7. Las afinidades ideológicas de la masonería y el progresismo
MARTÍN CASTILLA
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Si nos preguntamos hasta qué punto existe una relación de
las políticas «progresistas» que marcan la actualidad con tendencias recientes
de la masonería, es necesario formular la pregunta con precisión. Hay que
evitar la carga conceptual que conlleva implícitos que son discutibles o
tendenciosos. Por ejemplo, utilizar a la vez los términos «progre», «woke», «LGBT», «feminista» y «proabortista» como si designaran un campo homogéneo o una agenda
subyacente. Pues algunos términos son categorías descriptivas con contenido
analizable (feminismo, movimiento LGTB, derechos reproductivos), mientras que otros son
etiquetas polémicas acuñadas desde posiciones críticas («progre», «woke») que agrupan realidades muy heterogéneas bajo una
caracterización negativa. Usar esos términos como si formaran un bloque coherente es ya
adoptar una perspectiva política determinada. Dicho esto, la pregunta acerca de
qué relación hay entre ciertas orientaciones recientes de la masonería y
determinadas políticas sociales progresistas es legítima y podemos buscar una
respuesta sin eufemismos en ningún sentido.
Hay una afinidad ideológica declarada, no una agenda
oculta
Las obediencias masónicas de tradición liberal o ateísta
son: el Gran Oriente de Francia, el Gran Oriente de España, la Gran Logia
Simbólica Española, Le Droit Humain y sus homólogas en otros países latinos. A
lo largo de las últimas décadas, han adoptado públicamente posicionamientos
favorables a varias de las políticas que se proclaman «progresistas». Esto no
es un secreto ni requiere investigación: figura en sus declaraciones oficiales,
en sus revistas, en las intervenciones públicas de sus dignatarios y en los
trabajos de sus logias que trascienden a la esfera pública.
Concretamente, estas obediencias se han pronunciado con
regularidad a favor del derecho al aborto entendido como derecho de las
mujeres a decidir sobre su cuerpo, de lo que llaman matrimonio igualitario
y los derechos de género LGBT, de la laicidad del Estado en su versión
más extrema (retirada de símbolos religiosos de espacios públicos, fin de exenciones
fiscales a las confesiones religiosas, supresión de la enseñanza de la religión
en la escuela pública), de la eutanasia y el derecho al suicidio
asistido que designan como muerte digna, de la «igualdad de género» y de
determinadas causas ecologistas. En Francia, el Gran Oriente ha intervenido en
todos los grandes debates bioéticos y sociales de las últimas décadas,
generalmente en la dirección descrita. En España, el Gran Oriente Español y la
Gran Logia Simbólica Española han emitido comunicados públicos apoyando la ley
del aborto de 2010, la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo de 2005, la ley de
eutanasia de 2021, así como la legislación de «memoria histórica».
Estos son hechos verificables, y conviene reconocerlo con
claridad, porque a veces la propia masonería liberal lo difumina en su discurso
público para evitar polémicas. Hay una afinidad ideológica real, declarada, y
en ciertos casos militante, entre las obediencias masónicas de tradición
liberal-adogmática y el conjunto de políticas que suelen agruparse bajo la
etiqueta de progresismo social contemporáneo.
Esa afinidad obedece a la genealogía y la coherencia
interna
Esta afinidad no es caprichosa ni obedece a una postura
ideológica reciente. Tiene una genealogía de más de dos siglos que la hace
perfectamente coherente con la tradición de la masonería liberal continental.
Desde la ruptura de 1877 entre el Gran Oriente de Francia y
la masonería anglosajona (cuando el Gran Oriente suprimió la obligatoriedad de
creer en el Gran Arquitecto del Universo), la masonería latina ha estado
ideológicamente orientada hacia el librepensamiento, el laicismo y la
autonomía del individuo frente a los dogmas religiosos. De esa matriz se
derivan con lógica interna casi todas las posiciones que hoy adoptan sobre
cuestiones bioéticas y de derechos civiles: si el principio rector es la
autonomía de la conciencia individual frente a toda autoridad
—especialmente la religiosa—, entonces el derecho de la mujer a decidir sobre
su embarazo, el derecho de las personas homosexuales a casarse entre sí, el derecho del
enfermo terminal a decidir su muerte o el derecho a educarse al margen de
credos se siguen como consecuencias del principio general. No hay
giro reciente: hay continuidad.
