GUERRA SANTA ISLÁMICA (3)
La naturaleza
de la «tolerancia» en el islam y su relación con la yihad
ROBERTO DE MATTEI
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En las tierras conquistadas por el islam, la
opción que se deja a los vencidos es la conversión o la muerte. A los
seguidores de las religiones del libro —cristianos y judíos, pero
también sabeos y zoroastristas—, definidos como «gente del Libro» (ahl al-Kitab) o «pueblo del Pacto» (ahl al-Dhimma), se les prevé un estatus privilegiado si aceptan someterse al islam.
El Pacto de Omar, que fue el primero que sucedió al profeta, introdujo
un distintivo para los protegidos —marrón para los mazdeístas, azul
para los cristianos, amarillo para los hebreos— y, al confinar a los dhimmíes en barrios especiales, anticipó la aparición de la práctica de los guetos.
Desde que aceptan someterse al islam, los dhimmíes son
integrados en la comunidad islámica, pero sujetos a una pesada
condición legal: estar excluidos de los cargos públicos y obligados a
cumplir los imperativos sociales de la sharía. El proselitismo
religioso está castigado con la pena de muerte, pero los dhimmíes deben aceptar el proselitismo de los musulmanes, incluso en sus iglesias o sinagogas. Por otro lado, los dhimmíes
no pueden construir edificios más altos que los de los musulmanes,
deben enterrar a sus muertos en secreto, sin llantos ni lamentos,
tienen prohibido tocar las campanas, exhibir cualquier objeto de culto
y proclamar las creencias cristianas delante de un musulmán. Un
musulmán puede casarse con una mujer dhimmi, pero un hombre dhimmi
no puede casarse con una musulmana; el hijo nacido de un matrimonio
mixto es siempre musulmán; la sanción que castiga a los
musulmanes culpables de delitos es atenuada si la víctima es un dhimmi.
Los no musulmanes nunca pueden testificar contra los musulmanes, siendo
sus juramentos intolerables. Este rechazo se funda —según los hadices—
en la naturaleza perversa y mentirosa de los «infieles», que insisten
deliberadamente en negar la superioridad del islam. Por la misma razón,
un musulmán, aunque sea culpable, no puede ser condenado a muerte si
fue acusado por un infiel. Al contrario, en varias ocasiones hubo dhimmíes condenados a muerte en lugar de los musulmanes culpables.
El rechazo de los testimonios dhimmíes es especialmente grave
cuando se les acusa de haber «blasfemado» contra Mahoma, delito que se
les achaca con asiduidad y que es castigado con la muerte.
Incapacitados para refutar las acusaciones de los musulmanes en los
tribunales, los dhimmíes a menudo se ven obligados, para salvar sus vidas, a aceptar el islam.
El pago del tributo al que están sujetos los dhimmíes, llamado jarach,
está justificado por el principio según el cual la tierra arrebatada
por el islam a los «infieles» se considera que pertenece por derecho a
la comunidad musulmana. En virtud de este principio, cualquier
propietario queda reducido a la condición de tributario que posee su
tierra en calidad de mero usufructuario por concesión de la umma.
El arancel acarrea un simbolismo sagrado y bélico; es el derecho
inalienable concedido por Alá a los vencedores en suelo Enemigo. Además
del jarach, los dhimmíes están obligados pagar otro impuesto, la yizia, que se les impone en el transcurso de una ceremonia humillante: mientras paga, el dhimmi es golpeado en la cabeza o en la nuca. Esta es la naturaleza de la tolerancia en el islam.
La yihad conlleva un problema de autoridad
En el «despertar» del islam, la yihad, aunque se ha convertido en una
nueva consigna, está comprometida por una contradicción de fondo: la
definición de la autoridad que puede proclamarla.
El último llamamiento público a la yihad en el siglo XX fue lanzado por
el Imperio otomano contra Francia, Gran Bretaña y Rusia para justificar
su entrada en la guerra el 11 de noviembre de 1914. Sin embargo, los
sultanes otomanos pretendían ejercer en el mundo islámico una autoridad
política que hoy nadie puede arrogarse: la del califa.
La misma tarde de la muerte del «profeta», después de muchas horas de
violentas discusiones, prevaleció la opinión de que se debía mantener
la unidad política de los musulmanes, otorgando por primera vez, a Abu
Bakr, el título de califa (khalifah), palabra árabe que
significa «sucesor» en un cargo público, como «representante» o
«vicario» de una autoridad superior. El califa no es una autoridad
espiritual, sino un adalid secular que ejerce el poder ejecutivo y
judicial sin ninguna limitación. Sin embargo, no ostenta la potestad
legislativa, pues el islam no tiene «legisladores», solo «intérpretes»
de la única ley posible: la sharía. No existe un «jefe supremo» de la
religión islámica. La unidad religiosa la mantienen los ulemas, sabios
encargados de velar por la conservación inalterada de la doctrina
islámica. Los ulemas no son un estamento oficial, sino estudiosos
libres a los que la fama pública, y no una autoridad preestablecida,
confiere el título de doctor.
