GUERRA SANTA ISLÁMICA (2)

La yihad: guerra contra los no musumanes

ROBERTO DE MATTEI





Desde el punto de vista etimológico, la palabra yihad deriva de la raíz árabe jhd, que significa «esfuerzo», entendido como cumplimiento de la voluntad de Alá. Pero desde el punto de vista jurídico, la Encyclopédie de l’Islam aclara que «según la doctrina clásica y la tradición histórica, la yihad consiste en una acción armada destinada a expandir el islam y, eventualmente, a defenderlo». De hecho, existen otros términos, además de yihad, para indicar combate, especialmente los vinculados a la raíz qtl o hrb. Sin embargo, el vocablo yihad es diferente de la palabra guerra debido a que es más amplio y abarca también el concepto de religión. Pueden existir guerras civiles, pero solo la yihad es «santa», porque expresa la expansión del islam por toda la tierra mediante las Armas. La distinción entre una yihad interior —entendida como una lucha que el musulmán debe mantener contra sus vicios y pasiones— y una yihad exterior —que es propiamente la «guerra santa»— pertenece más a la tradición gnóstica-esotérica, que busca la «unidad trascendente de las religiones», que a la tradición islámica. El pasaje de la «sura sobre la conversión» (Corán 9,29) teoriza la yihad en estos términos:

 

«¡Combatid contra quienes, habiendo recibido la Escritura —hebreos y cristianos—, no creen en Alá ni en el último Día, ni prohíben lo que Alá y Su Enviado han prohibido, ni practican la religión verdadera, hasta que, humillados, paguen el tributo directamente!».

 

En la sura VIII del Corán, versículos 55-60, todavía se lee:

 

«Los seres peores, para Alá, son los que, habiendo sido infieles en el pasado, se obstinan en su incredulidad, que, habiendo tú concertado una alianza con ellos, la violan a cada momento sin temer a Alá. Si, pues, das con ellos en la guerra, que sirva de escarmiento a los que les siguen. Quizás, así, se dejen amonestar. Si temes una traición por parte de una gente, denuncia, con equidad, la alianza con ella. Alá no ama a los traidores».

 

«¡Que no crean los infieles que van a escapar! ¡No podrán!».

 

«¡Preparad contra ellos toda la fuerza, toda la caballería que podáis para amedrentar al enemigo de Alá y vuestro y a otros fuera de ellos, que no conocéis pero que Alá conoce! Cualquier cosa que gastéis por la causa de Alá os será devuelta, sin que seáis tratados injustamente».

 

«La yihad —escribe la Encyclopédie de l’Islam— es una obligación. Este precepto es proclamado en todas las fuentes». «La obligación persistirá mientras no se alcance la universalidad del islam. La paz con las naciones no musulmanas es, por tanto, un  estado provisional; solamente circunstancias accidentales pueden justificarla transitoriamente.»


Quien cumple la obligación de la yihad es llamado muyahidín. Tal obligación, impuesta por Alá a todos los musulmanes, no conoce límites de tiempo o de espacio y debe prolongarse mientras el mundo entero no haya abrazado la fe islámica o, al menos, no haya sido sometido al poder islámico.

 

Hasta que esto ocurra, el mundo estará dividido en dos: la Casa del islam (dar al-Islam) —donde prevalece el poder musulmán y la ley del islam— y la Casa de la Guerra (dar al-Harb) —que engloba todo lo demás—. Entre ambas existe un estado de guerra moralmente necesario y religiosamente obligatorio, hasta el inevitable triunfo final del islam sobre la incredulidad.

 

La yihad debe librarse «por causas religiosas» (fi sabil Allah), excluyendo de legitimidad los fines «no religiosos». De ahí la importancia de la fatua, sentencia de la jurisprudencia que otorga o retira la legitimidad de una guerra. La «guerra santa» tiene principalmente un carácter ofensivo, porque presume un estado de conflicto permanente entre dar al-Islam y dar al-Harb que solamente concluirá con la sumisión de toda la tierra al islam. La tesis según la cual se trataría de una guerra puramente defensiva es refutada por la doctrina y la tradición del islam. Como afirma Quṭb:

 

«Aquel que quiera comprender la verdadera naturaleza de esta religión [...], además del compromiso con la predicación, se dará cuenta de la absoluta necesidad de que el movimiento islámico incluya también la lucha armada (al-jihad bi-l-saif); y que esta no debe entenderse como una acción defensiva en el sentido específico de una guerra de defensa, como así quieren los derrotistas que hablan bajo el influjo de las circunstancias del momento o de los envites de cualquier astuto orientalista. Al contrario, es un impulso y un salto hacia la liberación del hombre en esta tierra, recurriendo a todos los medios adecuados y los últimos inventos de cualquier época.»

 

La lectura de Quṭb sobre la yihad se fundamenta en la obra de Ibn Taymiyya, un jurista del siglo XIII. En Al-farida al-gha’iba, manifiesto del grupo qutbista al-Yihad, que teoriza el asesinato político (qatl), el ideólogo del grupo, Salam Faraj, sostiene que la yihad armada es un imperativo de fe ocultado por los propios ulemas, los doctores de la Ley que habrían voluntariamente olvidado, por razones personales, el deber de rebelión contra el poder de los impíos.

 

 

La división del mundo en dos partes: el islam y los «infieles»

 

En el centro de la visión islámica del mundo se encuentra la separación entre la casa del islam (dar al-Islam), el espacio territorial en el que se acata la ley coránica, y la casa de la Guerra (dar al- Harb), el territorio poblado por los «infieles».

