Dios de los
cristianos, Dios de los musulmanes: claves para entender
1.
Planteamiento y propósito
RÉMI BRAGUE
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Todo el mundo habla en este
momento del necesario diálogo entre cristianos y musulmanes, o incluso
entre
cristianismo e islam, lo cual, por otra parte, no es exactamente lo
mismo. Es necesario arrojar luz sobre las
condiciones
que permitirían (que permitirán, seamos optimistas) que ese diálogo se
asiente
sobre bases sólidas y no se quede en meras palabras.
Una competencia
El padre François Jourdan (La tradition des Sept Dormants: une rencontre entre chrétiens et musulmans. Maisonneuve et Larose, 1983, 2001) está
particularmente bien formado para participar de manera fructífera en
semejante
diálogo. El contacto concreto con los musulmanes es para él una
evidencia
cotidiana: fue misionero en África, en contacto con el islam africano;
vivió en
Marruecos; recorrió Túnez, Egipto, el Líbano, Jordania, Siria y Turquía.
Su formación teórica en teología
pasó por un trabajo sobre la tradición de los Siete Durmientes de
Éfeso,
publicado por una editorial especializada en estudios orientales. El
tema era
ya propicio al diálogo interreligioso: la historia de esos siete
jóvenes
dormidos en tiempos de las persecuciones y despertados varios siglos
después,
tomada de la leyenda cristiana, figura en el Corán al comienzo de la
sura
llamada de «La caverna» (Corán 18,9-26). Su culto constituye entre
cristianos y
musulmanes un punto en común que había hecho soñar mucho a Louis
Massignon.
La formación del padre Jourdan
culminó en 1988 con una tesis doctoral en historia de las religiones y
antropología religiosa (París IV) y en ciencias teológicas (Instituto
Católico
de París) sobre «La muerte del Mesías en la cruz en las Iglesias
arameas y su
relación con el islam, desde los orígenes hasta la llegada de los
mongoles en
1258». Este trabajo, preparado bajo la dirección del padre Y. Moubarac
y del
profesor M. Meslin, lamentablemente no ha sido publicado. Es de
lamentar, pues
el tema toca el centro mismo del desacuerdo entre cristianismo e islam.
Este,
en efecto, no admite que Jesús haya podido morir en la cruz, sino que
prefiere
imaginar que habría sido arrebatado por Dios (Corán 4,157-158).
El padre Jourdan ha enseñado islamología en el Instituto Católico de París, en la
Universidad
Católica del Oeste (Angers) y en la Escuela Catedral de París.
De este diálogo para el que está
tan bien preparado, el padre Jourdan es una especie de profesional. Fue
miembro
del equipo permanente del Secretariado Nacional de la Iglesia Católica
para las
Relaciones con el Islam (1991-1997); desde 1998 es delegado de la
diócesis de
París para las relaciones con el islam.
Y es precisamente porque quiere
defender el diálogo entre cristianos y musulmanes por lo que insiste en
que
tenga lugar en la verdad, sin escamotear los puntos sobre los que
convendría,
justamente, discutir.
Las condiciones mínimas del diálogo
Las condiciones necesarias, o al
menos deseables, para un diálogo auténtico consisten, como mínimo, en
conocer
bien las dos religiones. Eso no compromete a nada, se dirá… Insisto:
conocer
bien las dos religiones como tales, tal como se comprenden y se
formulan a sí
mismas en sus instancias autorizadas, y no contentarse con conocer a
personas
que las profesan sin representarlas de manera competente.
Hace falta, pues, ser a la vez
islamólogo y teólogo. El problema es que, la mayoría de las veces, los
islamólogos no son teólogos y los teólogos no son islamólogos. Lo cual
lleva a
los islamólogos a improvisarse, cuando es preciso, como teólogos
aficionados, y
a los teólogos a apañarse una islamología. Los primeros se conforman,
en el
mejor de los casos, con viejos recuerdos de catecismo; los segundos
recurren a
un saber de segunda mano. Señalemos que los islamólogos se contentan
con una
teología de fortuna más a menudo que los teólogos con una islamología
improvisada. Los teólogos saben, en la mayoría de los casos, que las
disciplinas académicas exigen una formación seria. En cambio, mucha
gente se
imagina hoy que, de todos modos, la teología carece de todo rigor y que
uno
puede permitirse arruinarla impunemente. Sea como fuere, ambos equipos
de
aficionados envuelven sus empresas en cortinas de humo
sentimentalistas. Las
fórmulas imprecisas o francamente ambiguas, ahogadas en un torrente de
declaraciones sinceras pero vacías, producen la ilusión de haber dialogado
verdaderamente.
