1. La
masonería en la Revolución Francesa y sus prohombres
MARTÍN CASTILLA
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Este es el primero de una serie
de artículos sobre el tema
de la masonería, que presento con la intención de clarificar nuestra
visión con
un enfoque lo más objetivo posible. Precisamente este tema exige
moverse con
cuidado, tratando de evitar dos terrenos pantanosos: el del mito
conspirativo,
que infla artificialmente la relevancia de la masonería, y el de la
apología,
que la presenta como una fuerza cívica más benéfica y decisiva de lo
que
realmente es. Intentar mantener el rigor en ese espacio intermedio
—reconociendo
afinidades ideológicas reales sin concederles una causalidad que no
tienen, y
criticando sin adoptar los marcos de quienes hacen de la masonería un
chivo
expiatorio— es el único modo de decir algo sensato sobre un asunto que
levanta
mucho ruido y aporta poca información solvente.
***
La fundación oficial de la masonería moderna
La masonería especulativa moderna tiene una fecha
fundacional convencionalmente aceptada: el 24 de junio de 1717,
festividad de san
Juan Bautista, cuando cuatro logias londinenses se unieron para
constituir la Gran
Logia de Londres y Westminster, más tarde denominada Gran Logia de
Inglaterra. Anthony Sayer fue elegido primer Gran Maestre. Este acto
marca el
paso de la llamada masonería «operativa» (los gremios medievales de
constructores de catedrales) a la masonería «especulativa» o
filosófica,
abierta a caballeros, intelectuales y burgueses sin oficio constructor.
Estos
adoptaron los símbolos del arte de construir como alegorías morales y
espirituales.
Algunos historiadores modernos, como Andrew
Prescott o Ric
Berman, han matizado este relato tradicional, sugiriendo que la
fundación pudo
ser algo posterior (hacia 1721) y que el relato de 1717 se elaboró
retrospectivamente. En todo caso, la fecha de 1717 sigue siendo la
oficial y la
celebrada por la propia institución.
Se considera que su documento fundacional son las
Constituciones
de Anderson, aprobadas en 1723. Véase el anexo a este artículo.
***
El protagonismo en la Revolución Francesa
La relación entre la masonería y la Revolución
Francesa es
un tema complejo y debatido, pero básicamente innegable. No existe
consenso
historiográfico absoluto, pues unos autores destacan una influencia
relevante
de los masones, mientras que otros consideran que solo fue uno de los
canales
de difusión de las ideas ilustradas radicales. Se puede resumir como
sigue.
Las logias masónicas fueron
espacios donde se difundieron ideas de la Ilustración, incluidas las
más revolucionarias:
la libertad de pensamiento, la igualdad jurídica y la tolerancia
religiosa. Estos
principios coinciden con los que inspiraron la Revolución y la Declaración
de los derechos del hombre y del ciudadano (1789).
Las logias eran lugar de reunión de élites
intelectuales,
burguesas y aristocráticas, lo que facilitaba la circulación de ideas
políticas
reformistas, con diverso grado de radicalismo. Sin duda estaban al
servicio de
la conspiración política y no exentas de dogmatismo doctrinario.
Los masones formaron redes sociales y políticas,
con las
logias como lugares de encuentro, espacios de debate y medio de
contacto. Esto
permitió que muchos revolucionarios se conocieran, coordinaran y
compartieran
estrategias. En la práctica, funcionaban como plataformas informales de
organización política.
Tuvieron influencia institucional: limitada
pero real
Numerosos diputados y dirigentes revolucionarios
eran
masones, lo que influyó decisivamente en la redacción de documentos
clave y en
la mentalidad política de la Asamblea constituyente. Por ejemplo, la Declaración
de 1789 refleja claramente valores compatibles con la masonería:
libertad,
igualdad, fraternidad.
No obstante, es necesario matizar críticamente el
alcance de
esa influencia. Historiadores como Pierre Gaxotte señalan que la
masonería no
fue la causa directa de la Revolución, sino que fue solo uno entre
muchos focos
de difusión ideológica (salones, academias, clubes políticos). Es
decir,
influyó, pero no dirigió ni controló el proceso revolucionario.
Los principales personajes masones de la época
Consta que muchos protagonistas de la Revolución
estuvieron
vinculados a logias. Algunos de los más destacados:
Entre los intelectuales e inspiradores, se
encuentra Voltaire,
eminente símbolo del pensamiento ilustrado, quien fue iniciado en la
masonería
poco antes de morir. Asimismo Montesquieu, cuyas ideas influyeron en la
separación de poderes.
Como jefes políticos moderados, está Gilbert du
Motier,
marqués de La Fayette, un masón destacado, que participó en la
redacción de la Declaración
de 1789. También está Emmanuel-Joseph Sieyès, autor de ¿Qué es el
Tercer
Estado? Y figura clave en los comienzos de la revolución.
