4. La masonería en el siglo XX: del apogeo a la marginalidad y la supervivencia

MARTÍN CASTILLA





El siglo XX supuso para la masonería una experiencia histórica radicalmente distinta a la del XIX. Si la centuria anterior había sido la de su máxima influencia política y cultural, el siglo XX fue el de su persecución sistemática por los totalitarismos, el de su repliegue en las democracias liberales, y el de una progresiva transformación —en muchos países— desde una organización con peso político real hacia una sociabilidad más discreta, filantrópica o puramente simbólica. Al mismo tiempo, el mito conspirativo antimasónico alcanzó en este siglo sus expresiones más extremas y destructivas.



El punto de partida: la masonería en 1900


A comienzos del siglo XX, la masonería presentaba una geografía muy desigual. En Francia vivía su momento de máxima influencia política: el Gran Oriente de Francia había sido decisivo en la consolidación de la Tercera República, en la resolución del caso Dreyfus, en las leyes laicas de Jules Ferry y, sobre todo, en la ley de separación de Iglesia y Estado de 1905, impulsada por el masón Émile Combes. El escándalo de las fiches (1904), cuando se descubrió que el Gran Oriente elaboraba fichas sobre la religiosidad de los oficiales del ejército para vetar sus ascensos, mostró hasta qué punto la orden estaba imbricada en el aparato del Estado republicano, y también los límites éticos de esa imbricación.

 

En el mundo anglosajón, la masonería mantenía su perfil conservador, filantrópico e integrado en las élites, sin vocación política directa pero con presencia notable en la administración, el ejército y los negocios. En Hispanoamérica, conservaba su asociación con el liberalismo y el laicismo, aunque con una influencia política decreciente respecto al siglo XIX. En España y Portugal era relativamente fuerte en sectores republicanos y progresistas. En Italia y el mundo germánico, tenía presencia significativa pero afrontaba crecientes resistencias.

 

 

El primer gran golpe: los totalitarismos de entreguerras

 

El periodo 1918-1945 fue catastrófico para la masonería europea. Los regímenes totalitarios, tanto de derecha como de izquierda, coincidieron en considerarla incompatible con su proyecto político, aunque por razones en parte distintas.

 

La Italia fascista fue el primer régimen en prohibirla. Mussolini (que había tenido contactos previos con la masonería) promulgó en 1925 una ley que obligaba a disolver todas las «asociaciones secretas», dirigida específicamente contra la orden. Muchos masones italianos fueron encarcelados, exiliados o marginados; el Gran Oriente de Italia sobrevivió en el exilio, sobre todo en Francia.

 

La Alemania nazi fue mucho más lejos. Hitler consideraba la masonería parte de la supuesta conspiración «judeomasónica-bolchevique» (una construcción ideológica que fusionaba antisemitismo y antimasonería) y ordenó su disolución en 1935. Las logias fueron clausuradas, sus archivos confiscados por la Gestapo y el SD de Heydrich, y miles de masones fueron perseguidos; varios miles murieron en los campos de concentración. El triángulo invertido rojo con una franja, símbolo de los prisioneros políticos, identificó a muchos de ellos en Dachau, Sachsenhausen o Buchenwald.

 

La España franquista desarrolló una de las políticas antimasónicas más consistentes del siglo. Franco identificó personalmente a la masonería como enemigo existencial (llegó a escribir artículos antimasónicos bajo el seudónimo Jakim Boor) y en 1940 promulgó la Ley para la represión de la masonería y el comunismo, que tipificó la pertenencia a la orden como delito. Se creó un Tribunal Especial y un Archivo de Salamanca que recopiló exhaustivamente documentación masónica incautada durante la Guerra Civil. Miles de masones españoles fueron encarcelados, algunos fusilados o forzados al exilio; muchos de los exiliados republicanos en México, Francia o América del Sur eran masones.

 

El Portugal salazarista también ilegalizó la masonería en 1935, tras un atentado fallido contra Salazar atribuido —probablemente de forma exagerada— a masones. La represión fue menos sanguinaria que en España, pero efectiva: la masonería portuguesa prácticamente desapareció hasta el 25 de abril de 1974.

 

La Unión Soviética y los regímenes comunistas del Este europeo prohibieron la masonería, considerándola una organización burguesa incompatible con el socialismo. La masonería rusa, que había renacido tímidamente entre 1905 y 1917 con participación de algunos protagonistas de la Revolución de Febrero (Kerenski entre ellos), fue aniquilada tras 1917. Después de 1945, los regímenes comunistas en Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumanía, Bulgaria y Alemania Oriental extendieron la prohibición a todo el bloque.

 

En la Francia de Vichy, Pétain prohibió la masonería en 1940 y organizó exposiciones antimasónicas con gran aparato propagandístico. Miles de masones franceses fueron deportados, perseguidos o apartados de la función pública.

