GUERRA SANTA ISLÁMICA (1)

La guerra interminable en nombre de Alá

ROBERTO DE MATTEI






El año 622 de la era cristiana fue el año decisivo en la historia del islam. Tras emigrar de La Meca a Yazrib, Mahoma (570-632) rebautizó este último poblado con el nombre de Medina, la «ciudad» por antonomasia, y dictó su Constitución. En este documento, también conocido como «Carta» o «Edicto» de Medina, el profeta define las características fundamentales del islam como comunidad de creyentes que lucha por un objetivo religioso y político al mismo tiempo: imponer la ley de Alá al mundo entero.

 

«Islam» —dice el Corán— significa «sumisión» (Corán 3,19), «Si alguien desea una religión diferente del islam, no se le aceptará y en la otra vida será de los que pierdan» (Corán 3,85). En Medina nació la yihad, la obligación de los musulmanes de luchar hasta conseguir la sumisión de los infieles (Corán 9,29). A partir de la batalla de Badr en marzo de 624, en la que derrotó a los habitantes de La Meca, Mahoma dividió a los hombres en dos categorías: creyentes y no creyentes, musulmanes e infieles. «Es de Medina de donde parte el clamor de guerra que resonará a lo largo de su historia». Además de ser un texto religioso y jurídico, el Corán puede considerarse como un tratado de conquista militar, análogo a los de Sun Tzu, Maquiavelo o Clausewitz.

 

Pocos años después de la muerte de Mahoma, el islam comenzó a expandirse por todo Oriente Próximo; en el año 636, los musulmanes derrotaron a los bizantinos en el río Yarmuk, abriendo el camino hacia Siria y Palestina; años más tarde fue el turno de Egipto; en el 711 invadieron la Península Ibérica y llegaron a Francia. Las tierras cristianas del norte de África y de Oriente Próximo fueron anexionadas una tras otra y se convirtieron en la vanguardia para atacar a Europa. A finales del siglo VIII, el islam se extendía sobre un vastísimo territorio: desde el océano Atlántico hasta el delta del río Indo. La guerra santa se había convertido en una característica inseparable de la vida islámica.

 

En Poitiers, en el año 733, se detuvo finalmente la expansión musulmana en Occidente, gracias a la intervención de Carlos Martel. Mientras que en la Península Ibérica se libraba una larga guerra que no terminaría hasta ocho siglos después, en Oriente surgía una nueva potencia islámica: el Imperio turco. Bajo el reinado de los sultanes selyúcidas primero y de los otomanos más tarde, los turcos crearon uno de los imperios islámicos más poderosos de la historia. Con la conquista de Constantinopla y de toda la cristiandad oriental por Mehmed II en 1453, los musulmanes se apoderaron de Belgrado en 1521, conquistaron Hungría en 1526 y llegaron incluso hasta las puertas de Viena en 1529. Finalmente fueron derrotados en Lepanto por la «Liga Santa» cristiana, promovida por el papa san Pío V, en 1571, viéndose obligados a detenerse.

 

Durante casi mil años, desde el primer desembarco de las tropas arabo-bereberes en la Península Ibérica (711) hasta el segundo sitio turco a Viena (1683), Europa permaneció bajo la constante amenaza del islam. Esta amenaza no se circunscribía a Europa central y oriental. Desde sus bases en el Magreb, los corsarios berberiscos atacaban y saqueaban las ciudades y pueblos del Mediterráneo en busca de botín de guerra y presas humanas. Se considera que hasta 1830, con la ocupación francesa de Argelia, no se puso fin a la piratería y a la práctica de la esclavitud por parte de los pueblos bereberes. Hasta esa fecha, se calcula que las órdenes religiosas de los Trinitarios y los Mercedarios habían rescatado un total de más de un millón de esclavos de manos de los piratas musulmanes.


