Dios de los
cristianos, Dios de los musulmanes: claves para entender
3. Otras
«perplejidades» en los escritos sobre este tema
RÉMI BRAGUE
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A propósito de las tres últimas
fórmulas, vamos a presentar los puntos de vista de quienes están de acuerdo con
ellas y de quienes no lo están. Así, parecerá normal que el cristiano de hoy no
siempre sepa dónde está la verdad y se encuentre «perplejo». En la segunda
parte del libro estableceremos algunos jalones para buscar la verdad.
13. «Las tres religiones del
Libro», se dice tanto en la gran prensa como en la prensa que se pretende
erudita. Esta fórmula es muy empleada, pero contribuye a la confusión reinante.
Hay quienes apoyan esta fórmula. Pero otros la rechazan:
El rabino Marc-Alain Ouaknin, de
acuerdo con Armand Abécassis, afirma: «El pueblo judío no es “el pueblo del
libro”, sino el pueblo de la interpretación del libro». Las palabras del
teólogo François Varillon no dejan lugar a ambigüedad: «El cristianismo no es
una religión del Libro; el islam sí lo es». El primer número especial de la
revista Prions en Église era claro en un párrafo titulado «La fe
cristiana no es una religión del libro». Un recuadro firmado por «Chrétiens
médias» precisaba en una revista litúrgica: «El cristianismo no es una
“religión del libro”, como a veces se dice un poco a la ligera. [...] Los
escritos que reconoce como palabra de Dios tienen como autores a hombres
inspirados por Dios. [...] El islam cree, por el contrario, que el texto mismo
del Corán fue dictado por Dios tal cual. [...] Tanto el cristianismo como el
judaísmo son religiones con “un” libro, y no “del” Libro».
El islam, el cristianismo y el
judaísmo son religiones con libro, puesto que reconocen ciertos libros como
sagrados. Pero otras religiones, más alejadas por su doctrina e incluso
consideradas paganas, reconocen también libros de este tipo: el Avesta
del mazdeísmo de Zaratustra, los Sutras de Buda, las Upanishads
de los antiguos sabios védicos de la India, la Bhagavad-Gîtâ hindú, el Granth
de Gurú Nanak entre los sijes y muchos otros textos. Salvo las religiones de
las antiguas civilizaciones puramente orales y sin escritura, todas las
religiones son religiones con libro. ¡No se trata, pues, de eso!
Entonces, ¿de qué «Libro» se
trata? Pregunta embarazosa para quienes emplean esta peligrosa fórmula. Si
planteamos la pregunta a judíos o a cristianos, responden: la Biblia. Si se la
planteamos a musulmanes, dicen: el Corán. Hay desacuerdo sobre el «Libro», que
no puede ser a la vez la Biblia y el Corán; no tenemos un Libro común.
En realidad, se trata de una
expresión derivada del Corán: «la gente del libro» (Corán 5,59 y muchos otros
pasajes) designa a los judíos, a los cristianos y eventualmente a los
enigmáticos «sabeos». Esta expresión está ligada a la coherencia doctrinal
islámica del «descenso» (tanzîl) desde la «Madre del Libro» en el cielo
(Corán 3,7; 13,39), madre de todos los libros, de los cuales el Corán se
presenta como el último, según su concepción específica. El término «religiones
del Libro» es una concepción islámica ajena al mundo bíblico, puesto que la
Biblia no ha descendido del cielo, sino que es fruto de la Alianza entre Dios y
los hombres. Ahora bien, esta idea de Alianza no es familiar al islam. Hay en
ello una especie de islamización inconsciente de la cultura. Constatemos que
incluso los mejores caen en ella.
14. Se habla, entre el gran
público y en la prensa, del «tronco común» de las tres grandes
religiones monoteístas. Parece algo evidente, puesto que las tres mencionan, como
hemos visto, una veintena de nombres de personajes que parecen comunes: Adán,
Noé, Abrahán, Lot, Isaac, Ismael, Jacob, José, Moisés, Aarón, David, Salomón,
Elías, Eliseo, Jonás, Job, Zacarías y su hijo Juan Bautista, María y Jesús. En
el simplismo de la ignorancia reinante, uno se apresura a decir que, puesto que
son los mismos nombres o la misma fonética, son los mismos personajes, que
participan así del tronco común. Esta fórmula se emplea
efectivamente en numerosos escritos.