El padre Jourdan tiene la
ventaja de ser teólogo e islamólogo, y practicante del diálogo
interreligioso.
Puede, pues, permitirse citar declaraciones que forman una triste
antología de
la confusión mental. Haber colocado esas citas en un apéndice, al final
de su
obra, y sin comentarlas, da fe de sus intenciones irénicas. Pero hay
que tener
el valor de tomar conciencia de esos extravíos a fin de rectificarlos.
En cualquier caso, hay que
reconocerlo: ya pasó el tiempo en que quienes se permitían hablar del
islam
poseían también una amplia cultura clásica y conocían bien además
su propia religión. Uno piensa con nostalgia en personas como Ignaz
Goldziher,
quizá el mayor islamólogo de todos los tiempos, quien, en la Hungría de
la
segunda mitad del siglo XIX, se había beneficiado a la vez del bachillerato
humanista, con latín y griego, y de una esmerada educación judía. Hoy
en día,
muchas de las personas que se ocupan del islam han pasado directamente
del
liceo al Institut National des Langues et Civilisations Orientales de
París, no saben gran cosa fuera de su campo de estudio y, en
particular, no
tienen ninguna idea precisa de lo que es una religión. Esto vale, por
lo demás,
ante todo para la de su país de origen.
Francia no carece, y hay que
alegrarse de ello, de buenos especialistas en el islam. Pero lo que se
llama
islamología, y que acapara los grandes titulares de los medios de
comunicación,
es a menudo una sociología de las poblaciones musulmanas, con un poco
de
historia y a veces un poco de psicología. Menos numerosos, y sobre todo
más
discretos, son los estudiosos que se ocupan de los fundamentos mismos,
quiero
decir, del Corán, de los relatos tradicionales sobre Mahoma (los
hadices), de
la biografía tradicional de este (la sira) y de la historia de
los
comienzos del islam. La investigación en estos ámbitos es, en cambio,
floreciente en los países anglosajones, en Alemania y en Israel.
Elogio del «esencialismo»
Pero ¿de qué sirve inclinarse
sobre esas antiguallas? ¿Y por qué habría que esperar extraer de ellas
un
conocimiento de lo que es el islam? Y, por lo demás, ¿hay siquiera que
plantearse la pregunta de Sócrates y preguntar qué es el islam?
Algunos
especialistas en ciencias humanas han encontrado, para ahorrarse el
esfuerzo de
este tipo de interrogantes, una palabra muy cómoda que blanden de buena
gana
como un insulto: «¡esencialismo!». La retórica del antiesencialismo es
inagotable:
no hay que encerrar la diversidad fluyente y abigarrada de la vida en
el corsé
de una definición rígida, etc., etc.
Contra el «esencialismo» habría
un remedio soberano: el paso al plural. En un estudio de radio o en un
plató de
televisión, sea cual sea el tema de la discusión, gana la partida el
primero
que adopta un aire grave para sentenciar doctamente: «no hay un
X, hay varios
X», entre los gestos de asentimiento del público. Lo cual es tan
banalmente
cierto como totalmente inútil. Pues el problema
sigue
intacto: queda todavía por preguntarse por qué diablos nos reservamos
el
derecho de dar a todos esos X el mismo nombre, a saber, justamente, el
de X…
A menudo me dan ganas, cuando
oigo la acusación de «esencialismo», de contar una parábola. Un químico
se
había especializado en el estudio del cobalto. Se le acusó de ser
esencialista,
e incluso de soñar, puesto que el cobalto no se encuentra en estado
nativo. «No
hay un cobalto —se le explicó—, sino óxidos, carbonatos de cobalto,
etc.»
Ciertamente, respondió él, pero necesito conocer bien las propiedades
del
cobalto para explicar cómo se comporta cuando está combinado con el
oxígeno, el
carbono u otras sustancias…
Mi parábola solo vale
parcialmente. En efecto, es más fácil aislar un elemento natural,
aunque sea
solo con el pensamiento o en un laboratorio, que un hecho cultural, el
cual
varía según el lugar y evoluciona en el tiempo. Buscar la esencia de
Eure y Loir,
de Francia, o incluso la de Europa tiene, de hecho, algo de arbitrario,
por no
decir de ridículo.