Entre las figuras revolucionarias más radicales
de
obediencia masónica tenemos a Honoré Gabriel Riqueti, conde de
Mirabeau, uno de
los jefes iniciales de la Asamblea, con un papel importante en la fase
temprana.
Y vinculados a los sectores más radicales: Georges Danton y Jean-Paul
Marat.
Otros masones influyentes que cabe mencionar:
Charles-Maurice
de Talleyrand, clave en la política revolucionaria y posterior, miembro
del
Gran Oriente de Francia; Philippe d'Orléans, gran maestre masónico que
apoyó la
revolución; y Benjamin Franklin, masón y embajador en Francia, muy
apreciado en
círculos revolucionarios y logias.
En conclusión, la masonería no «provocó» la
Revolución
Francesa, pero sí ayudó a difundir ideas radicales, facilitó redes de
sociabilidad política e influyó indirectamente en algunos textos y
dirigentes. Muchos
revolucionarios fueron masones, pero también había masones en todos los
bandos
políticos, desde los moderados hasta los extremistas. En pocas
palabras: la
masonería fue un vehículo ideológico y social importante, pero no el
núcleo
organizador de una conspiración, ni la causa única del proceso
revolucionario.
¿Fue masón Robespierre, jefe de la Convención?
En cuanto a la pertenencia a la masonería del personaje más representativo del fanatismo
y la violencia revolucionaria, Maximilien Robespierre, no hay pruebas
concluyentes al respecto.
Según los historiadores más solventes: a
diferencia de otros
revolucionarios (como Georges Danton o Marquis de Lafayette), no existe
documentación fiable que confirme su iniciación en una logia. Sin
embargo, algunos
autores antiguos y ciertas teorías más especulativas lo incluyen en
listas de
masones, aunque no hay registros de logias que lo mencionen y tampoco
hay
evidencia directa de tal pertenencia.
Entonces ¿por qué surge la confusión en este
punto? Porque
es cierto que Robespierre defendía ideas similares como la igualdad, la
virtud
cívica y la soberanía popular. Estas ideas eran típicas de los
ambientes
masónicos, lo que llevó a establecer una conexión. Al parecer, el
pensamiento
de Robespierre estaba más influido por Jean-Jacques Rousseau que por la
masonería en sí.
La conclusión resulta clara: no hay pruebas
sólidas de que
Robespierre fuera masón. Pero sí compartía las ideas difundidas en
círculos
ilustrados radicales (incluidas logias masónicas). Pero su influencia
intelectual más notoria fue Rousseau, no la masonería, si bien
compartían
fundamentalmente la misma ideología.
El espíritu de la Revolución Francesa y su
praxis
El espíritu revolucionario más radical guio la
Convención
Nacional (1792-1795), y fue Robespierre quien presidió el Comité de
Salvación
Nacional (desde julio 1793) y desencadenó el Reinado del Terror
(septiembre
1793-julio 1794), hasta caer él mismo bajo la guillotina.
Solo durante el Terror, fueron guillotinadas
17.000 personas
y otras 10.000 murieron en prisión. Si ampliamos el recuento de la
violencia al
conjunto de la revolución, queda en evidencia la distancia entre el
discurso
teórico revolucionario y la práctica efectiva: un abismo insondable.
Hablaban de «libertad de pensamiento», los
masones se
preciaban de librepensadores y abominaban del dogma, cuando difundían
proclamas
de flagrante dogmatismo, ya fueran de signo racionalista o
materialista; un
talante dogmático del que no se libraban las ciencias de la época, como
puede
comprobarse en la Enciclopedia.
Reivindicaban la «igualdad de derechos», pero
estos no se
les reconocieron a las víctimas de la represión. Y especialmente hay
que decir
explícitamente que la Declaración de los derechos del hombre y del
ciudadano
se refería tan solo a los varones: en la Declaración, las
mujeres
carecen de derechos políticos.
Otra reivindicación, subrayada por la masonería,
era la
«tolerancia religiosa», un punto rotundamente sarcástico.
La Revolución, contra la Iglesia
No existe una cifra única y precisa de los
desmanes contra
la Iglesia durante la Revolución Francesa, pero los historiadores
coinciden en
estimaciones bastante claras sobre la magnitud: Los conventos y
monasterios
prácticamente todos fueron suprimidos a partir de 1790, con la
expropiación de
los bienes eclesiásticos. Se calcula que había entre 2.500 y 3.000
casas
religiosas, que fueron cerradas en su totalidad.