Si bien existe una dependencia
histórica entre el islam y el cristianismo, no la hay en el plano doctrinal,
más allá de un monoteísmo unitario simplificado; ¡a menudo se pasa de uno a
otro sin siquiera darse cuenta! Sobre este supuesto tronco, ¿cómo se situará al
Jesús cristiano y al 'Îsâ musulmán, que no son el mismo? Porque la
separación del tronco no tiene lugar después del personaje de Jesús, 'Îsâ,
sino a propósito de él, para precisar su identidad y su papel: es él Y no es
él. La visión bíblica de estos personajes no corresponde a la del Corán. Así
pues, el «tronco común» es artificial y engañoso. Mireille Hadas-Lebel,
intelectual judía, lo expresa muy bien: «A falta del tronco común de las
Escrituras que el judaísmo comparte con el cristianismo, el Corán está lleno de
reminiscencias bíblicas». Pero estas aparecen transformadas: «Ismael sustituye
a Isaac, La Meca a Jerusalén, la Kaaba al Templo». Si el islam fuera bíblico,
no habría problema. Pero rechaza la Biblia por considerarla falsificada; por
tanto, la aparente correspondencia es ilusoria, pues ambas coherencias son
completamente diferentes.
15. En cierta opinión orientada
al diálogo se percibe una suposición secreta, a veces incluso confesada: «Para
un cristiano [y no solo para un musulmán], el islam es religión
revelada, Mahoma es profeta y el Corán es palabra de Dios». Debería ser
verdad, pues, si no fuera así, no podríamos encontrarnos, se piensa. Es la
posición mayoritaria, gratificante, que se exhibe en particular en los ámbitos
de encuentro islamo-cristiano. Y el musulmán espera este modo de pensar para
entrar más fácilmente en el diálogo. Si el cristiano no reconoce este origen
revelado, al menos un poco, disgusta al musulmán. Una consulta de autores
cristianos conocidos, algunos de los cuales son buenos conocedores de la
teología o de la Biblia, pero, por desgracia, no del Corán ni del islam,
muestra la confusión que se le presenta al cristiano deseoso de comprender algo
del islam y del cristianismo.
Sin embargo, no todos suscriben
esta suposición:
→ San Juan Damasceno (Yuhanna
Mansur ibn Sarjûn Al-Taghlibi), eminente Padre de la Iglesia, muerto en 754 en
Palestina) califica a Mahoma de «falso profeta» y expone sus razones.
→ El catolicós Timoteo I,
patriarca de los nestorianos, respondía en 781 al califa Al Mahdi, que le
preguntaba por Mahoma: «Ha caminado por la senda de los profetas y de los
amigos de Dios; pues, así como los demás profetas enseñaron la unidad de Dios,
así lo hizo Mahoma; ha seguido, por tanto, la senda de los profetas». El giro
es hábil: Timoteo no reconoce a Mahoma como profeta, pero no por ello pone en
riesgo la supervivencia de su comunidad.
→ Para santo Tomás de Aquino,
«ninguna profecía divina da testimonio a su favor», pero el islam, según la
relectura del tratado sobre la profecía de santo Tomás realizada por el padre
Charles Ledit, es a lo sumo «directivo», en el sentido de una piedra de espera
más o menos orientada hacia Cristo.
→ Louis Massignon hablaba de
«profeta negativo». Mahoma es aquel que anuncia la separación final de los
buenos y los malos, que «niega lo que Dios no es, más de lo que afirma lo que
Dios es», y rechaza lo que no es coránico; un profeta en hueco o de llamada.
[...] Es lo que retuvieron del Maestro, por una parte, Louis Gardet, «pues su
afirmación tan tajante del puro monoteísmo llama, como en hueco, al misterio
revelado de la Vida divina»; y, por otra, su otro discípulo y maestro mío,
Youakim Moubarac: «el defensor feroz de la unicidad divina, contra todas las idolatrías,
y del misterio de Dios». Pero L. Massignon establecía un vínculo difuso entre
Abrahán e Ismael y escribía a propósito del Corán: «¡Esta edición árabe de la
Biblia, reservada a los descendientes carnales de Abrahán por Ismael!». Otro
discípulo, Roger Arnaldez, niega que L. Massignon haya reconocido a Mahoma como
profeta, contrariamente a lo que algunos han querido hacer decir al maestro:
las vibrantes fórmulas de este último eran a menudo ambiguas.