¿La esencia del islam?
Del mismo modo, costará
encontrar una esencia que sea la del Islam (nombre propio, escrito con
mayúscula), civilización de catorce siglos de antigüedad que se
extiende desde
Mauritania hasta Indonesia pasando por Asia central, a través de mil
variedades
debidas al sustrato que ha recubierto. En cambio, la tarea es quizá más
fácil
en el caso del islam (nombre común, escrito con minúscula) como
religión.
Recordemos, en efecto, que todos los musulmanes, más allá de sus
diferencias,
que pueden llegar hasta el desprecio, el odio o incluso la guerra,
tienen en
común cierto número de puntos que nadie puede poner en cuestión sin
salir del
islam. Citaré cuatro, que se derivan unos de otros y forman, por tanto,
un
sistema.
Para todos, de un extremo a otro
del mundo islámico, para los suníes como para los chiíes, para todas
las
escuelas jurídicas, para todas las cofradías místicas: 1) Mahoma es el enviado
de Dios; 2) el Corán es la palabra dictada por Dios a Mahoma, a la que,
por
tanto, hay que rodear de un gran respeto; 3) la dirección de la oración
es la
de La Meca, de donde procede el término con el que los musulmanes se
designan a
sí mismos por encima de todas las divisiones: «la gente de la
dirección
(del rezo)» (ahl al-qibla). En consecuencia: 4) esta ciudad
es
también, para todos, la meta de la gran peregrinación anual. Cuatro
puntos no
es mucho. Pero es esencial. En efecto, si el Corán es la palabra
divina, y si
Mahoma, que la recibió, es el enviado de Dios y el «bello ejemplo»
(Corán
33,21) que él ha propuesto a los creyentes, se puede, al menos en
principio,
deducir de ello prácticamente todo el comportamiento que este desea que
adopten.
Que lo adopten en realidad es
otra cuestión. Es exacto, pero inútil, señalar que muchos musulmanes
beben
alcohol y que muchas musulmanas no se cubren con el velo, sin dejar por
ello de
hacer sus rezos, etc.; en suma, que se componen un islam «a la
carta». Por
no hablar de quienes se desprenden de aspectos más importantes de esta
religión. Queda, en efecto, por preguntarse por qué hacen eso. ¿Lo
hacen en
cuanto musulmanes o, si se prefiere, porque son musulmanes?
¿O es,
por el contrario, a pesar de su islam? Recuerdo a un judío que
me
elogiaba su religión haciendo valer que cada uno de sus mandamientos
quedaba en
suspenso si su aplicación amenazaba con poner en peligro la vida
humana. Lo
cual es completamente cierto. Pero habría preferido que me explicara
por qué es
bueno respetar los mandamientos en tiempos normales…
Las falsas semejanzas
El gran peligro para los
cristianos, desde cuyo punto de vista me sitúo aquí, es la pereza
intelectual.
Esta les lleva a aplicar al islam esquemas de pensamiento cristianos,
lo que
los conduce a entenderlo como una especie de cristianismo. Eso no es
respetar
al otro. Es, por el contrario, imponerle categorías que le son ajenas y
pedirle
que se comprenda a sí mismo de un modo distinto de como lo hace. El
bautismo
forzado es tan perverso en el pensamiento como en la acción.
Entre ambas religiones no faltan
los puntos en común, al menos a primera vista, lo que fomenta la idea
de cierta
semejanza. Bastará, pues, con hacer la lista de las divergencias
respecto de un
amplio fondo de elementos comunes para reducir el islam a una especie
de
herejía cristiana. Así procedió el más antiguo autor cristiano que
habla del
islam con cierto detalle, a saber, san Juan Damasceno (muerto en 750).
Lo hace
en los dos textos en los que trata de la religión de aquellos a quienes
llama
ismaelitas, agarenos o sarracenos. Hay que señalar en
su
descargo que en ninguna parte da a la religión que describe el nombre
de
«islam», ni llama «musulmanes» a quienes la profesan. Y que, de hecho,
no
sabemos con mucha precisión qué creían los árabes de su época.