 

El «despertar» del islam contemporáneo: el libro y la espada

 

Tras el final de la Primera Guerra Mundial, el desmembramiento del Imperio otomano —firmado en Sèvres el 10 de agosto de 1920— parecía haber confirmado el inexorable declive del islam. Los vastos territorios musulmanes de Asia y África estaban bajo el control de los imperios europeos y, a excepción de Irán, sumidos en el caos; solo algunas regiones perdidas conservaron cierto grado de independencia y soberanía. De los tratados de paz salió una única república islámica laica: Turquía. Sin embargo, el proyecto de «secularización» del islam a través de las ideologías del Occidente moderno empezó a ser cuestionado a finales de los años veinte por un movimiento que proponía volver a las fuentes clásicas de la teología islámica: el Corán y la Sunna.

 

En 1928 Hasan al-Banna (1906-1949) fundó los Hermanos Musulmanes (al-Ikhwān al-Muslimūn) en Egipto y en 1941 la Jamaat-e-Islami bajo la dirección de Abul Ala Maududi (1903-1979) en el subcontinente indio. Estas organizaciones están en el origen de los grandes movimientos islámicos contemporáneos Hasan al- Banna y Maududi, cuyas obras han sido traducidas a decenas de idiomas, son hoy los autores canónicos de los movimientos islámicos suníes, seguidos, desde finales de los años setenta, por otros autores, como Sayyid Quṭb (1906-1966), cuyo pensamiento es de fundamental importancia para comprender los movimientos islámicos de los años noventa y la yihad islámica contemporánea.

 

Los nuevos movimientos islámicos combinan múltiples aspectos: partido político, fraternidad religiosa y movimiento social. Reclutan sus cuadros intelectuales y sus respectivas bases sociales en las masas urbanas y se proponen derrocar las estructuras dominantes en el mundo islámico, situándose en una posición crítica frente a los ulemas debido a su situación privilegiada resultante de sus compromisos con el poder.

 

La fuerza del islam en la actualidad no consiste únicamente en el control de una gran parte de los recursos energéticos del planeta ni en su fuerte crecimiento demográfico, sino también en su doctrina, que Maududi define como «una ideología orgánica y universal, un sistema total y completo» (nizam kamil wa chamil). El islam sostiene Hasan al-Banna— «es fe y culto, patria y nacionalidad, religión y Estado, espiritualidad y acción, libro y espada. El noble Corán habla de todo esto. Lo considera la sustancia y parte integral del islam y recomienda que sea enteramente aplicado». Analizando la naturaleza del método coránico, Sayyid Quṭb afirma que Alá quiso en el Corán establecer simultáneamente los fundamentos de «una comunidad, un movimiento y una fe». Quería que la comunidad y el movimiento estuvieran erigidos en la fe y que esta creciera con ellos. Quería que la fe fuera la realidad efectiva de esa comunidad en movimiento y que la vida de esta fuera la encarnación de la fe».

 

 

«El Corán es nuestra constitución»

 

El mensaje del islam es transmitido por el Corán y la Sunna. El Corán, subdividido en 114 capítulos o suras, recoge por escrito las «revelaciones» que Alá habría transmitido a Mahoma por medio del arcángel Gabriel. La Sunna es el conjunto de informaciones y ejemplos transmitidos a través de los hadices (tradición) —«los dichos o hechos del profeta». «Junto con el Corán, la sunna constituye la sharía» (que literalmente significa «el camino del abrevadero» —«el camino que conduce a Alá»), la «lex islámica a la que se debe obediencia tanto desde el punto de vista religioso como civil». La sharía islámica es la constitución fundamental de los musulmanes: «todo aquello que es conforme a esta constitución es válido, todo lo que se opone a ella es nulo y nunca ha existido, sean cuales sean las épocas y la evolución del pensamiento sobre la legislación. Como la sharía vino de Alá por boca de su profeta para ser aplicada en todo tiempo y lugar, esta debe acatarse mientras no sea anulada o derogada».