→ El padre Yves Congar reconocía
a Mahoma como un genial reformador comparable a Lutero, pero «no profeta en el
sentido de la inspiración bíblica, plena, sino en el sentido en que muchos
hombres religiosos están inspirados. [...] El islam es exterior al
cristianismo, mientras que el judaísmo le es interior, al menos por sus
raíces». De todos modos, para ser hereje o reformador habría que estar en el
tronco de origen; ahora bien, Mahoma nunca fue ni judío ni cristiano.
→ El padre Joseph Moingt, a
propósito de la voluntad salvífica universal de Dios y de las semillas de
verdad o del Verbo en las religiones, explica: «Con mayor razón sería difícil
sostener que otras religiones, más o menos emparentadas con la Biblia, como el
islam, pudieran ser consideradas por este motivo como medios de revelación».
→ Mons. Henri Teissier ve a Mahoma
como «un personaje de las primeras edades del Antiguo Testamento, antes de que
la Palabra de Dios hubiera afinado las conciencias».
→ El padre Jacques Jomier, el
más claro, hablaba del islam como «espiritualmente anterior a la promesa
bíblica hecha a Abrahán». «Si un cristiano dice que Mahoma es profeta y no se
hace musulmán, o bien no conoce su religión, o bien es un hipócrita. [...] La
palabra profeta debe ser evitada por nosotros en el presente caso. Emplearla
sería darle un sentido restringido que la fe musulmana no aceptaría».
→ F. Varillon decía que «el
Corán no es la continuación de la Biblia» y, a propósito de la revelación del
ángel Gabriel a Mahoma, que «se trata de una leyenda».
→ Para el padre Guy Monnot, «la
frecuencia de los relatos sobre personajes bíblicos es un hecho. Pero nunca hay
que olvidar este gran principio: los materiales de un pensamiento no determinan
su carácter. En verdad, el pensamiento coránico y musulmán no es de carácter
bíblico. El Corán no es primo de la Biblia. La savia bíblica no circula en el
islam».
→ El padre Antoine Moussali
rechaza formalmente la tesis de C. Geffré: «¿Puede pensarse que el Corán es una
expresión otra de la palabra de Dios? ¡Para admitirlo como cristiano,
sería necesario que el Corán se sometiera a la luz de Cristo! Y se volvería a
caer una vez más en el callejón sin salida, puesto que el Corán se presenta
como un rechazo: ¡el rechazo categórico del misterio de Dios manifestado en
Cristo, Hijo de Dios, a través del misterio de la cruz, del que no se puede
prescindir!». Y sobre el profetismo: «No hay profetismo bíblico sin esa
aspiración, ese movimiento de tensión, de atención al porvenir de Dios, a la venida
del Mesías de Dios. [...] Para el cristiano, el profetismo se encuentra
enteramente encarnado en la persona de Jesús. [...] Para el musulmán, [...] es
Mahoma el punto de llegada de la Revelación. Nos hallamos aquí ante un abismo
teológico».
→ El padre Maurice Borrmans
precisa con prudencia: «El islam como tal no podría ser considerado parte
integrante de la revelación judeocristiana».
→ Juan Pablo II, al leer el
Corán, quedaba «impresionado por la incomprensión que en él se manifiesta de lo
que Dios ha dicho de sí mismo, primero en el Antiguo Testamento por medio de
los profetas, y luego de modo definitivo en el Nuevo Testamento por medio de su
Hijo. Toda esta riqueza de la autorrevelación de Dios que constituye el
patrimonio del Antiguo y del Nuevo Testamento ha sido, de hecho, dejada de lado
en el islam». Los teólogos católicos, tras el gran teólogo del concilio
Vaticano II, Karl Rahner, están familiarizados con esta expresión de
«autorrevelación de Dios», que es verdaderamente la marca de la revelación: sin
ella no hay revelación.