Hoy en día se imagina que el
diálogo será más fácil si se insiste en los puntos en común y se
minimizan las
diferencias. Observemos, en primer lugar, que esta búsqueda acaba
privando a
los fenómenos que se analizan de buena parte de lo que los hace dignos
de
interés. Imaginemos que se me pide que describa a Napoleón y que
respondo:
«Tenía dos piernas, dos brazos, una cabeza, etc.». Muy pronto se me
pedirá con
impaciencia que señale más bien lo que lo distinguía de los demás
hombres: su
levita gris, su bicornio, etc. Del mismo modo, ¿qué interés
tiene decir
que el islam, como el cristianismo, es monoteísta, que admite que Dios
habla a
los hombres por medio de profetas, que conoce los nombres de Abrahán y
de
Jesús, etc.? Es verdad, pero carece de interés. Con razón, pues, el
padre
Jourdan recuerda con insistencia aquello por lo que el islam se
distingue del
cristianismo. Es necesario hacerlo si se quiere que se entable un
verdadero
diálogo, y no un monólogo en estereofonía.
Tampoco basta con hablar
vagamente de semejanzas entre las dos religiones. Pues hay semejanzas y
semejanzas. Permítaseme una comparación: nada se me parece más que mi
reflejo
en un espejo. Pero, al mismo tiempo, todo en él está invertido: en el
rostro que
tengo enfrente, imagen exacta del mío, lo que está a la derecha aparece estando a
la izquierda, y viceversa. La semejanza entre cristianismo e islam me
parece un
poco de este orden. En el islam está todo el judaísmo y todo el
cristianismo (o
casi); pero al mismo tiempo todo (o casi) ha cambiado de signo. Es
meritorio
elaborar la lista de los elementos que estas religiones comparten, por
ejemplo
en sus libros de referencia. Pero no se puede fundar nada sólido sobre
ello
mientras no se haya captado la orientación que invierte todos esos
elementos.
Esta simetría se comprende si se
tienen en cuenta las circunstancias históricas. El islam naciente tuvo
que
definirse distinguiéndose de las religiones que ya estaban presentes en
la región de Oriente Medio. Se trataba del judaísmo de las tres tribus
que, según
la historia tradicional, vivían en Medina. Y, sobre todo, del
cristianismo.
Este era, en aquella época, dominante al norte, en el Imperio romano
convertido
en «bizantino», y también al sur, en Etiopía; estaba asimismo muy
presente ya
en la península arábiga. Cuando el islam tuvo que explicarse a sí mismo
y dar
cuenta de su propia novedad, se comprendió, pues, como un posjudaísmo y
un
poscristianismo. Podría decirse: como un posbiblismo.
Ninguna Escritura en común
La obra del padre Jourdan
muestra en detalle esta simetría invertida. Insiste con razón en la
importancia
de la idea islámica según la cual las Escrituras que precedieron al
Corán
fueron manipuladas por sus portadores y no representan, por tanto, ni
el mensaje
de Moisés ni el de Jesús. El problema era que el mensaje del Corán solo
coincidía muy de lejos con el del Antiguo y el Nuevo Testamento. Para
eliminar
la contradicción, había que optar entre no tener en cuenta el Corán, lo
cual
era imposible, o encontrar una estrategia para desactivar la Biblia.
Y eso es justamente lo que lleva
a cabo el dogma que afirma la «falsificación» (tahrîf) de las Escrituras
que
precedieron al Corán. La idea tiene un fundamento coránico poco claro:
se
reprocha a ciertos judíos haber «desviado el sentido de las palabras»
(Corán 4,46).
El texto auténtico descendido de junto a Dios habría sido deformado a
instigación de personajes a los que la leyenda nombra a veces: Esdras
para el
judaísmo, Pablo para el cristianismo. La denuncia de este último como
fundador
de un cristianismo que traiciona a Jesús circula un poco por todas
partes. Fue
retomada por Si Hamza Boubakeur (muerto en 1995) en un tratado de
teología
islámica llamado «moderno», del que cabe esperar que no sea
representativo.
Tres páginas alucinantes de afirmaciones gratuitas sobre Pablo
constituyen en
él una triste pieza de antología. El padre Jourdan recuerda a este
respecto, en
un excurso, que Pablo no es en absoluto, como se oye decir con
demasiada
frecuencia, el fundador del cristianismo, sino que afirma no enseñar
más que lo
que le fue transmitido por la comunidad primitiva (1 Corintios 15,3).
El Corán afirma en numerosas
ocasiones «confirmar» (saddaqa) los libros que lo precedieron
(Corán 2,41).
