5. La masonería en la España del siglo XXI: una radiografía sin eufemismos
MARTÍN CASTILLA
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Abordar con objetividad la presencia de la masonería en la
España actual exige desprenderse de dos mitos simétricos: el que la presenta
como una fuerza oculta que mueve los hilos del poder y el que la presenta, en
clave apologética, como una reserva moral de librepensamiento y compromiso
cívico cuya influencia sería tan discreta como benéfica. Ninguna de las dos
imágenes resiste el escrutinio empírico. Lo que hay es algo bastante más
modesto, más fragmentado y, francamente, más irrelevante políticamente de lo
que cualquiera de los dos relatos sugiere.
El punto de partida: una masonería residual
La
masonería española entró en el siglo XXI en condiciones
estructuralmente débiles, y conviene decirlo sin rodeos. Legalizada en
1979
tras casi cuarenta años de prohibición franquista, nunca logró
reconstruir el
peso sociológico ni la influencia cultural que había tenido en la
Segunda
República. Las razones son múltiples y se refuerzan mutuamente: el
exterminio y el exilio de la masonería republicana durante la Guerra
Civil y la
posguerra rompieron la continuidad generacional. La represión sostenida
durante
el franquismo desactivó cualquier posibilidad de transmisión
clandestina
relevante. La transición democrática canalizó las energías laicistas,
progresistas y librepensadoras a través de los partidos políticos, los
sindicatos y las asociaciones cívicas, no de las logias. Y la
secularización
acelerada de la sociedad española hizo que las grandes causas
históricas de la
masonería (laicidad, educación pública, libertad de conciencia) dejasen
de
necesitar un vehículo iniciático para avanzar.
Las cifras son elocuentes. Las estimaciones más habituales
sitúan el número total de masones en España en torno a los 3.000-4.000 miembros
distribuidos entre las distintas obediencias, en un país de 48 millones de
habitantes. Para poner la cifra en perspectiva: hay más afiliados a cualquier
partido municipal de tamaño medio, a cualquier federación deportiva menor o a
cualquier asociación profesional de las de menor peso. Hablar de «la masonería»
como actor político en la España del siglo XXI exige asumir primero este dato:
estamos ante una organización demográficamente marginal.
Fragmentación y rivalidad entre distintas obediencias
El paisaje masónico español está fragmentado en varias
obediencias que no se reconocen mutuamente y que compiten por la legitimidad
histórica, los miembros y el prestigio simbólico. Las principales son la Gran
Logia de España, fundada en 1982 y reconocida por la Gran Logia Unida
de Inglaterra como la única masonería «regular» en territorio español, de
perfil tradicional y no mixta; el Gran Oriente de España,
refundado tras la legalización y adscrito a la tradición liberal-ateísta; la
Gran Logia Simbólica Española, mixta y de tradición liberal; y la
Federación Española de Le Droit Humain, obediencia mixta internacional
con implantación en España. A estas se suman obediencias femeninas y otras
agrupaciones menores.
Esta fragmentación tiene consecuencias prácticas: impide
cualquier acción concertada, consume energías en disputas internas sobre
regularidad, reconocimiento y primacía, y proyecta hacia el exterior una imagen
dividida. Quienes imaginan una masonería española capaz de operar como sujeto
político unificado no han mirado con atención su fragmentación
institucional.
Cuál es la influencia real en la política española
Aquí conviene ser especialmente claro. No existe evidencia
empírica, documental ni testimonial solvente de que la masonería española haya
desempeñado en las dos primeras décadas del siglo XXI un papel relevante ni en
la configuración de políticas públicas, ni en la selección de élites políticas,
ni en la orientación de los grandes partidos, ni en los procesos legislativos.
No lo hizo durante los gobiernos de Aznar, ni durante los de Zapatero, ni
durante los de Rajoy, ni durante los de Sánchez. No hay un «lobby masónico»
con capacidad de incidencia comparable, por ejemplo, a la de la Conferencia
Episcopal, a la de las grandes patronales, a la de los grandes bufetes o a la
de los fondos de inversión internacionales. Afirmar lo contrario exige aportar
pruebas que hasta ahora no se han aportado.