El cambio real de las últimas décadas no es ideológico sino contextual:
causas que en el siglo XIX eran minoritarias y transgresoras (divorcio,
secularización del Estado, enseñanza laica) son hoy consenso democrático
mayoritario en Europa occidental, mientras que las nuevas fronteras del debate
se han desplazado a otros terrenos (identidad de género, derechos trans, gestación
subrogada, eutanasia, reconocimiento jurídico de nuevas formas de familia)
donde la masonería liberal ha seguido aplicando, con matices internos, el mismo
principio general de autonomía individual, crítica de los dogmas religiosos y rechazo de la ley natural.
Dónde están los matices y las divisiones internas
Aquí conviene introducir precisiones que suelen perderse en
los debates simplificadores. La masonería no es un bloque monolítico ni
siquiera en estas cuestiones.
Primero, la distinción entre masonería regular y
liberal sigue siendo decisiva. La masonería regular (la Gran Logia Unida de
Inglaterra y las obediencias que reconoce, incluida la Gran Logia de España) no
adopta posiciones públicas sobre cuestiones políticas, sociales o religiosas.
Sus reglamentos se lo prohíben expresamente. Un masón «regular» puede
ser personalmente favorable o contrario al aborto, al matrimonio homosexual o
a la eutanasia, pero su logia no se pronunciará colectivamente sobre ello.
Atribuir a «la masonería» como conjunto un alineamiento con las
causas «progresistas» mencionadas es confundir una de sus ramas —la liberal— con
la totalidad. La masonería anglosajona y la masonería regular española se
sitúan fuera de este marco.
Segundo, incluso dentro de la masonería liberal hay
debates internos que distan de ser pacíficos. Las cuestiones de género y
sexualidad han generado tensiones considerables. La admisión de mujeres en
logias históricamente masculinas ha sido conflictiva y tardía en varias
obediencias. La cuestión trans ha dividido a obediencias que se consideran
feministas sobre la pertinencia de admitir a mujeres trans en logias femeninas,
reproduciendo dentro de la masonería los mismos debates que atraviesan al
feminismo contemporáneo. La gestación subrogada es objeto de desacuerdos
serios. Hay logias y obediencias de tradición liberal cuyos miembros se sitúan
más cerca del feminismo clásico o crítico que de las corrientes queer o woke en el sentido polémico del término, y rechazan la asimilación
de la tradición librepensadora a una agenda identitaria que consideran ajena a
su genealogía ilustrada.
Tercero,
en cuestiones específicamente económicas la
masonería liberal no tiene una posición unificada ni distintivamente
«progre». Hay masones socialdemócratas, liberales en sentido
económico, republicanos clásicos, ecologistas y, en menor medida,
conservadores
moderados. Las posiciones colectivas se concentran en el terreno de los
derechos civiles, la laicidad y la bioética, no en el terreno fiscal,
laboral o
de modelo económico, donde la orden históricamente ha evitado
pronunciarse.
Hasta qué punto hay influencia real
Esta es la cuestión decisiva y donde la respuesta debe ser
más clara. Que exista afinidad ideológica entre la masonería liberal y ciertas
políticas progresistas no significa que la masonería sea la causa, ni
siquiera un factor relevante, de que esas políticas se aprueben.
La ley del aborto de 1985 y su reforma de 2010, la ley de
matrimonio homosexual de 2005, la ley de identidad de género de 2007, la
reforma de 2023, la ley de eutanasia de 2021 y demás legislación española en
estos ámbitos fueron impulsadas por partidos políticos (el PSOE principalmente,
con apoyo de IU, Podemos, Sumar y otros) que respondían a programas
electorales, presión de movimientos sociales organizados (feminismo, movimiento
LGBT, asociaciones por el derecho a morir dignamente), debates parlamentarios,
jurisprudencia del Tribunal Constitucional y del Tribunal Europeo de Derechos
Humanos, y mayorías sociales documentadas en encuestas. La masonería no estuvo
en ese circuito causal de modo significativo. Sus pronunciamientos públicos
fueron acompañantes, no motores.