La fórmula es paradójica, pues son generalmente los escritos más
antiguos los
que confirman los textos posteriores. Sea como fuere, el islam entiende
que los
libros así «confirmados» no son el Antiguo y el Nuevo Testamento que
uno puede
encontrar en su librería, sino los textos puramente virtuales, y hoy
inencontrables, que habrían existido antes de la falsificación de la
que
habrían sido víctimas. La comparación entre el Corán y los demás textos
es, por
tanto, imposible.
Dos concepciones de la revelación
El padre Jourdan hace también
hincapié en el modo en que el islam se representa la relación entre
Dios y el
hombre, un modo que va a contrapelo del mensaje bíblico. Según la
Biblia, en
efecto, el hecho primero no es la profecía, sino la entrada de Dios en
la
historia. Dios elige llevar una vida en común con el hombre, y en
primer lugar
con su pueblo, con el que hace alianza. Lo hace mediante su
intervención
en la historia, que es una liberación del cautiverio en Egipto (Éxodo
20,2); lo
hace caminando a la cabeza de su pueblo, al que guía; derramando su
espíritu
sobre los «jueces» que liberan a Israel de sus enemigos, y después
sobre los
reyes, que tienen la misma función, pero institucionalizada; lo hace
mediante
el Templo, donde se fija la presencia divina que antaño caminaba por el
desierto. Solo en un segundo momento el Dios bíblico pasa, por utilizar
una
jerga psicológica, de una «comunicación no verbal» a una «comunicación
verbal»,
y dirige la palabra a su pueblo. Y los profetas que se remiten a Él y
por medio
de los cuales Él habla a Israel tienen como tarea recordar una alianza
que ya
está ahí.
Con mayor razón es este el caso
en el cristianismo, para el cual la alianza de Dios con la humanidad ha
alcanzado su cumbre en la unión en una sola persona, la de Jesucristo,
de las
dos naturalezas, divina y humana (lo que los teólogos llaman «unión
hipostática»).
Lo esencial en el cristianismo es, pues, la vida de Cristo, en la
medida en que
manifiesta el rostro del Padre a través de sus comportamientos, que son
todos
ellos gestos de salvación: perdonar, curar, alimentar, liberar del
pecado,
librar de la muerte. La enseñanza de Jesús es un aspecto de su vida:
formula en
palabras lo que expresan sus acciones; sus acciones garantizan a su vez
la
verdad de lo que promete y la factibilidad de lo que pide. Jesús no es
en
absoluto el portador de un «mensaje», como tontamente se ha tomado la
costumbre
de decir. Él es el mensaje de Dios a los hombres, lo que el Evangelio de
Juan
llama el «Verbo» de Dios.
El islam, a la inversa, concibe
la revelación de Dios como la comunicación de un mensaje que no enseña
lo que
Dios es, sino lo que Él quiere. El Dios que lo emite «hace descender» (nuzûl)
su libro en épocas que se sitúan, evidentemente, en el seno mismo de la
historia. Pero Él mismo no se compromete en la aventura humana. Su
mensaje es
un libro, el Corán, tal como fue confiado a Mahoma, enviado de Dios.
Cuando el
islam vuelve la mirada hacia las etapas anteriores de la revelación, se
las
representa según el modelo del Corán confiado a Mahoma. Imagina, pues,
un
Evangelio (¡en singular!) confiado a Jesús, posterior a una Torá
confiada a
Moisés, e incluso unas «hojas» que habrían sido confiadas a Abrahán
(Corán 53,37;
87,19; y 20,133). El contenido de esos textos habría sido el mismo
desde el
origen.
¿Mahoma profeta?
Se comprende hasta qué punto
está sesgada la cuestión de saber si los cristianos pueden reconocer a
Mahoma
la condición de profeta. Se trata ante todo de preguntarse según qué
modelo de
profecía hay que entender la palabra «profeta».
Si basta, para merecer este
título, con decir cosas verdaderas sobre Dios, por ejemplo que no hay
más que
uno, entonces el faraón Akenatón (siglo XIV a. C.) o el filósofo
Aristóteles
(siglo IV a. C.), o incluso los publicistas deístas de la Ilustración,
son
profetas. Si se concibe la profecía a partir de la idea de historia de
la
salvación, cuesta ver cómo un cristiano podría admitir seriamente la
posibilidad de una profecía posterior a Jesucristo, en quien habita la
«plenitud de la divinidad» (Colosenses 2,9). O bien será en un sentido
muy
metafórico, aquel en el que ciertos conductores de hombres, fundadores
o
reformadores de órdenes, recibieron algo así como una misión profética.