 

El balance de esta fase es demoledor: en 1945, la masonería había desaparecido prácticamente de toda la Europa continental excepto de los países que permanecieron democráticos (Gran Bretaña, Suiza, países escandinavos, Benelux).

 

 

Reconstrucción y Guerra Fría: 1945-1975

 

Tras la Segunda Guerra Mundial, la masonería reapareció en los países liberados del fascismo —Italia, Francia, Alemania Occidental, Austria, Bélgica, Países Bajos, pero en un contexto muy distinto al de entreguerras.

 

En Francia, la masonería recuperó presencia en la Cuarta y Quinta República, con masones relevantes en el Partido Radical y en sectores de la SFIO y la francmasonería mantuvo su peso en ciertos ámbitos (administración, educación, medios), aunque nunca recuperó el protagonismo político de 1900-1914. La división entre Gran Oriente (liberal), Gran Logia de Francia (tradicional) y Gran Logia Nacional Francesa (regular, reconocida por Londres) fragmentó su influencia.

 

En Italia, la reconstruida masonería desempeñó un papel discreto en la Democracia Cristiana, el Partido Republicano y el Partido Socialdemócrata, hasta el gran escándalo que marcaría un antes y un después: la Logia P2 (Propaganda Due) dirigida por Licio Gelli. Descubierta en 1981, la P2 era una logia «cubierta» en la que figuraban centenares de políticos, militares, empresarios, banqueros, periodistas y altos funcionarios, y que operaba como una red de poder paralela vinculada a operaciones anticomunistas, al escándalo del Banco Ambrosiano (Roberto Calvi, asesinado en 1982), a la estrategia de la tensión y a las redes Gladio de la OTAN. El escándalo P2 ilegalizó formalmente la logia, deslegitimó durante años a la masonería italiana y reactivó con fundamento real, por primera vez en mucho tiempo, las sospechas sobre masonería y poder oculto.

 

En Hispanoamérica, la masonería mantuvo presencia política significativa hasta los años 1960-1970, sobre todo en México (donde siguió vinculada al PRI y a sectores liberales), Brasil, Argentina, Cuba (hasta 1959), Chile y Uruguay. Las dictaduras militares del Cono Sur de los años 1970 tuvieron actitudes variables: algunas toleraron la masonería, otras la reprimieron selectivamente.

 

En el mundo anglosajón, la masonería mantuvo su perfil tradicional, con una masonería particularmente fuerte en los Estados Unidos durante los años 1950-1960 (en 1959 alcanzó más de cuatro millones de miembros), ligada a la sociabilidad cívica, los servicios fraternales (Shriners, hospitales infantiles) y la red de clubes masculinos de las ciudades medias. Varios presidentes norteamericanos del siglo XX fueron masones: Theodore Roosevelt, Taft, Harding, Franklin D. Roosevelt, Truman (masón particularmente activo), Ford. A partir de los años 1970, sin embargo, empezó una caída lenta y sostenida del número de miembros.

 

 

Transiciones democráticas y nueva visibilidad: 1975-2000

 

La Revolución de los Claveles portuguesa (1974), la muerte de Franco (1975) y las transiciones democráticas europeas permitieron la reaparición legal de la masonería en la Europa del Sur. En España, la masonería fue legalizada en 1979 tras casi cuarenta años de prohibición, pero resurgió como una organización pequeña y marginal, muy lejos del peso que había tenido en la Segunda República. En Portugal, el Grande Oriente Lusitano se reorganizó con cierta presencia discreta.

 

La caída del bloque soviético en 1989-1991 permitió la reaparición de la masonería en Europa del Este —Polonia, Hungría, República Checa, Rumanía, Rusia, los países bálticos—, aunque en volúmenes muy reducidos y con serias dificultades para reconstruir una tradición interrumpida durante medio siglo.

 

Es característico de este periodo el debate francés recurrente sobre la influencia masónica en el Estado, con denuncias periódicas de redes masónicas en la magistratura, la policía y la administración, y con una presencia pública de la masonería mucho mayor que en otros países europeos: revistas especializadas, libros de grandes maestres, entrevistas televisivas.

 

 

El plano económico: entre el mito y la realidad

 

La incidencia económica de la masonería en el siglo XX es un terreno especialmente delicado, donde conviene separar cuidadosamente hechos documentados y construcciones conspirativas.

 

Lo documentable es que, en determinados contextos nacionales y periodos, la pertenencia a la masonería funcionó como un capital social relevante: facilitaba contactos empresariales, acceso a crédito, colocación profesional y redes de confianza mutua especialmente útiles en sectores como la banca, los seguros, el comercio internacional, las profesiones liberales o la administración pública. Esto es particularmente verificable en la Francia de la Tercera República, en la Italia de los años 1950-1980 (con el caso extremo de la P2 y sus ramificaciones en la banca vaticana y el Banco Ambrosiano) o en ciertas ciudades medias norteamericanas y británicas, donde la logia local funcionaba como espacio de sociabilidad de notables.

