Me impresiona el
patético desconocimiento del islam en Occidente. […] Con el islam compartimos
el Mediterráneo, compartimos el Libro. ¡Todos somos hijos de Abrahán!». Esto
debería plantear interrogantes: ¿cómo puede Abrahán ser el padre de religiones
que no son las mismas? ¿Serían estas religiones casi las mismas? ¿Es
verdaderamente el mismo padre? ¿O título de qué es Abrahán padre en la fe? Más
bien, ¿a título de qué lo es en nuestras respectivas fes, que son diferentes?
Fethi Benslama observa: «Ismael es fruto de una inseminación propiamente humana
en la que Dios no interviene. […] En el linaje Abrahán-Sara-Isaac, Dios es
creador y procreador (lo que se repite en la configuración José-María-Jesús),
mientras que en el linaje Abrahán-Agar-Ismael, Dios es creador, pero permanece
fuera de la generación humana. Por eso el islam rechaza radicalmente la
metáfora de un Dios Padre».
Los judíos descienden de Abrahán
por Isaac, mientras que los musulmanes descienden de él por Ismael, supuesto
antepasado de los árabes que, más tarde, con Mahoma, recibirán el Corán. La
interpretación de Ismael como padre de los árabes es judía y tardía. El
historiador Flavio Josefo (37-100) es uno de los primeros en hablar de ello a
propósito de los árabes nabateos recientemente instalados en la región de Petra
(Arabia Pétrea). Si son de origen surarábigo, llegados al sureste del mar
Muerto, distan mucho de representar a todos los árabes, incluidos los de La
Meca. Y el antepasado Ismael de los nabateos no es más que un antepasado
simbólico que, como Esaú o Lot carece
de validez histórica. La tesis del padre René Dagorn, dirigida por Maxime
Rodinson, mostró hace tiempo que esta vinculación genealógica es simbólica,
pero no histórica. Y Jacques Ellul lo
percibía bien: «Hay, pues, una oposición completa entre Ismael e Isaac: por un
lado, una bendición temporal que asegura el poder humano; por otro, una
bendición eterna, que se refiere a la salvación de la humanidad, con una
alianza que finalmente se realizará con todos».
Por último, como ya señalamos en
la segunda «perplejidad», Ibrâhim va a La Meca y recibe un libro venido del
cielo, a diferencia de Abrahán, que es objeto de una promesa de salvación para
la humanidad por medio de la descendencia de Isaac. El arzobispo ortodoxo del
Monte Líbano, el intelectual Mons. Georges Khodr, concluye: «Así, no existe un
Abrahán "objetivo" en el que tres monoteísmos pudieran encontrar un lugar de
comunión». ¡Es él, pero no es él! ¿De qué Abrahán somos hijos? Otra perplejidad.
12. El rector Dalil Boubakeur,
de la Gran Mezquita de París, dice que la principal diferencia doctrinal con
los cristianos era el pecado original: «La salvación es una concepción
cristiana. En el islam, el pecado original no existe. La salvación está ligada
al mérito y no a la gracia redentora». Para Tariq Ramadan, desde el pecado
original, «los hombres son considerados pecadores desde su nacimiento y tienen
que hacerse absolver de ese pecado. […] El islam no se adhiere a esta
concepción del ser humano. Todo niño nace inocente». Es cierto que el
cristianismo ha podido dar esta caricatura; debe liberarse de ella, porque no
es su fe. ¡Por supuesto que todo niño nace inocente! No es un pecado personal
del recién nacido, y no es original en sentido histórico, ¡puesto que la
historia de Adán y Eva es una parábola sobre el estado permanente del hombre!
En cambio, judíos y musulmanes reconocen que hubo una caída de Adán y Eva que
se transmite a sus descendientes. No la llaman pecado original, pero tendría que
explicarse. Los teólogos cristianos trabajan discretamente sobre este tema. La
incomprensión corre el riesgo de perdurar todavía. Nueva perplejidad.
***
Dios de los cristianos, Dios de los musulmanes:
claves para entender
1. Planteamiento y propósito
2. Las «perplejidades» del cristiano sobre errores
frecuentes
3. Otras «perplejidades» en los escritos sobre este
tema
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