Las iglesias parroquiales en Francia eran
alrededor de
35.000-40.000 iglesias. Muchas no fueron destruidas, pero sí cerradas o
convertidas
en «templos de la razón», en almacenes o edificios públicos. Las
destrucciones
físicas fueron menores en número, aunque significativas: se estima que
hasta
unos pocos miles sufrieron daños graves o demolición, dependiendo de la
región
y del periodo (especialmente durante el Terror).
El contexto clave fue:
— En 1789, el Estado confiscó los bienes de la
Iglesia.
— En 1790, se promulgó la Constitución Civil del
Clero que reorganizó
completamente la Iglesia francesa como parte del Estado.
— Durante el periodo de descristianización
(1793–1794), numerosas
iglesias fueron cerradas o utilizadas para otros fines.
En resumen:
— Monasterios y conventos: prácticamente
el 100% fueron
cerrados (≈ 2.500-3.000).
— Iglesias: decenas de miles afectadas (≈
35.000-40.000),
pero destruidas, probablemente algunos miles; cerradas o reutilizadas,
una gran
proporción.
La Revolución contra el clero
Durante la Revolución Francesa, el clero pasó de
ser un
estamento privilegiado a uno de los grupos más golpeados. Lo que
ocurrió fue
una mezcla de reforma forzada, persecución y división interna.
En 1789, la Asamblea Nacional confiscó todas las
propiedades
de la Iglesia. El clero dejó de ser una clase privilegiada y su
estatuto pasó a
depender del Estado como asalariado. La Constitución Civil del Clero
fue el
punto de ruptura clave: convertía a sacerdotes y obispos en
funcionarios
públicos, y exigía un juramento de fidelidad al Estado. Esto dividió al
clero
en dos grupos: los juramentados (o «constitucionales») aceptaron la
revolución;
mientras que refractarios (o «no juramentados») permanecieron fieles al
Papa y se
negaron. Aproximadamente la mitad del clero (de un total de unos
150.000) rechazó el juramento.
Se declaró una persecución religiosa con
violencia especialmente
entre 1792 y 1794: muchos sacerdotes refractarios fueron arrestados,
deportados
o ejecutados. Se estima que miles fueron deportados (por ejemplo a la
Guayana
francesa). Entre 2.000 y 3.000 sacerdotes y religiosos murieron,
algunos en
episodios crueles como las Masacres de Septiembre.
El plan de descristianización del país
Durante el periodo más radical, se cerraron
iglesias y se
prohibió el culto; se promovieron rituales alternativos como el culto a
la
Razón. Y los sacerdotes fueron forzados a casarse o abandonar el
ministerio.
Buena parte de los miembros del clero optaron por
el exilio
y la dispersión. Unos huyeron al extranjero (España, Italia, Alemania).
Otros
vivieron ocultos o ejercieron clandestinamente.
Solo con posterioridad, tras el Concordato de
1801, se
produjo una normalización, de modo que se restableció parcialmente la
Iglesia
en Francia. El Estado mantuvo control, pero permitió de nuevo el culto
católico
público. Bastantes sacerdotes regresaron, bajo un sistema mucho más
controlado
por el Estado.
La Revolución contra los católicos: La Vendée
La Guerra de la Vendée fue uno de los capítulos
más
violentos de la Revolución Francesa, y está bastante bien documentada
por
historiadores modernos. Trazamos aquí un breve resumen basado en
consensos
académicos.
La Guerra de la Vendée fue una insurrección
armada en el
oeste de Francia (región de Vendée y alrededores) contra el gobierno
revolucionario, sobre todo contra las políticas anticatólicas.
Las principales causas fueron el reclutamiento
obligatorio
(leva de 300.000 hombres), la persecución religiosa (al rechazar la
Constitución Civil del Clero), y la defensa de la Iglesia y del rey.
Los
rebeldes eran en su mayor parte campesinos católicos.
El conflicto alcanzó una gran magnitud. Duró
principalmente entre 1793–1794 (aunque
hubo focos hasta 1796). El número de muertes se estima entre 150.000 y
250.000
personas, incluyendo combatientes de ambos bandos, pero sobre todo
civiles de
los pobladores de La Vendée. Constituyó una catástrofe demográfica
enorme para
la región, lo más parecido a un genocidio.
Entre las atrocidades cometidas, hay que
mencionar la represión
republicana, decidida por el gobierno revolucionario, que llevó a cabo
una
represión extremadamente dura:
Las «columnas infernales» (1794), dirigidas por
el general
Louis Marie Turreau, quien se propuso como objetivo destruir
completamente la
región insurgente. Las acciones documentadas son: la quema sistemática
de
aldeas, las ejecuciones masivas de civiles (incluyendo mujeres y niños)
y la destrucción
de cosechas.