Dicho de otro modo: si toda la masonería española hubiese
desaparecido en 2004, las leyes de matrimonio homosexual, aborto y eutanasia
se habrían aprobado prácticamente igual, porque su aprobación no dependió de la
masonería sino de los factores mencionados. Atribuir a la masonería la autoría
de estas políticas es, una vez más, sobredimensionar su peso real y adoptar
—aun sin quererlo— el marco conspirativo que ve en la orden un actor con
una capacidad de determinación política que no posee.
Lo que puede afirmarse con matices es que la masonería liberal
forma parte del ecosistema ideológico más amplio «junto con el laicismo
organizado, ciertos sectores del feminismo, asociaciones humanistas,
librepensadores, determinadas corrientes filosóficas y académicas» que han
destacado durante décadas por legitimar culturalmente esas reformas. Pero lo
ha hecho como una voz más, sociológicamente menor, dentro de un campo mucho más
amplio y más potente en el que la masonería ocupa, por su tamaño y su relevancia
real, una posición periférica.
Dos lecturas que conviene rechazar
Hay dos maneras de responder al tema de la afinidad entre la masonería y el progresismo que resultan
falsas, y las dos suelen circular.
La primera es la lectura conspirativa, frecuente en ciertos
sectores de la derecha radical y del tradicionalismo católico, según la cual
las políticas progresistas serían producto de una «agenda masónica»
concertada, diseñada en las logias y ejecutada a través de partidos cautivos.
Esta lectura es empíricamente insostenible por las razones expuestas: sobrevalora grotescamente la capacidad organizativa y la
relevancia numérica de una masonería española marginal, ignora los factores
sociológicos, políticos y jurídicos reales que explican la aprobación de esas
leyes, y confunde afinidad ideológica, que existe, con causalidad política, que
no existe en la escala que a veces se piensa.
La segunda es la lectura apologética contraria, según la
cual la masonería liberal no tendría ningún posicionamiento público en estas
cuestiones o sería estrictamente neutral. Esto también es falso. Las
obediencias liberales se han pronunciado, con frecuencia y con claridad, a
favor de las políticas mencionadas. Negarlo es desconocer o disimular sus
documentos públicos.
Recapitulación
Hay, por tanto, una afinidad ideológica real, antigua y
coherente entre la masonería de tradición liberal-adogmática y un conjunto de
causas que incluyen el derecho al aborto, los derechos LGBT, la laicidad
estricta del Estado y la eutanasia. Esta afinidad es menor o inexistente en la
masonería regular, que no se pronuncia colectivamente sobre estas cuestiones.
La afinidad se deriva con lógica interna de la tradición librepensadora del
siglo XIX y no constituye un giro reciente ni una captación ideológica externa.
Dentro de la masonería liberal hay, sin embargo, debates internos relevantes
sobre varias cuestiones contemporáneas, especialmente las vinculadas al género
y la identidad, donde no hay posición unánime. Y este es el punto crucial, la
afinidad ideológica no se traduce en una capacidad causal significativa: las
políticas mencionadas se aprueban en España por razones que no dependen de la
masonería, y atribuirle a ésta una autoría que no posee es adoptar un marco
conspirativo sin apoyo empírico. La masonería liberal acompaña, legitima y
celebra esas políticas; no las produce.
La respuesta honesta a tu pregunta, en suma, es: sí hay
relación ideológica, es pública y es antigua; no hay relación causal
significativa, porque la escala de la masonería española no lo permite; y las
etiquetas que agrupan como un bloque «progre, woke, LGBT, feminista
radical y proabortista» corresponden a debates suscitados, que, incluso
dentro de la masonería liberal, están lejos de haberse resuelto de manera unánime.
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