Lo que sí existe, y conviene precisar porque aquí es donde
el debate serio se separa del folclore conspirativo, son masones
individualmente considerados que han ocupado u ocupan cargos políticos,
judiciales, militares o académicos. Pero esto dice muy poco. En una sociedad
abierta, la pertenencia a una asociación legal no convierte a sus miembros en
agentes de esa asociación cuando ejercen funciones públicas. Que un diputado
sea socio del Real Madrid, miembro de una cofradía de Semana Santa, del Rotary
Club o de una logia masónica no implica que vote en el Congreso en
representación de esas adscripciones. La falacia de componer «influencia
masónica» sumando biografías individuales de masones es un viejo recurso de la
literatura conspirativa que no explica nada.
Dicho esto, conviene no caer en la ingenuidad opuesta. La
pertenencia a una logia puede funcionar, como funciona la pertenencia a
cualquier red de sociabilidad elitista, como capital social: facilita
contactos, genera vínculos de confianza, abre puertas. Esto es verificable en
ciertos ámbitos profesionales (sobre todo en profesiones liberales, algunos
sectores empresariales de provincias y determinadas redes locales), pero su
escala es modesta y difícilmente distinguible del funcionamiento de otras redes
análogas (antiguos alumnos de determinados colegios, clubes diversos,
asociaciones profesionales). Reconocer esto no equivale a describir un poder
oculto; equivale a describir cómo funcionan las élites en cualquier sociedad
compleja.
Reaparición de la posición antimasónica en corrientes de derechas
El fenómeno políticamente más relevante relacionado con la
masonería en la España del siglo XXI no ha sido la acción de los masones, sino, más bien,
la reactivación del discurso antimasónico desde sectores de la derecha. Vox, y particularmente algunos de sus dirigentes y delos
altavoces mediáticos afines, han recuperado la figura de «la
masonería» (habitualmente asociada al «globalismo», al «lobby LGBTI», al «Foro
de Davos», a Soros, a la Agenda 2030 o a la «dictadura progre») como
significante del enemigo total al que atribuir los males de la sociedad.
Este discurso tiene una genealogía inequívoca: hunde sus
raíces en la posición antimasónica franquista y, antes aún, en el integrismo católico decimonónico y en la
literatura conspirativa europea del periodo de entreguerras. Que este
imaginario esté siendo reciclado en el siglo XXI por un partido con
representación parlamentaria, capacidad de establecer la agenda mediática y
gobiernos autonómicos y municipales es un dato políticamente significativo, y
lo es por razones que tienen poco que ver con la masonería real.
Conviene decirlo con claridad: el problema no es que la
masonería española tenga un poder oculto que merezca ser denunciado. El
problema es que se está utilizando la figura de «la masonería», un actor
sociológicamente marginal, como chivo expiatorio simbólico para
articular un relato de enemigos de la nación que cumple funciones políticas muy
precisas: deslegitimar al adversario sin argumentar contra sus políticas,
movilizar pulsiones identitarias sin programa económico alternativo y construir
una comunidad política. La masonería aquí parece más bien el
nombre actualizado de una operación ideológica muy antigua. Quien quiera
entender la posición antimasónica en la
España del siglo XXI quizá entienda más leyendo sobre populismo autoritario
contemporáneo o sobre la derecha radical que leyendo sobre las logias.
Esto no significa que la masonería deba ser blindada frente
a la crítica. Significa que hay una crítica seria a la masonería: a sus
rituales arcaicos, su opacidad, su elitismo masculino tradicional en el caso de
las obediencias regulares, su decorativismo iniciático, la distancia entre su
autorrepresentación grandilocuente y su irrelevancia real. Pero esa es una
crítica muy distinta de la que articula el imaginario conspirativo. Aquella es
una crítica sociológica e ideológica; esta no es más que una operación de
propaganda.
En el otro lado, la autopromoción masónica y sus excesos
En honor al enfoque crítico, conviene también desmontar el
relato apologético opuesto, que la propia masonería española tiende a producir
sobre sí misma. Las obediencias españolas, especialmente a través de sus
publicaciones, actos académicos, conferencias y entrevistas de sus dignatarios,
tienden a presentarse como herederas directas de una gloriosa tradición
librepensadora, como reserva ética de la sociedad civil, como espacio
privilegiado de reflexión filosófica y como contrapeso necesario a los dogmatismos
contemporáneos.