En cuanto al islam, recordemos
que distingue varios niveles de profecía. Para designarlos, el Corán no
dispone
de un vocabulario unificado. La dogmática posterior, en cambio,
distingue entre
«profeta» (nabi) y «enviado» (rasûl). Todo profeta recibe
de Dios
un dictado sobrenatural. Pero, en el caso de algunos, este solo les
concierne a
ellos. A otros, menos numerosos, les comunica un mensaje que tienen la
misión
de llevar a la comunidad de la que son miembros, y a la que deben
advertir.
Puede tratarse de un mandamiento o de una prohibición por parte de
Dios. Por
último, algunos, muy pocos, deben llevar a su comunidad, o incluso, en
el caso
de Mahoma, a toda la humanidad, una regla de vida que expresa la
voluntad de
Dios. Solo esta última clase de profetas se designa con el término de
«enviado». Huelga decir que es a esta última categoría a la que
pertenece
Mahoma. Y, si bien el Corán sugiere que habría sido enviado solo a los
árabes,
un hadiz posterior le hace decir que habría sido enviado «a los
rojos y
a los negros», es decir, a los hombres de toda complexión.
Si un cristiano reconoce a
Mahoma la condición de profeta, una de dos. O bien da a ese término un
significado con el que ningún musulmán podría contentarse. O bien toma
la
palabra en el sentido fuerte de «enviado». En tal caso, el musulmán
tendrá el
derecho, e incluso el deber, de preguntarle por qué —si dice admitir la
verdad
de la misión de Mahoma— no se somete a la ley que este trajo y se
aferra a la
ley de Jesús, que Dios abrogó y sustituyó por la de Mahoma, que es
definitiva…
En ambos casos, el musulmán tendrá la impresión, justificada, de que se
han
burlado de él pagándole con meras palabras.
He aquí el tipo de falso
«diálogo» con el que el padre Jourdan desea acabar, a fin de dejar paso
a un
verdadero intercambio en el conocimiento mutuo de los puntos de vista respectivos.
Nuestro propósito: contraste
doctrinal entre cristianismo e islamismo
Dado que existen tantas bibliotecas sobre el islam,
¿puede
haber todavía algo que decir que resulte útil y arroje luz sobre la
comprensión
mutua? ¡Pues sí! Porque, en la sociedad laicizada que es la nuestra,
uno se
limita a abordar el islam y las demás religiones desde la perspectiva
histórica
y sociológica. Ahora bien, estas disciplinas, por necesarias y valiosas
que
sean, no toman en consideración el contenido de las religiones, sino su
aspecto
exterior. Existen informaciones de cultura general o de islamología
sobre los
«cinco pilares», los artículos de fe o la mística sufí, pero eso no
manifiesta la coherencia profunda. Pueden prolongarse los estudios
durante años
en estos ámbitos sin haber comprendido en profundidad las religiones en
cuestión, ni lo que hay verdaderamente en la mente del creyente de
carne y
hueso, aquel con quien uno se encuentra en la vida cotidiana, en su
entorno
cercano o incluso en su propia familia. Como decía el padre Jacques
Jomier,
eminente islamólogo: «¿Es posible hablar de las religiones dejando de
lado el
problema central, a saber, lo que son?».
Este trabajo pretende, pues, precisar un ámbito un
tanto
descuidado por cristianos y musulmanes, lo cual obstaculiza gravemente
los
posibles avances en la confianza y la comprensión. Me refiero a las
doctrinas.
Exponerlas con claridad es indispensable si no se quiere caer en
situaciones
que impidan ir más lejos, haciendo imposible o bloqueando el eventual
diálogo.
Conocerse en la propia coherencia permite comprenderse y construir la
paz.
¡Cuántas veces, tanto en Oriente como en el Magreb, no habrán
comprobado los
cristianos: «Cristianos y musulmanes nos entendemos muy bien, y somos
amigos
desde hace mucho tiempo. Pero no hablemos de religión. ¡Sobre todo,
no!»! A
veces hacen una reflexión llena de benevolencia: «No nos corresponde
juzgar el
islam en sí, sino encontrarnos con hermanos en humanidad». En las
sociedades
islámicas, el cristiano arriesga sus condiciones de vida; y ese riesgo
bloquea
la confianza y el encuentro.