 

La sharía, cuyo origen está en el propio Alá, es la única fuente del derecho islámico. El cristianismo hace la distinción entre ley revelada y ley natural. Esta última está escrita en el corazón de cada hombre y de ella nacen derechos y deberes. En cambio, la única ley en el islam, que no conoce el concepto de «naturaleza» ni el de «persona», es la revelada por Alá. Mientras que el cristianismo destaca el lugar de la razón, distinto del papel de la fe, en el islam la fe es la única vía de conocimiento. En este aspecto, existe una semejanza entre el fideísmo islámico y el fideísmo luterano- calvinista.

 

La religión y la política forman en el islam un todo único e indivisible. La consigna de «el Corán es nuestra constitución» pone de manifiesto la íntima unión existente entre la política y la religión en el islam, opuesto a la máxima «dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» del Evangelio; precepto que, según el jeque al-Maraghi, entonces Gran Imán de la mezquita y universidad de Al-Azhar, no tiene nada en común con los principios del islam. «Es ciertamente una verdad lapidaria —observa el orientalista Bernard Lewis— que en el islam no existe distinción alguna entre Iglesia y Estado». No se trata de dos poderes, sino de uno solo.

 

A diferencia del cristianismo, en el que la esfera espiritual está claramente diferenciada de la temporal, para el islam —observa Louis Gardet— «la fe es en esencia un valor del orden político». Los teólogos y juristas medievales clásicos solo reconocían la legitimidad del orden político cuando se sometía a la religión. «El islam —escribe Josef Stamer, misionero alemán en África— es simultáneamente religión y Estado, sumisión al Dios Único mediante ritos claramente codificados y, al mismo tiempo, un modelo de organización de la sociedad. Ambos son revelados por Dios. El ideal religioso solo puede realizarse plenamente a través del ideal político, la ciudad islámica».

 

Para los musulmanes, el poder y el derecho no encuentran su legitimación en la nación, la patria o en una dinastía, sino en la religión. El derecho musulmán no se funda sobre el jus soli ni el jus sanguinis, sino en el jus religionis. «Ni jus sanguinis ni jus soli: la religión hace la ciudadanía».

 

La religión no es solamente universal, sino también central, en el sentido de que el islam prevalece sobre cualquier otro elemento como fundamento de identidad, fidelidad y autoridad. «Para una gran parte de la historia documentada del mundo islámico —aclara Lewis—, el criterio definitorio fundamental y primario, tanto interno como externo, no es el país o la nación, ni la raza o la clase, sino la religión. Y para los musulmanes esto significa claramente el islam». Este punto —recuerda además Lewis— fue expresado con vigor y claridad excepcionales por un Gran Visir del Imperio Otomano en 1917: «La patria de un musulmán es el lugar en el cual se aplica la sagrada ley del islam».

 

El modelo de referencia para los musulmanes es la umma (al- Ummah), la comunidad islámica mundial establecida por el Profeta y centrada en el Libro divino. La umma no es un Estado, una nación, un pueblo o una iglesia, sino una colectividad religiosa: la comunidad universal de creyentes en el Corán que abarca todos los países sometidos a la sharía. «Sois —dice el Corán— la mejor comunidad humana que jamás se haya suscitado: ordenáis lo que está bien, prohibís lo que está mal y creéis en Alá» (Corán 3,110).

 

La misión histórica consistente en lograr el dominio de la sharía en el mundo se confía concretamente al poder de la umma. El elemento unificador de la umma es la lucha contra el enemigo común: el «infiel». El camino de la unificación pasa por la lucha para imponer la sharía en el mundo.

 

La patria árabe (watan al-arabiyya) de los regímenes nacionalistas es una forma transitoria destinada a disolverse en la comunidad islámica (umma al-islamiyya), que —como recuerda Qutb— nada tiene de nación, de pueblo o de raza, sino que está formada por todos los creyentes, sea cual sea su patria, raza o  color. Para entrar en la umma basta con pronunciar, en árabe, la fórmula prevista por el ritual de adhesión: la confesión oficial de fe exclusiva en Alá (shahada). Esta profesión de fe en la unidad de Dios (tawhid) constituye el más importante de los «pilares del islam» y el centro de la predicación coránica, negación más radical de la Revelación trinitaria cristiana.