El califa puede considerarse como un «príncipe de los creyentes» cuya
misión es conservar por la fuerza, en el plano territorial, la unidad
de la umma: la comunidad religiosa y política musulmana, en la que los ulemas procuran mantener la unidad doctrinal.
Para ser califa es necesario ser musulmán, tener condición de libre y
ser descendiente de la tribu de los curaisíes. Tras la muerte de
Mahoma, durante las dinastías omeya (651-750) y abasí (750-1258),
aunque formalmente el califato fuese plebiscitario, era de facto
hereditario. La institución desapareció en 1258, cuando los tártaros
conquistaron Bagdad, poniendo fin a la dinastía de los abasíes. No
obstante, fue reivindicada sucesivamente por los sultanes otomanos,
que, desde finales del siglo XVIII, afirmaban encarnar la magistratura
suprema del islam.
La caída del Imperio otomano supuso la abolición del califato (1924),
la única institución que simbolizaba, en cierta medida, la unidad
político-religiosa del islam. Este hecho, «el más radicalmente
revolucionario jamás registrado en la historia política del mundo
musulmán», reflejaba la ideología de la intelligentsia turca de
posguerra, que abogaba por la separación de la religión y el Estado.
Esto se interpretó como un acto de ruptura de la República turca con el
resto del mundo musulmán, dentro del cual se abrió un amplio debate
sobre el tema de la magistratura suprema del islam.
Los islamistas radicales, como el ideólogo paquistaní Maududi, han
vuelto a proponer el califato como centro de organización de la umma:
«El gobierno justo y equitativo es aquel fundado en la ley que Alá
reveló por medio de sus profetas; y su nombre es califato». A falta de
un califato, no existe una auctoritas principis que pueda proclamar legítimamente la yihad en nombre de toda la umma. Sin embargo, la yihad seguirá siendo una obligación colectiva e individual de todos los musulmanes.
¿Existe un islam moderado?
En el islam no se encuentra la riqueza doctrinal del pensamiento
occidental. El pensamiento islámico es pobre y se reduce a los dictados
de una religión planteada en términos de «sumisión» total a Alá.
Los cinco «pilares» del islam son puramente externos y se reducen a la
profesión de un monoteísmo radical y a la lucha contra cualquier forma
de «politeísmo», empezando por el dogma trinitario cristiano, que
constituye la verdadera antítesis del Corán. El núcleo teológico de
esta concepción es la «guerra santa». La yihad es consustancial al
islam, una religión que puede ser definida en términos de «voluntad de
poder», por el carácter dinámico de su divinidad: pura voluntad sin el
atributo del ser.
Los conceptos de guerra, venganza y exterminio se repiten en el Corán y
ni un solo versículo nos invita a respetar la vida del prójimo. La
guerra santa es un estado de conflicto permanente y la tregua apenas
una situación momentánea. Moderados y radicales comparten la idea de
que la humanidad entera debe convertirse al islam o acabar sometiéndose
a su dominio. Luchar para que este objetivo sea alcanzado es el deber
sagrado de la comunidad islámica. En pocas palabras, el islam es
conquista y la única distinción interna que puede hacerse es entre las
estrategias de conquista.
Dentro del islam se puede discutir, y efectivamente se discute, sobre
la elección de los medios, pero todos coinciden en los objetivos
finales: la aplicación de la sharía, la ley coránica, a todo el mundo.
El eslogan de los Hermanos Musulmanes resume claramente los objetivos
comunes del islamismo: «Alá es nuestro programa. El Corán es nuestra
constitución. El profeta, nuestro líder. El combate, nuestro camino. La
muerte por la gloria de Alá, la más alta de nuestras aspiraciones».
Ciertamente, el islam no puede aproximarse a los conceptos del
pensamiento occidental moderno, imbuido de los prejuicios de la
Ilustración. La distinción entre un «fundamentalismo» y un
«progresismo» islámico forma parte de un bagaje cultural que no se
puede aplicar al islam. En efecto, el pensamiento occidental moderno ve
en el proceso de secularización un «progreso» para la humanidad,
incompatible con los principios del Corán.