 

Las relaciones entre las dos casas son profundamente conflictivas, pues existe un estado de beligerancia ininterrumpida entre ellas impuesto por la ley religiosa. La tregua (sulh) tiene un carácter puramente táctico y momentáneo. La única estrategia posible es la guerra hasta el dominio completo del adversario. Para el Corán, la base de cualquier conflicto armado es la lucha de los «creyentes» contra los «no creyentes»: «Combatid por Alá contra quienes combatan contra vosotros» (Corán 2,190); «Matadlos donde deis con ellos, y expulsadlos de donde os hayan expulsado» (Corán 2,191); «[...] matad a los asociadores dondequiera que los encontréis. ¡Capturadlos! ¡Sitiadlos! ¡Tendedles emboscadas por todas partes!» (Corán 9,5); «¡No flaqueéis, pues, invitando a la paz, ya que seréis vosotros los que ganen! Alá está con vosotros y no dejará de premiar vuestras obras» (Corán 47:35); «Retribución de quienes hacen la guerra a Alá y a Su Enviado y se dan a corromper en la tierra: serán muertos sin piedad, o crucificados, o amputados de manos y pies opuestos, o desterrados del país. Sufrirán ignominia en la vida de acá y terrible castigo en la otra» (Corán 5,33). La parte «infiel» de la humanidad está destinada a convertirse o a someterse a los musulmanes. Todos los vínculos nacionales, culturales o de clase se transforman y resumen en dos únicas partes (hizb): la de la fe y la del error, los «partidarios de Alá» y los «partidarios de Satanás».

 

Históricamente, la casa de la Guerra por excelencia era el mundo cristiano, identificado en la época moderna con Occidente. Occidente es el «Gran Satán» que se opone al islam en la lucha por el liderazgo mundial.

 

«La propia definición medieval del Occidente de las Cruzadas, que evoca las guerras santas cristianas en los enfrentamientos con los musulmanes y la simbología mundial que las acompaña, representa perfectamente esta visión antagónica del mundo.»

 

Los occidentales continúan siendo los frang, los «francos», nombre con el que eran llamados los cruzados y que junto con la antigua definición de bilad al-agam, tierra de los bárbaros, todavía hoy identifica a los europeos, a Europa o a cualquiera que venga de Occidente. Si el adversario principal era el mundo cristiano y occidental, el enemigo por antonomasia era la potencia rectora de ese mundo: los emperadores bizantinos y del Sacro Imperio Romano Germánico, seguidos por las potencias coloniales de Europa y los Estados Unidos de América. El conflicto entre el islam y Occidente se identifica actualmente con el conflicto entre el Norte y el Sur, situando la dicotomía teológica de fieles e infieles junto a la de oprimidos y opresores (mustad y mustakbir); asociando de este modo a los musulmanes con los neomarxistas y los adeptos de la «teología de la liberación» en un llamamiento antioccidental a todos los «desheredados» de la tierra.

 

Algunos islamistas, como Qutb, amplían la dicotomía tradicional entre dar al-Islam y dar al-Harb a la que existe entre dar al-Islam y yahilía. Con este último término, usado para indicar la «barbarie» preislámica, los islamistas radicales definen hoy al Occidente corrupto y decadente, afirmando que, debido a sus medios de penetración en el mundo islámico, se ha convertido en un enemigo interno del islam. Qutb afirma que fuera de la umma —la comunidad de los creyentes— solo existe la yahilía, compuesta por «demonios humanos, cruzados, sionistas, idólatras y comunistas; unidos todos entre cada vez que se trata de destruir la vanguardia de los movimientos de resurrección islámica sobre la tierra».

 

El derecho internacional occidental, cuya pretendida universalidad oculta los intereses del Occidente cristiano, se considera incompatible con el «derecho internacional musulmán», fundado en la supremacía de la sharía, el «derecho de Alá», único e indivisible. El concepto moderno de democracia también es considerado incompatible con la sharía y el principio del tauhid (unidad de Dios), que atribuye a él y no al pueblo el derecho exclusivo a gobernar. En efecto, la democracia no es sino politeísmo, porque despoja a Alá del derecho a dictar leyes y se lo concede al pueblo, expresando así una visión secularizada de la política, contraria a la del islam.

 

A diferencia de cuanto enseña la doctrina cristiana y atestigua la historia occidental, la práctica de la guerra en la mentalidad musulmana no está limitada por reglas morales precisas que moderen su ferocidad. El islam, por ejemplo, no reconoce como sujetos de derecho ni a la persona no musulmana ni a los Estados no musulmanes por el simple hecho de que no admite ni derecho natural ni derecho de gentes distintos de la sharía. «Ningún creyente deberá socorrer a un infiel», afirma un hadiz. Desde esta perspectiva, los enemigos, una vez hechos prisioneros, son «propiedad» de los vencedores, que pueden liberarlos, reducirlos a la esclavitud o incluso matarlos: «Cuando sostengáis, pues, un encuentro con los infieles, descargad los golpes en el cuello hasta someterlos. Entonces, atadlos fuertemente. Luego, devolvedles la libertad, de gracia o mediante rescate, para que cese la guerra» (Corán 47,4). El empleo del terrorismo o de otros instrumentos de destrucción contra el enemigo no está prohibido por ningún precepto de la Sunna o del Corán.


Roberto de Mattei, Islam y cristianismo. Guerra justa. Guerra santa. Homo Legens, 2026.




1. La guerra interminable en nombre de Alá
2. La yihad: guerra contra los no musulmanes
3. La naturaleza de la «tolerancia» en el islam y su relación con la yihad
4. Un inevitable «choque de civilizaciones»