 

 

Una religión teóricamente igualitaria

 

En el islam, no solo toda la autoridad proviene de Dios, como en la concepción cristiana, sino que, en el rigor del término, no hay otra autoridad fuera de Dios. En la cosmovisión islámica del mundo no existe soberanía legítima (hakimmiyya) fuera de lo divino. Se puede discutir sobre el carácter «teocrático» del islam, pero es indiscutible que su doctrina es radicalmente igualitaria. Introducir una jerarquía interna supondría afrentar la soberanía absoluta de Alá, ante quien todos son iguales en su «nada». En este sentido, el islam puede definirse como una colectividad, desprovista de jerarquía en su organización interna y dominada por la idea de la perfecta igualdad entre los creyentes (solo de los varones musulmanes adultos, naturalmente). Los imanes no constituyen exactamente el «clero» del islam, ni poseen una soberanía efectiva: son los «sabios», salidos de las grandes escuelas religiosas, que se encargan de diversas funciones. Pueden ser imanes de grandes mezquitas, jueces (qazi) de tribunales religiosos, jurisconsultos que emiten dictámenes sobre el fondo de cuestiones jurídicas o morales, llamados fatwa,  etc.

 

La teología islámica niega la posibilidad de «delegar» la autoridad de Dios en los hombres, debido a la brecha insalvable que separa la omnipotencia divina de cualquier poder humano.

 

El islam no conoce realmente el concepto de participación, ni la distinción cristiana entre autoridad legítima y poder ejercido arbitrariamente. «Alá gobierna solo, infinitamente solo, en su inaccesible trascendencia». Todo lo que existe, incluida la injusticia, encuentra su razón de ser en la voluntad de Alá; porque lo que Alá no quiere, no puede existir. Para el islam, cualquier autoridad es, en cierto modo, ilegítima, porque solo a Alá se le puede reconocer el atributo de la legitimidad. El poder humano es naturalmente contingente y precario, reducido casi a un mero hecho organizativo, «una simple máquina al servicio de las obligaciones de los creyentes». En este sentido, señala el sociólogo Renzo Guolo que «la característica fundamental de la cultura política islámica es la oposición entre el concepto de poder-potencia del hombre y el de poder-autoridad de Dios».

 

El creyente «no es más que una criatura, un súbdito, un servidor cuya tarea esencialmente es cumplir todo cuanto estableció el único Señor» y conducir a los hombres a una sumisión absoluta a la soberanía divina sobre el mundo (rububiyya). Para alcanzar este objetivo, se confía a los musulmanes la tarea de orientar a toda la sociedad humana (qiyada). «La universalidad del islam —observa además Guolo— está toda en este pasaje».

 

En este sentido, Sayyid Quṭb, ideólogo de los Hermanos Musulmanes, proclama «una guerra total contra cualquier poder humano, sea cual sea la forma en que se presente y el orden que adopte. Una lucha sin cuartel, declarado allí donde haya hombres que se arroguen el poder, de una u otra forma, o donde todavía se practique la idolatría de alguna manera. Los sistemas en los que las decisiones finales se confían a los seres humanos y en los que la fuente de toda autoridad es humana son ciertamente formas de idolatría, ya que designan a unos como señores de otros en lugar de Alá».


Roberto de Mattei, Islam y cristianismo. Guerra justa. Guerra santa. Homo Legens, 2026.




1. La guerra interminable en nombre de Alá
2. La yihad: guerra contra los no musulmanes
3. La naturaleza de la «tolerancia» en el islam y su relación con la yihad
4. Un inevitable «choque de civilizaciones»