El lenguaje progresista actual define al «moderado» como un musulmán
que reconoce los principios de laicidad y tolerancia y que se adapta al
estilo de vida occidental; en definitiva, alguien que realmente no es
musulmán, pues ha abandonado los principios fundamentales de su propio
credo o los vive con tibieza. Por el contrario, en los países
islámicos, y en gran parte de las comunidades islámicas europeas, un
«moderado» es simplemente aquel que rechaza la violencia y, sobre todo,
el terrorismo como instrumento para la difusión del islam y para la
defensa de la comunidad islámica. Pero esto no significa que consideren
sus valores compatibles con los de Occidente.
Los «moderados» no pretenden conquistar Europa mediante atentados, sino
a través de la expansión demográfica, la islamización de los espacios
sociales y la introducción del derecho islámico en las instituciones
occidentales. A esta línea estratégica «apacible» y «ascendente» —que,
según la fórmula del presidente argelino Boumédiène, ambiciona
conquistar Occidente por medio del «vientre de las mujeres»— se opone
una línea «dura» y «descendente», la del islamismo «radical», que
persigue acelerar esta conquista recurriendo a la guerra y al
terrorismo.
La discusión acerca del uso del terrorismo y la violencia no se
desarrolla en torno a juicios éticos respecto a tales actos, sino sobre
sus consecuencias. Podrían provocar, según los «moderados», el
aislamiento y la derrota del islam o, por el contrario, como sostienen
los radicales, podrían favorecer su reagrupación y su victoria. El
terrorismo desatado en países musulmanes contra los «apóstatas» o en
Occidente contra los «infieles» corresponde al principio coránico de la
yihad, como así ocurre actualmente en las masacres y persecuciones de
cristianos y creyentes de otras religiones en Sudán, Pakistán,
Bangladés e Indonesia.
Entre las dos corrientes no existen discrepancias en cuanto al fin a
alcanzar, sino en las estrategias para conseguirlo. Centrada en la
islamización de la vida cotidiana y en la conquista territorial o
incluso en la acción político-militar, la yihad se entiende como una
guerra de depuración y aniquilamiento del enemigo.
Los principales actores de la «reislamización» contemporánea no son los
grupos islámicos radicales, sino los moderados que pretenden la
conquista del territorio europeo. Fundada en Arabia Saudí en 1962, la
Liga Árabe, a pesar de los vínculos estratégicos de este país con
Occidente, es el instrumento internacional más activo para la difusión
del islam en Europa. Los efectos de su acción constituyen hoy el mayor
obstáculo para la integración de los musulmanes en la sociedad
occidental. La proliferación de mezquitas en Occidente, la creación de
redes financieras y el control de periódicos y cadenas de televisión se
deben principalmente a la financiación por parte de Arabia Saudí y la
Liga Árabe.
Las estadísticas son dramáticas: el islam, que cuenta hoy con más de
mil millones de adeptos dispersos por todo el mundo, es la segunda
religión del planeta y está a las puertas de convertirse en la segunda
religión nacional en muchos países europeos. Es difícil cuantificar
esta presencia en nuestro continente, pues, entre inmigrantes legales e
ilegales, supera sin duda los veinte millones de musulmanes —en la
mayor parte provenientes del Magreb (España y Francia) y de Turquía
(Austria y Alemania)—. Esta presencia se concentra especialmente en las
grandes ciudades —de Londres a Roma y de Marsella a Fráncfort— y se
refleja, no solo de manera simbólica, en millares de mezquitas
repartidas por Europa —de Palermo a Estocolmo— frente a las 50 o 60 que
existían aquí en los años setenta. La mezquita no es solo un lugar de
oración, sino también un espacio público y social, un centro de
propaganda política y cultural —espejo de la concepción totalizadora
del islam, que ignora la distinción occidental entre orden espiritual y
temporal. «También señaliza visiblemente la islamización del
territorio, contribuyendo a esa refundación del espacio islámico que
marca la diferencia respecto a la “ciudad corrompida” por los símbolos
occidentales». Por último, conviene resaltar que el islam sigue
desarrollando un proselitismo agresivo en Europa, pero castiga con la
muerte el apostolado cristiano en los países que domina —de Arabia a
Sudán y de Pakistán a Indonesia—.
Roberto de Mattei, Islam y cristianismo.
Guerra justa. Guerra santa. Homo Legens, 2026.
1.
La guerra interminable en nombre de Alá
2.
La yihad: guerra contra los no musulmanes
3.
La naturaleza de la «tolerancia» en el islam y su relación con la yihad
4.
Un inevitable «choque de civilizaciones»
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