 

Lo no documentable, y a menudo directamente falso, es la idea de una masonería como sujeto económico unificado, con una estrategia financiera global y un control sobre el sistema capitalista mundial. Esta construcción, que se remonta al siglo XIX (con obras como la de Barruel) y alcanzó su forma más tóxica en los Protocolos de los Sabios de Sión y en la propaganda nazi sobre la conspiración «judeomasónica», carece de base histórica. La masonería del siglo XX fue una organización fragmentada en decenas de obediencias rivales, con miembros en prácticamente todas las posiciones políticas y económicas imaginables, incapaz por su propia estructura de articular una estrategia económica concertada.

 

Lo que sí existió fueron redes específicas (la P2 es el caso más claro) que utilizaron formas masónicas para fines económicos y políticos concretos, y que constituyeron desviaciones denunciadas por la propia masonería regular. Confundir estas redes con «la masonería» es tan impreciso como identificar a la Iglesia católica con la Banca Vaticana de los años de Marcinkus.

 

 

El mito conspirativo antimasónico y sus funciones políticas

 

Un capítulo ineludible de la historia masónica del siglo XX es el del imaginario antimasónico como instrumento político. Desde los Protocolos de los Sabios de Sión (fraude de la policía zarista difundido desde 1903) hasta la propaganda nazi, franquista y salazarista, pasando por corrientes del integrismo católico tradicionalista y, en décadas recientes, por ciertos islamismos políticos, la figura del «masón» como conspirador oculto ha cumplido una función recurrente: construir un enemigo total sobre el que proyectar los males de la modernidad (secularización, liberalismo, democracia parlamentaria, capitalismo financiero, igualdad de derechos) sin necesidad de abordar sus causas estructurales.

 

Esta antimasonería conspirativa ha sobrevivido al siglo XX y continúa activa en diversos entornos ideológicos, mezclada frecuentemente con antisemitismo, teorías del Nuevo Orden Mundial y, más recientemente, con el ecosistema de desinformación digital (QAnon y derivados). Analíticamente, es un fenómeno más interesante por lo que revela sobre quienes la construyen que por lo que pretende describir sobre la masonería.

 

 

Balance del siglo: declive, supervivencia y transformación

 

El balance del siglo XX para la masonería es ambivalente.

 

En términos de influencia política, ha experimentado un declive indudable. Ya no es, salvo quizá en Francia, y de modo muy matizado, un actor relevante en la configuración de políticas públicas, como lo fue en el siglo XIX. Las grandes causas que la identificaron (laicismo, libertades públicas, educación pública) han sido ganadas o asumidas por el Estado y los partidos, y ya no necesitan vehículos como las logias para avanzar.

 

En términos numéricos, ha sufrido una caída sostenida desde los años 1960-1970, especialmente acusada en los países anglosajones. La masonería estadounidense pasó de más de cuatro millones de miembros en 1959 a aproximadamente un millón en 2020; la británica también ha reducido significativamente sus efectivos. Las razones son múltiples: secularización de la sociabilidad, crisis general de las asociaciones tradicionales masculinas, competencia de otras formas de ocio y participación, envejecimiento de sus cuadros.

 

En términos de identidad, ha oscilado entre dos tendencias: una masonería más abierta, mediática y socialmente implicada —con admisión de mujeres en muchas obediencias liberales, debates públicos sobre bioética, laicidad o derechos civiles— y una masonería tradicional que reivindica el esoterismo, el trabajo simbólico y el carácter iniciático frente a la tentación política.

 

En términos de imagen pública, sigue oscilando entre dos estereotipos igualmente desenfocados: el del club benéfico de provilegiados aburridos y el de la conspiración secreta que mueve los hilos del mundo. La realidad más prosaica (una sociabilidad masculina predominantemente, de clase media o media-alta, con rituales antiguos, fraternidad discreta e influencia política decreciente, es quizá menos narrativamente atractiva, pero es la que mejor describe lo que la masonería ha sido en la mayor parte del siglo XX.

 

 

Conclusión

 

El siglo XX fue para la masonería el siglo del gran repliegue. Pagó con la persecución totalitaria su identificación decimonónica con la modernidad liberal y laica; recuperó presencia en las democracias reconstruidas pero sin el protagonismo anterior; protagonizó algunos escándalos resonantes (P2) que dañaron duradera y justificadamente su credibilidad; y entró en el siglo XXI como una organización sociológicamente residual, internamente fragmentada y obligada a reinventar sus funciones en sociedades muy distintas a las que vieron nacer y crecer la orden.

 

Paradójicamente, a medida que su influencia real ha disminuido, el mito conspirativo sobre su poder no ha hecho sino reforzarse en determinados entornos, en una disociación creciente entre la masonería como organización histórica concreta y la «masonería» como significante flotante del imaginario conspirativo contemporáneo. Comprender esa disociación es probablemente una de las claves para entender no tanto la masonería misma como ciertos rasgos estructurales de la cultura política del siglo XX y lo que llevamos del XXI.





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