Hubo masacres y ejecuciones terribles:
fusilamientos
colectivos, ahogamientos masivos en Nantes organizados por
Jean-Baptiste
Carrier, uso de métodos extremadamente brutales documentados en los
archivos
militares. Total, las víctimas por represión republicana se estima
entre 100.000
y 200.000 muertos, en gran parte civiles.
También el bando vendeano insurgente ejerció una
violencia
significativa, sin duda menos industrializada. Hubo masacres de
republicanos y
partidarios de la Revolución, ejecución de prisioneros y ataques contra
ciudades leales al gobierno. En total, las víctimas atribuidas a los
rebeldes
pueden ascender a decenas de miles Son cifras menos precisas, pero
claramente
muy inferiores a las de la represión estatal, más sistemática y
devastadora. El
resultado sigue siendo hoy una de las mayores tragedias humanas de la
Francia
moderna.
***
ANEXO
Las Constituciones de Anderson (1723)
En 1721, la Gran Logia encargó a James Anderson
la redacción
de un texto normativo que unificara las tradiciones dispersas de las
logias. El
resultado se publicó en Londres en 1723 con el título completo The
Constitutions of the Free-Masons. Containing the History, Charges,
Regulations,
etc. of that Most Ancient and Right Worshipful Fraternity. Se
imprimió una
segunda edición revisada en 1738. La obra se convirtió en el texto
fundacional
de la masonería especulativa y, con variantes, sigue siendo referencia
normativa en muchas obediencias hasta hoy.
El libro aparece estructurado en cuatro grandes
partes:
1. La primera parte es una historia mítica de
la
masonería, que Anderson hace remontar nada menos que a Adán,
pasando por
Noé, Nimrod, Moisés, Salomón (constructor del Templo), los arquitectos
griegos
y romanos, los constructores góticos medievales, hasta desembocar en la
Inglaterra moderna. Esta «historia» no pasa de ser legendaria, y
funciona como
relato fundacional simbólico y fantástico: la masonería se presenta
como
custodia de una sabiduría arquitectónica y moral transmitida desde los
orígenes
de la humanidad.
2. La segunda parte, la más influyente
doctrinalmente,
contiene los «Old Charges» o Antiguos Deberes,
seis
obligaciones morales y cívicas del masón. El primer deber, titulado Concerning
God and Religion, es históricamente decisivo: establece que el
masón está
obligado a obedecer la ley moral, y que si bien en tiempos antiguos los
masones
debían profesar la religión del país donde vivieran, «ahora se
considera más
conveniente obligarlos solo a aquella religión en la que todos los
hombres
están de acuerdo, dejando a cada uno sus propias opiniones». Esta
fórmula,
deliberadamente ambigua, abrió la puerta a la tolerancia religiosa
dentro de la logia, al principio de la fraternidad universal
por encima
de confesiones, y —según interpretan algunos— al deísmo ilustrado
como
mínimo común denominador. Los demás deberes regulan la obediencia al
poder
civil, la conducta en la logia, el comportamiento con los hermanos y el
trato
fuera de la logia.
3. La tercera parte son las Regulaciones
Generales,
39 normas prácticas sobre el gobierno de las logias, la elección de
cargos, la
admisión de candidatos, las cuotas, y la relación con la Gran Logia.
4. La cuarta incluye canciones masónicas
para
diversos grados y ocasiones, que muestran el carácter convivencial y
ritual de
la institución.
La importancia histórica del texto
Estas Constituciones son un documento
característico
de la Ilustración temprana: proponen una sociabilidad basada en la
razón, la
virtud moral, la tolerancia religiosa, la igualdad fraternal entre
miembros
(aunque restringida a varones libres y de buena reputación) y la
lealtad al
orden civil. Precisamente esa primera obligación sobre religión fue la
que
provocó la condena pontificia: Clemente XII, en la bula In eminenti
apostolatus specula (1738), prohibió a los católicos pertenecer a
la
masonería, condena reiterada después por numerosos pontífices,
culminando en la
encíclica Humanum genus de León XIII (1884), que ofrece la
crítica
católica más sistemática del proyecto masónico.
1. La masonería en la Revolución Francesa y sus
prohombres
2. La masonería
en el siglo XIX: organización y papel internacional
3. La masonería y los procesos de independencia
hispanoamericanos
4.
La masonería en el siglo XX: del apogeo a la marginalidad y la
supervivencia
5. La masonería en la España del siglo XXI: una
radiografía sin eufemismos
6. La pertenencia masónica de personajes de la España
actual
7. Las afinidades ideológicas de la masonería y el
progresismo
8. El PSOE actual y la masonería: el giro
intervencionista
9. La masonería y la Iglesia católica: hechos
documentados, mitos y recusación
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