Esta autorrepresentación tiene varios problemas. Primero,
sobrevalora sistemáticamente la continuidad histórica con la masonería
republicana, ignorando la ruptura de cuarenta años que hace de la masonería
actual más una refundación que una restauración. Segundo, presenta como logros
colectivos de la orden avances sociales (laicidad, derechos civiles, educación
pública) que en la España democrática han sido conquistas de partidos
políticos, movimientos sociales y mayorías parlamentarias donde los masones,
como tales, no han desempeñado un papel identificable. Tercero, confunde el
valor simbólico o intelectual que la experiencia masónica pueda tener para sus
miembros individualmente (algo perfectamente legítimo y que no corresponde a un
observador externo juzgar) con una relevancia pública que objetivamente no
poseen. Cuarto, utiliza la existencia del discurso antimasónico de la derecha
radical para reclamar una centralidad que la propia posición antimasónica, al
dirigirse a un objetivo desproporcionado respecto a su peso real,
paradójicamente les otorga.
Episodios concretos y elocuentes ausencias
Si se revisa la crónica política española del siglo XXI
buscando episodios en los que la masonería haya sido protagonista real, el
resultado es llamativamente pobre. Ha habido polémicas periódicas, como declaraciones
de dignatarios masónicos respondiendo a ataques de la derecha radical, debates
sobre la conmemoración de masones históricos, alguna disputa sobre la memoria
de masones represaliados por el franquismo. Pero ninguno de esos episodios
resulta comparable, ni remotamente, a la relevancia que tuvieron en Italia los
escándalos de la P2 y el Banco Ambrosiano, o a las denuncias recurrentes en
Francia sobre redes masónicas en la magistratura.
Esta ausencia es, en sí misma, informativa. Sugiere que la
masonería española del siglo XXI, sea cual sea el juicio que se haga sobre su
actividad interna, no ha generado escándalos públicos comparables a los de
otras tradiciones nacionales, ni ha aparecido de modo sustantivo en las grandes
causas judiciales de corrupción política, financiera o institucional que han
marcado las últimas dos décadas (caso Gürtel, ERE, caso Bárcenas, caso Pujol,
trama Koldo, etc.). De todo ello puede inferirse razonablemente que no es un
actor relevante en las estructuras reales del poder y la corrupción españolas,
que son los terrenos donde se juega el poder efectivo.
Un balance crítico
Un balance honesto de la presencia masónica en la política
española del siglo XXI exige sostener simultáneamente varias tesis que no
suelen combinarse en los debates públicos. La masonería española es una
organización sociológicamente marginal, internamente fragmentada y
políticamente irrelevante en términos de incidencia real sobre las políticas
públicas o la configuración del poder. El discurso que le atribuye un poder
oculto desproporcionado es falso y cumple funciones ideológicas específicas al
servicio de proyectos autoritarios. La crítica legítima a la masonería (su
elitismo, su opacidad, su autorrepresentación inflada, su anacronismo ritual)
no requiere la adopción de esos marcos conspirativos ni obtiene beneficio de ellos. La
propia masonería española contribuye ocasionalmente a su caricatura con una
retórica autojustificativa que sobredimensiona su relevancia histórica y
cívica. Y el renovado protagonismo retórico de «la masonería» en el discurso de
la derecha radical española no habla, en realidad, de la masonería, sino de los
dispositivos ideológicos contemporáneos que necesitan enemigos totales para
funcionar.
La conclusión, quizás decepcionante para quienes buscan
tramas ocultas y para quienes buscan heroísmos cívicos, es que la masonería
española del siglo XXI es, políticamente, un actor menor. Ni mueve los hilos
del poder ni salva la conciencia ética del país. Subsiste, se reúne, publica,
se disputa la herencia simbólica del pasado, responde a los ataques y se
relaciona internacionalmente. Su existencia es legítima, su irrelevancia
política es verificable y el ruido conspirativo a su alrededor tiene mucho más que
ver con las patologías del debate público contemporáneo que con cualquier
actividad real de sus logias. Decir esto con claridad, sin eufemismos
apologéticos ni dramatizaciones conspirativas, es probablemente la aportación
más útil que puede hacerse a la comprensión del asunto.
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