En nuestro mundo laico, el contenido de las
religiones, sus
presupuestos teológicos y sus doctrinas se consideran a menudo
sospechosos: se
trata de la vida privada, por tanto, según se piensa, ¡forzosamente
irracional
y ajena a toda ciencia posible y a todo rigor! Además, son cuestiones
que
incomodan: se les tiene miedo y, sin reconocerlo, se huye de ellas.
Excepcionalmente, se aceptará una profundización en el caso del budismo
porque,
según se dice, no sería una religión sino una sabiduría, ¡o en todo
caso una
religión sin dogma! Al hacerlo, se pasan por alto las largas y austeras
formaciones en el dharma (enseñanza budista) que algunos de nuestros
contemporáneos sobrellevan con empeño. A este respecto, el célebre
maestro
tibetano, el Dalái Lama, pone a menudo y honestamente en guardia a unos
occidentales con frecuencia bastante ingenuos: «¡El budismo no es lo que
ustedes
creen!».
Una dificultad es el clima muy afectivo de
nuestros
intercambios. En el espíritu de la Declaración Universal de los
Derechos
Humanos de 1948, cuyo artículo 18 versa sobre la libertad religiosa, se
quiere
dar muestras de apertura, ser amable e instalarse en una benevolencia
relativista: para acoger a todos los hombres, habría que aceptar todas
las
doctrinas; de lo contrario, ¡uno sería un malvado intolerante! ¡Casi se
llegaría a creer que se puede ser a la vez musulmán e hindú! Así es
como, en la
opinión corriente, a menudo uno se da por satisfecho con palabras y se
conforma
con un «más o menos» para preservar una aparente calma en las
relaciones. Y con
frecuencia, en las relaciones islamo-cristianas, se va aún más lejos:
«¡Estamos
muy cerca! ¡El 90 % de las cosas nos son comunes! Es casi lo mismo…».
Ahora
bien, para la convivencia de hoy y de mañana, tantas cosas siguen
siendo tan
confusas y ocultas que cuesta identificarlas, impiden avanzar y podrían
plantear en el futuro graves problemas de comprensión y de vida. Ya no
podemos
quedarnos ahí.
Hoy, podemos tomar otro camino:
comprender la
coherencia interna del otro, sin la cual no podemos encontrarnos en
profundidad. Para ello, hay que atreverse a correr el riesgo de
sorprender a
la mentalidad corriente. Hoy, ante el islam, mucha gente se siente en una
situación
muy enredada y sufre por ello: están «perplejos», bloqueados; quisieran
salir
de ahí, comprender, respirar con plena libertad y avanzar.
Abordar el diálogo en el plano doctrinal no
prejuzga en
absoluto la calidad de las personas. Hay gente de bien en todas las
religiones
e incluso fuera de toda religión. Una vida auténtica, que cree en el
hombre y
se entrega a él, es afortunadamente posible en todas las
civilizaciones, ¡las
cuales, por su parte, se prestan a ello más o menos bien! Del mismo
modo, la
amistad y el encuentro humano siguen siendo indispensables: son
necesarios,
pero no suficientes. Y la simpatía de las personas no prejuzga en
absoluto la
validez del camino de su vida. No debería ocurrir que los caminos
religiosos
obstaculizaran o coartaran las buenas relaciones con los otros que son
creyentes de otra manera. Para ello, hay que trabajar sobre los caminos
religiosos y conocerlos a fondo.
En este trabajo no pretendemos una presentación general
del islam, sino
únicamente un esbozo de su coherencia y de la del cristianismo. Un
inevitable
ir y venir entre islam y cristianismo permite medir mejor, por
contraste, lo
que se dice de muy ambiguo o incluso de confuso. Esta
indagación quiere
mostrar la confusión dominante a quienes todavía dudan de ella. Las
numerosas
citas, con los límites que en ellas pueden advertirse, proceden en
particular
de la gran prensa que todo el mundo puede leer sobre el islam, así como
de las publicaciones especializadas.
***
Dios de los cristianos, Dios de los musulmanes:
claves para entender
1. Planteamiento y propósito
2. Las «perplejidades» del cristiano sobre errores
frecuentes
3. Otras «perplejidades» en los escritos sobre este
tema
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