→ El padre Samir Khalil Samir,
jesuita islamólogo, pone las cosas en su sitio: «Contrariamente a la tradición
de las Iglesias cristianas, que siempre se ha negado a ver en el fundador del
islam a un profeta, cierto número de teólogos católicos contemporáneos no dudan
en reconocerlo como tal, al menos de cierta manera. Por último, para mucha
gente —incluidos “buenos católicos”—, tal posición es más conforme con la
actitud de diálogo preconizada por el Vaticano II y, en todo caso, con el
espíritu de la época. [...] La noción de profeta es diferente en las
tradiciones judeocristiana e islámica. [...] La expresión “sello de los
profetas” (Corán 33,40): la tradición musulmana hará de ella el eje de su
“teología de las religiones”. [...] Es imposible para un cristiano reconocer a Mahoma
como el “sello de los profetas” y reconocer al mismo tiempo que Cristo es la
palabra última de Dios a la humanidad y que Juan el Bautista cierra el ciclo de
la profecía. [...] Por nuestra parte, lo vemos como un genial reformador social
y un político de gran talento, un hombre enamorado de Dios, sincero y
convencido, que utiliza todos los medios para establecer en la tierra el “reino
de Dios” que es el islam. [...] ¿Un profeta en el sentido de la teología
cristiana? No lo creemos, pues, en la visión cristiana, un profeta no solo
recibe un mensaje de Dios para los hombres, sino que además prepara el terreno
para la venida de Cristo. Ahora bien, en sus grandes líneas, Mahoma y el Corán
alejan al creyente de la figura evangélica de Cristo. [...] Puesto que el Corán
niega las verdades fundamentales de la fe cristiana (Trinidad, divinidad de
Cristo, Encarnación, Redención, muerte y resurrección de Jesús), es imposible
decir que ha sido revelado por Dios, aunque contenga páginas muy bellas sobre
Cristo y la Virgen María. [...] Lo mejor sigue siendo no utilizar el término
profeta, demasiado cargado de ambigüedad, y limitarse a decir que Dios permitió
que anunciara a los árabes algo de la revelación bíblica».
→ M. Hadas-Lebel precisa: «El
profeta Mahoma no es un profeta a la manera de Isaías o de Jeremías, ni
siquiera a la manera de Moisés. El judaísmo considera que la profecía se
extinguió en el siglo V antes de la era cristiana».
¿Creemos que el cristiano puede
admitir a Mahoma como profeta? ¿Cómo puede el Corán ser palabra de Dios después
del envío y del don del Hijo por el Padre? Para el cristiano, la plenitud de la
revelación es Jesucristo; el último profeta fue Juan el Bautista, que anunciaba
a Cristo. El Corán no reconoce el don del Hijo; por tanto, no puede profundizar
en lo que Jesús nos ha revelado. El concilio Vaticano II reconoció la acción
del Espíritu Santo más allá de los límites de la Iglesia y en todos los ámbitos
de la actividad humana (Gaudium et Spes 22,5); pero no concede el
estatuto de revelación, de profecía y de Palabra de Dios, en el sentido
bíblico, a otros textos que los de la Biblia... La acción del Espíritu explica
que el cristiano pueda sentirse interpelado por tal o cual pasaje del Corán o
por la actitud de tal o cual musulmán, cuando lo que lo interpela coincide con
la enseñanza de Cristo y ayuda a vivirla; sin embargo, no se trata de una nueva
revelación, sino de préstamos tomados de la revelación bíblica, y el Corán no
puede tener el carácter de un texto revelado. Lamentablemente, tenemos un gran
retraso teológico en este punto.
Ante los prestigiosos defensores
de las tesis opuestas, al cristiano corriente le cuesta encontrar su camino.
Hay que agradecer a los pensadores pioneros que se hayan atrevido a avanzar,
aun llegando a ir demasiado lejos. Estos intentos honran a la Iglesia en su
diálogo con el otro y en el acercamiento, después de tantas controversias
seculares y estériles, sostenidas por contextos hostiles. Pero es necesario ser
claros: Mahoma no es un profeta para los cristianos.
Acabamos de ver una serie de
«perplejidades» debidas a ambigüedades ignoradas, inconscientes, inconfesadas o
aceptadas, en todo caso no disipadas, que surgen con frecuencia en los
encuentros entre las tres grandes religiones monoteístas. Se pretende no abordar
las doctrinas; al final no se hace otra cosa, ¡pero en la crispación, el miedo
inconfesado y el no-diálogo! Se exhibe un conjunto doctrinal peligroso, cuando
no hipótesis tomadas por obligatorias, pues se piensa que no cabe reaccionar
ante ellas, por temor a molestar al otro.
Vamos ahora a atravesar otra
serie de «perplejidades», menos doctrinales pero igualmente peligrosas, en la
cultura del francés de hoy. Después, entraremos más a fondo en los mecanismos
de la coherencia profunda de interpretación de la experiencia religiosa propia
de cada religión; es el conocimiento de estos mecanismos lo que nos permitirá
comprendernos verdaderamente.
***
Dios de los cristianos, Dios de los musulmanes:
claves para entender
1. Planteamiento y propósito
2. Las «perplejidades» del cristiano sobre errores
frecuentes
3. Otras «perplejidades» en los escritos sobre este
tema
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